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“¡Miradlos, gilipollas! Os sentáis en clubes lujosos y vuestros hijos hacen vídeos de YouTube. Los hombres de Wagner mueren para que podáis atragantaros a comer en vuestras oficinas”. Así se dirigía en mayo Yevgueni Prigozhin a la cúpula militar rusa, acusando al Ejército de sabotear los esfuerzos de su compañía de mercenarios en el frente. Ya en junio, el Grupo Wagner denunciaba haber capturado a un teniente coronel del Ejército ruso que estando borracho habría ordenado abrir fuego contra uno de sus convoyes.
Vladímir Putin ha dado rienda suelta desde hace años a las rivalidades internas en el Kremlin. En parte para que compitan por mejores resultados, en parte para que nadie sea tan fuerte como para disputar su cargo. Sin embargo, con la guerra en Ucrania se le está yendo de las manos. El presidente ruso no puede perder apoyos y sigue inmóvil ante las crecientes disputas entre mercenarios y militares, mientras Ucrania comienza su contraofensiva. ¿Sus hombres fuertes se insultan en redes sociales? Él aparece revisando mapas del siglo XVII. Pero si nada cambia pronto, las costuras del Kremlin pueden saltar por los aires.
Un sistema “carnívoro y caníbal”
Mercenarios y militares, funcionarios y oligarcas, nostálgicos soviéticos y ultranacionalistas… En Rusia existen múltiples centros de poder que tienen a Putin como único nexo. El presidente ruso explota estas diferencias para mantenerse al frente del país e incentivar la rivalidad entre las facciones del Kremlin y que así le lleven los mejores resultados a su mesa. Mark Galeotti, experto en historia y asuntos de seguridad rusos, habla de un sistema “carnívoro” y “caníbal” que lleva dentro la semilla de su propia destrucción.
La fragmentación del aparato de seguridad ruso es fruto de la disolución soviética, pero Putin ha agravado las pugnas internas cuando se ha visto amenazado. En las elecciones presidenciales de 2004, por ejemplo, el magnate Igor Sechin apoyaba a otro candidato. Putin animó entonces al director del Comité Estatal para el Control de los Narcóticos y rival de Sechin, Víktor Cherkésov, a pinchar los teléfonos de su entorno para vincularle con tramas de corrupción. A los pocos meses, sin embargo, el presidente ordenó crear el Comité de Investigación, encabezado por una persona del círculo de Sechin y que detuvo al segundo de Cherkésov que había llevado a cabo las escuchas. Entre las ruinas de ambas facciones, el presidente seguía intacto.
Putin también castiga a los órganos que no cumplen las expectativas. Cuando el Servicio Federal de Seguridad (FSB) no logró aupar a Víktor Yanukóvich a la presidencia de Ucrania ni impidió el atentado de Beslán en 2004, el ministro de Interior ruso inició una investigación contra la agencia por contrabando. Otras veces, Putin ha introducido por necesidad a nuevos competidores en este juego de poder. Es el caso del líder checheno Ramzán Kadírov, cuyo apoyo sirvió para romper la rebelión en Chechenia desde dentro y está presente en Ucrania. También del Grupo Wagner de Prigozhin, cuando el presidente ruso quería intervenir en Ucrania tras el Euromaidán de 2014 pero no estaba preparado para hacerlo abiertamente. Putin, además, ha incluido burócratas como el ministro de Exteriores, Serguéi Lavrov, o la directora del Banco Central, Elvira Nabiullina, para garantizar un mínimo funcionamiento del Estado y su Gobierno.
“Traidores” en la invasión a Ucrania
El sistema ideado por Putin ha dado resultados, pero la guerra en Ucrania muestra que ha ido demasiado lejos. La pugna ha entorpecido la colaboración y ha incentivado a los actores militares y de inteligencia a presentarle datos positivos que pueden no ser reales. Al ordenar la invasión, por ejemplo, Putin parecía estar convencido de que Kiev caería en cuestión de días. Por otro lado, este juego fomenta y necesita corrupción y recursos disponibles para repartir extraoficialmente, ya sean recursos naturales o munición.
La batalla de Bajmut ha reflejado esta cooperación-competición alentada por Putin. El presidente ruso había dado el pasado 31 de marzo como fecha límite a los militares para tomar el Donbás. Cuando fallaron, Putin empezó a canalizar los recursos hacia Wagner, que tuvo hasta el 9 de mayo para tomar Bajmut. Como tampoco cumplió su objetivo, Prigozhin culpó a los militares, insultándoles, acusándoles de traición y amenazando con abandonar la ciudad. Entre medias, el presidente ruso ha ido cambiando a los altos mandos militares a cargo de la “operación especial”, una forma de premio y castigo por resultados que sin embargo destruye la cohesión sobre el terreno.
Ahora no está claro a qué facción favorece Putin, y cada una pide la aniquilación de la contraria. Prigozhin acusa a la cúpula militar de traición, un delito penado con cadena perpetua, mientras el excomandante Igor Girkin le acusa de estar organizando un golpe de Estado. Ya hay indicios de que ambos grupos no solo se están torpedeando, sino matándose indirectamente: una filtración publicada en el Washington Post señala que Prigozhin habría ofrecido inteligencia a los ucranianos para debilitar al Ejército ruso.
Si nada cambia, será el fin del régimen de Putin
Mientras la tensión crece, Putin no puede permitirse prescindir de ningún bando. Prigozhin habla a diario en redes sociales de la “escoria” y los “cerdos” del Ejército, y de un “Estado profundo” que sabotea la guerra, algo que el presidente ruso no debería permitir. Pero Wagner es necesario para que Rusia pueda seguir mandando hombres al frente sin recurrir a otra movilización impopular. Guste o no a Putin, Prigozhin tiene ambiciones políticas y la guerra en Ucrania parece un trampolín hacia los más altos niveles del Kremlin, desacreditando a sus competidores y quizá también al propio presidente.
El rompecabezas de Putin se extiende a la invasión en general. Cuesta imaginar que soldados y mercenarios tomen el Donbás en el corto plazo en ese clima de desconfianza. Rusia conquistó menos de veinte kilómetros cuadrados en abril y puede que no haya más ofensivas rusas hasta 2024. Pero Putin sabe que sería un suicidio político poner fin a una invasión que no ha cumplido ningún objetivo explícito y que ha causado más de 200.000 bajas. Por si fuera poco, cada vez hay más indicios de que el material militar ruso escasea. En el desfile del Día de la Victoria de mayo, apenas un tanque desfiló por las calles de Moscú.
Por eso Putin sigue confiando en que pinche el apoyo occidental a Ucrania, mientras implora a China por más ayuda militar y alivia la competición interna por los recursos. Más allá de estos escenarios, o de un fracaso rotundo de la contraofensiva ucraniana, cuesta imaginar que Putin saque una victoria de una invasión fallida. Ya en febrero intentó mediar entre Prigozhin y el ministro de defensa, Serguéi Shoigú, sin que haya surtido efecto. Ahora todos los escenarios están sobre la mesa: desde Putin intentando deshacerse de Prigozhin o Prigozhin traicionando al Ejército, hasta nuevos hombres fuertes abriéndose paso al frente del país. Pero si nada cambia y el Kremlin no se cohesiona, el régimen de Putin estará abocado al fracaso.