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Desde hacía más de una hora solo se veía un inmenso manto de arena por la ventanilla del avión. Al salir del aeropuerto de Tinduf, en el sur de Argelia, me esperaba un joven con un antiguo todoterreno escoltado por policías argelinos bajo un espeso sol de abril. Esta ciudad, conocida por albergar a miles de saharauis que escaparon hace cincuenta años de la invasión marroquí del Sáhara Occidental, es también un enclave militar que se vigila con recelo. Tras un trayecto de veinte minutos llegué a un puesto de control que parecía una frontera y entregué mi pasaporte. Estaba entrando en los campamentos de refugiados saharauis.
La guerra volvió a esta región en noviembre de 2020. Treinta años después del alto al fuego que debía preceder a un referéndum, los jóvenes nacidos en estos campos han vuelto a cargar los fusiles que antaño habían servido a sus padres. El desierto vuelve a ser escenario de una guerra de desgaste, y la estrategia del Frente Polisario recuerda mucho a la que usó entre 1975 y 1991. La diferencia es que este resurgir del conflicto choca hoy con un Ejército marroquí más moderno y con más apoyos.
Estrategia basada en el desgaste
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