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El dolor es tramposo. Es difícil de medir, tortuoso de tratar y sobre todo terrible de vivir. Más de 61 millones de personas padecen anualmente un sufrimiento grave relacionado con la salud, la mayoría debido al cáncer y al VIH. Es decir, viven (y mueren) con un dolor asociado a una condición médica y que podría ser tratado, según datos recogidos en 2018 por una comisión de la revista médica británica The Lancet. El 80% de estas personas vive en países de ingresos bajos y medios, donde el acceso a la morfina y otros opioides para aliviar su dolor es limitado. Según el mismo estudio, el 10% de los países más ricos del mundo posee el 90% de la morfina que se distribuye globalmente.
Incluso en países ricos, la distribución de los medicamentos para el dolor es desigual. Pacientes afroamericanos o latinos en Estados Unidos reciben, de manera sistemática, menos opioides que pacientes blancos. Y es más inquietante uno de los motivos que hay detrás: la creencia de que las personas racializadas tienen más tolerancia al dolor. Una encuesta de 2016 reveló que más de la mitad de los estudiantes blancos de medicina de Estados Unidos tenía al menos una percepción falsa de que las personas negras tienen menos sensibilidad, como que su piel “es más gruesa”. El dolor, por tanto, duele menos según quién seas, dónde vivas y, sobre todo, según el acceso que tengas a los medicamentos para tratarlo.
Un dolor sin paliativos
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