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El teléfono del editor del principal periódico opositor marroquí, Taufik Buachrin, fue hackeado con Pegasus ya en 2017. Gracias a conocer detalles de su vida privada, alguien pudo filmarle mientras mantenía relaciones sexuales. El vídeo se ha usado para acusarle de violación. Buachrin asegura que el sexo fue consentido, pero acabó encarcelado tras un juicio cuestionado por la ONU. Al frente del diario, Akhbar al-Yaoum, le sucedió Suleimán Raisuni, también víctima de Pegasus: un post anónimo en Facebook que lo vinculaba con una agresión sexual fue suficiente para arrestarlo en 2020. El Akhbar cerró al año siguiente después de más de una década.
Hay muchas historias de marroquíes afectados por Pegasus y después arrestados. Además, solo en 2021 fueron detenidos 170 periodistas y activistas. Marruecos está entre la docena de países que han comprado el malware diseñado por la empresa israelí NSO Group y el que lo ha empleado de forma más activa: un 20% de los más de 50.000 teléfonos afectados por Pegasus a nivel mundial está en territorio marroquí. Con esta tecnología, Rabat censura cualquier crítica a la Casa Real y afianza su control sobre la población.
Censura con bulos y relaciones sexuales
En el mundo árabe, la víctima más conocida de Pegasus es el periodista saudí Yamal Jashogyi, crítico con su Gobierno, localizado con esta tecnología y asesinado en 2018. Marruecos no ha llegado a tal extremo, pero sí utiliza el virus israelí para indagar en la vida de periodistas y chantajearlos o encarcelarlos. En un país donde la libertad sexual está reprimida, muchas de estas coacciones tienen que ver con la intimidad de los ciudadanos. Es el caso del activista Fouad Abdelmoumni: el Gobierno hackeó su teléfono y averiguó cuándo y dónde iba a encontrarse con su pareja para grabar sus relaciones sexuales y difundir el vídeo en redes sociales. La periodista Hajar Raisuni y su prometido, en cambio, fueron arrestados después de que ella visitara un ginecólogo. Tanto el sexo fuera del matrimonio como el aborto son delitos en Marruecos.
Cuando los indicios son insuficientes, el Gobierno marroquí puede falsificar pruebas. En los últimos años varios periodistas han sido acusados de delitos sexuales que los han llevado a prisión. Esto permite al apartado de seguridad acallar las críticas sin levantar sospechas mientras destruye la reputación de sus enemigos. La youtuber Dounia Filali, por ejemplo, fue acusada de vender miles de muñecas hinchables y de estar involucrada en una red de blanqueo de capitales. El objetivo final es la autocensura, que nadie se atreva a cuestionar tres líneas rojas para las autoridades marroquíes: el poder de la monarquía, el papel del islam en la sociedad y la integridad territorial del país.
Esta política de represión funciona gracias al control del Gobierno sobre el poder judicial. También a la desinformación de medios afines a la élite política sobre las víctimas para preparar a la opinión pública antes de sus detenciones. El esquema lo completan difusiones en redes como WhatsApp y bots que atacan a periodistas y defienden al Gobierno. Este utilizó algunas de esas técnicas en 2016 para aplastar las protestas en la región amazig del Rif, en el norte del país. Cuentas afines a las autoridades difundieron un vídeo del líder del movimiento, Nasser Zefzafi, desnudo, para humillarlo. La policía lo había grabado contra su voluntad, tras detenerlo, con el pretexto de demostrar que los agentes no lo habían golpeado. De igual manera, varios abogados que defendían a los manifestantes encarcelados fueron espiados con Pegasus.
Argelia, Francia y España: espionaje más allá de las fronteras
Marruecos también ha demostrado estar dispuesto a utilizar Pegasus en el extranjero. En 2019, miles de manifestantes en Argelia derrocaron a Abdelaziz Buteflika y Rabat espió a más de 6.000 argelinos, incluidos miembros del Gobierno y del entorno del presidente, preocupado por el destino del país vecino. Es probable que en este contexto también hubiera decidido espiar al presidente francés, Emmanuel Macron, en concreto sus llamadas con el embajador francés en Argelia en el verano de ese año.
El uso de Pegasus a principios de 2021 en el teléfono del presidente español, Pedro Sánchez, y su ministra de Defensa, Margarita Robles, también parece responder a las preocupaciones de Rabat en política exterior. En mayo de ese año, España dio asistencia médica al líder del Frente Polisario saharaui, Brahim Gali, una actuación que iba a ser secreta. Como respuesta, Rabat amenazó a España con la llegada de miles de emigrantes a Ceuta y Melilla. En 2022, el Gobierno de Sánchez dio un giro histórico al reconocer el control de Marruecos sobre el Sáhara Occidental. Se ha especulado que el presidente está siendo coaccionado con información obtenida de su teléfono, un extremo que el Gobierno español ha negado.
Además del Ejecutivo, Marruecos habría espiado a periodistas españoles con Pegasus para conocer sus investigaciones. Cuando uno de ellos, Ignacio Cembrero, apuntó en 2022 a Rabat como posible responsable del hackeo, las autoridades marroquíes le demandaron ante la justicia española, una forma de lawfare que busca acallar las críticas dentro y fuera del país. Ahora Marruecos y España celebran en febrero una gran cumbre bilateral, después de que el Parlamento Europeo condenase en enero el deterioro de la libertad de prensa en Marruecos con el voto en contra de los eurodiputados del PSOE, el partido de Sánchez y Robles.
Mohamed VI, víctima o verdugo de una práctica que no es nueva
Pegasus no es la primera tecnología que el Gobierno marroquí emplea para sus intereses. Por ejemplo, en el auge de las revueltas árabes en 2011 compró el sistema Eagle, diseñado por una compañía francesa para monitorizar el tráfico en internet y que ya había comprado el Gobierno de Muamar el Gadafi en Libia. Tampoco es la primera vez que Marruecos espía en el exterior: la inteligencia española ya ha revelado sus vínculos con los servicios consulares marroquíes. Además, la pandemia ha servido como pretexto a las autoridades de Rabat para desplegar tecnologías como el pasaporte covid, que informa de todos los desplazamientos internos e internacionales, y cámaras diseñadas por China para el control biométrico.
En Marruecos, la inteligencia y la seguridad están en manos de la Dirección General de Seguridad Nacional, la policía dirigida por Abdelatif Hamuchi, descrito como uno de los hombres más poderosos de África. Incluso el número de Mohamed VI aparece en la lista de teléfonos hackeados con Pegasus, pero Hamuchi no tendría motivo para investigar por su cuenta a este y otros jefes de Estado y de Gobierno. También se ha sostenido que esa inclusión es una cortina de humo para exculpar a la casa real del uso del malware contra otros líderes internacionales. Otros apuntan que los servicios secretos marroquíes rastrean al monarca para protegerlo, pues tiene una vida social caracterizada por lujos y viajes privados que a menudo se filtran a la prensa y, ahora también, a los servicios de inteligencia, esos que sirven para controlar a la población marroquí.