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Israel fija su capital en Jerusalén, pero casi ningún Estado la reconoce como tal. Jerusalén funciona como capital a todos los niveles, salvo el internacional. Es donde se encuentra la Knéset (el Parlamento israelí), la sede del Gobierno y la mayoría de los ministerios, y el Tribunal Supremo. Sin embargo, la gran mayoría de las embajadas están en Tel Aviv, la ciudad más grande del país sin contar Jerusalén. Esto se debe a que la mayoría de Estados defienden el plan de partición de la ONU de 1947, que establece el control internacional sobre la ciudad, por lo cual no pertenecería ni a Israel ni a Palestina.
Con todo, Donald Trump dio un giro a la política exterior estadounidense en 2017 cuando reconoció a Jerusalén como la capital de Israel y trasladó allí la embajada. Una decisión que hizo temer que legitimara las violaciones al derecho internacional por parte de Israel. Hoy en día la Administración de Joe Biden no ha revertido la decisión, pero se ha cuidado de mantener su condena a la ocupación ilegal de Jerusalén Este.
La disputa por Jerusalén
Jerusalén es una ciudad sagrada para los judíos. En su ciudad vieja se encuentran los restos de los primeros templos del judaísmo, entre ellos el Muro de las Lamentaciones. Por lo tanto, para el sionismo tiene una carga simbólica que esta ciudad sea la capital de un Estado que traza su razón de ser en los textos sagrados. Si para el sionismo el Estado de Israel tiene que estar en el origen del judaísmo, su capital tiene que ser la ciudad más sagrada de esta religión. El problema es que Jerusalén también alberga monumentos sagrados para el cristianismo, como la iglesia del Santo Sepulcro, donde Jesús habría sido crucificado y enterrado, y la explanada de las mezquitas, donde según el islam Mahoma ascendió al cielo.
Por esa razón el plan de partición de Palestina de Naciones Unidas de 1947 estipulaba que la ciudad de Jerusalén fuese un cuerpo territorial aparte, bajo administración internacional. En un inicio, los sionistas aceptaron este planteamiento, por lo que se entiende que renunciaron a establecer allí su capital. Sin embargo, con el armisticio de 1949 después de la primera guerra árabe-israelí, Jerusalén quedó dividida en dos, y Jerusalén Oeste pasó a estar bajo control israelí. Tras la guerra de los Seis Días de 1967, Israel ocupó Jerusalén Este, y en 1980 la anexionó de forma ilegal y la declaró su capital. Por su parte, Palestina también considera desde 1988 que Jerusalén es su capital. La mayoría de la comunidad internacional no reconoce ninguna de las dos proclamas.
El reconocimiento de la capital de Israel
En la actualidad, tan sólo tres países reconocen Jerusalén como la capital de Israel: Guatemala, Papúa Nueva Guinea y Estados Unidos. Este último se sumó a la lista con la decisión de Trump en 2017 de trasladar su embajada a la ciudad. No obstante, Estados Unidos sólo reconoce la parte occidental, delimitada por la Línea Verde del armisticio de 1949, como parte soberana del Estado judío, manteniendo su condena sobre la ocupación de la parte oriental. La Administración Biden ha recalcado esa condena para desligarse de la decisión de su antecesor y no alimentar el conflicto palestino-israelí. Australia quiere seguir esa línea, pero mantiene su embajada en Tel Aviv hasta que se llegue a un acuerdo de paz.
Aunque Jerusalén funcione como la capital de Israel, el reconocimiento internacional es importante. Es lo mismo que sucede con los Estados: hace falta la aprobación de un número amplio de naciones para considerar que un país existe. De esta forma, a ojos del mundo, Jerusalén no es la capital legítima del Estado de Israel, hasta que así lo estipulen muchos países, un acuerdo de paz entre palestinos e israelíes o una resolución de Naciones Unidas. Con todo, como el resto del conflicto, una solución de consenso parece estar muy lejos. Mientras tanto, seguirán las discrepancias entre cuál es la verdadera capital de Israel.