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La crisis de la economía de los cuidados, el trabajo invisible

La crisis de la economía de los cuidados, el trabajo invisible
Fuente: Pxfuel.

Las actividades destinadas a gestionar y mantener la vida van desde la crianza y la asistencia a personas dependientes, hasta las labores domésticas. Son tareas básicas en cualquier sociedad y se ven a diario, pero apenas están en el debate público. Las mujeres han sido las encargadas principales del cuidado, pero los cambios sociales y demográficos hacen de ese reparto un sistema obsoleto e insostenible en gran parte del mundo.

El aumento de la esperanza de vida, la transformación de las unidades familiares, los nuevos modelos urbanísticos o la incorporación de las mujeres al mercado laboral son factores que han motivado la llamada “crisis de los cuidados”. Dicha crisis es el resultado de que el anterior modelo de reparto y asunción de las tareas domésticas haya quedado obsoleto, lo que obliga a redistribuirlas y reorganizarlas. El  viejo modelo estaba protagonizado por una familia nuclear donde la mujer se hacía cargo de la crianza y el trabajo doméstico de manera gratuita. En la actualidad hay hogares más diversos, muchos homo o monoparentales, y donde las mujeres suelen compaginar el trabajo remunerado con el que hacen en su propio domicilio. 

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Las consecuencias de esta crisis son múltiples y se entrelazan con el género, la clase, la etnia y la procedencia. En las clases medias y altas, sobre todo en países desarrollados, las mujeres chocan con un techo de cristal que les impide prosperar profesionalmente por la carga familiar. Mientras, en países en desarrollo y en clases sociales más bajas, ellas permanecen ancladas a un suelo pegajoso que les impide acceder a una remuneración digna, lejos de la independencia económica.

En Europa, el estado de bienestar implantó una amplia red de servicios públicos —escuelas infantiles, residencias de mayores o ayudas a la dependencia— que, en cierto modo, aliviaron el problema. Sin embargo, la crisis financiera de 2008 y los planes de austeridad consiguientes han arrasado muchas de estas medidas, sobre todo en el sur del continente. En otros países del norte, como Estados Unidos, donde el crecimiento económico no ha ido de la mano con un sistema que garantice derechos sociales, estos servicios están fuera del alcance de buena parte de la población, y los cuidados aún recaen sobre las mujeres más pobres. En los países del sur global, la brecha de cuidados es aún mayor: las mujeres destinan mucho más tiempo a los cuidados que los hombres, y también más que las mujeres en países desarrollados.

Las diferencias demográficas y de recursos son los factores principales de esta disparidad. El resultado es un sistema de cuidados en extremo desigual, en el que una parte de la población soporta casi todo el peso de un sector que ni siquiera se contabiliza en la economía. También ha demostrado ser un sistema vulnerable en el que cualquier desajuste puede hacer peligrar el balance sobre el que se sostiene, como ha demostrado la crisis del coronavirus.

La división sexual del trabajo: el origen del desequilibrio

Una de las bases de la organización social es la división sexual del trabajo, que implica una asignación desigual de tareas entre hombres y mujeres, por pragmatismo y por la creencia de que el sexo biológico condiciona las habilidades, competencias y valores de las personas. Sin embargo, la división sexual del trabajo no es cuestión de biología: a medida que las sociedades se han transformado, también lo han hecho las actividades asumidas por cada sexo. Por ejemplo, la Primera Revolución Industrial (1760-1840) implicó una clara división entre el trabajo dentro y fuera de casa, en contraposición a la economía de autoconsumo predominante hasta entonces. Dado que la mujer pare, se asumió también que debía criar y mantener el hogar, y que el hombre era responsable de proveer a la familia de recursos materiales. Con el fin de la economía de autosuficiencia y el triunfo del mercado, el salario se convirtió en un elemento diferenciador y jerarquizador de los roles sociales, la división entre el trabajo y lo que no lo es. El trabajo doméstico, del que se ocupan sobre todo las mujeres, se ha presentado como un servicio personal alejado de las lógicas de producción y, por tanto, de la agenda política.

Con el tiempo y las transformaciones de la industria, las mujeres entraron en el trabajo remunerado de manera parcial y progresiva. En la Europa de principios del siglo XIX, las mujeres que trabajaban fuera del hogar solían hacerlo solo mientras eran solteras, con labores diferentes a los hombres y salarios inferiores. Por ejemplo, dos sectores muy feminizados en esta etapa fueron el textil y la industria de la impresión. El trabajo femenino aumentó en el siglo XX por el auge del sector servicios: las mujeres —ya de distintas edades y estados civiles— pasaron a tener protagonismo en oficinas, tiendas, centralitas telefónicas o en los cuidados fuera de su hogar. Esta evolución se dio más en países desarrollados, aunque hay excepciones, como Japón, donde la participación de las mujeres en la vida laboral, política y académica aún es muy minoritaria.

La incorporación de las mujeres al mundo laboral ha sido más tardía en los países en desarrollo. Muchos se empezaron a industrializar en el siglo XX y en la segunda mitad recibieron industrias de países del norte. En parte de Asia y Latinoamérica, pasaron a tener más peso las industrias textil y alimenticia, donde las mujeres se volvieron la mano de obra  principal. El sector primario y el autoconsumo tienen más peso en la economía de las áreas rurales de estas y otras regiones en desarrollo, y el empleo de las mujeres es aún menor. Su trabajo se concentra en la agricultura y el comercio local, por lo general de manera informal y con salarios inferiores o nulos. 

Participación en la fuerza de trabajo por sexo y región entre 1990 y 2013. Regiones: Oriente Próximo y Norte de África, sur de Asia, América Latina y el Caribe, Europa central y del Este y Asia central, Asia oriental y Pacífico, Developed (considerados desarrollados, miembros de la OCDE) y África subsahariana.Fuente:ONU Mujeres

La disminución de la brecha de género es un espejismo al que solo se acercan algunas regiones, en especial el norte de Europa. Esta tendencia mundial avanza con lentitud y, según el Informe Anual de Brecha de Género del Foro Económico Global, la brecha salarial aumentó en 2020 respecto al año anterior. Un salario menor por igual trabajo o menor presencia en los puestos directivos y en los sectores punteros son dos factores de fondo. Las mujeres dedican gran parte de su vida a los cuidados, tengan o no trabajo remunerado, y eso dificulta su ascenso e inserción en igualdad de condiciones que los hombres. No obstante, la inserción laboral femenina no implica la ruptura de los roles de género o de la tradicional división sexual del trabajo. El trabajo remunerado femenino a menudo no sustituye al trabajo dentro del hogar, sino que es un añadido, una sobrecarga que acentúa aún más la crisis de los cuidados.

La crisis de los cuidados, un problema transnacional

Ni siquiera en las áreas geográficas donde ha habido una incorporación masiva de las mujeres al mundo laboral se ha conseguido eliminar el rol de la mujer cuidadora. En la Unión Europea, por ejemplo, el 37,5% de las mujeres asumen labores de cuidados gratuitos, frente al 24,7% de los hombres. Las causas de esta desigualdad son dos, y dificultan que el Estado garantice el reparto equitativo de esas tareas: la socialización de género —que educa en una división de los roles familiares en función del sexo— y la ausencia de una política pública de cuidados.

Ahora bien, si los Gobiernos nunca han estado demasiado presentes en la regulación de los cuidados y la división sexual del trabajo precede incluso a la sociedades industriales, ¿por qué es la crisis de cuidados cada vez más preocupante? El acceso de las mujeres al mercado de trabajo es un elemento clave, pero no el único. Los cambios demográficos, por ejemplo, han transformado las estructuras familiares. La esperanza de vida ha aumentado veinte años desde 1960, mientras que la tasa de natalidad se ha reducido en un 13,6%. Esta tendencia es más significativa en los países desarrollados.

Un caso paradigmático es Corea del Sur, que cuenta con la menor tasa de fertilidad del mundo —0,92 niños por mujer— y donde el reemplazo generacional es misión imposible. Este envejecimiento de la población tiene implicaciones importantes para sostener los cuidados: cada vez hay menos personas que cuidan y más que necesitan ser cuidadas. Por otro lado, aunque las niñas y niños han disminuido en proporción a otros grupos poblacionales, la vida en las grandes urbes dificulta su crianza. La mayor inversión en desplazamientos o la existencia de menos espacios públicos para jugar obligan a dedicar más tiempo a acompañar y vigilar a los menores.

El envejecimiento de la población es más significativo en los países desarrollados, sobre todo en Europa, Japón y Canadá. Esto supone un reto a la hora de afrontar los cuidados de las personas mayores, que suele recaer sobre las mujeres de la familia. 

En los países en desarrollo, donde el envejecimiento no es tan acuciante y las mujeres no siempre están insertas en el mercado laboral, la sobrecarga femenina se debe a otros factores, como la falta de servicios públicos de salud, educación o asistencia a personas dependientes. Cuanta menos carga de trabajo asuma el resto de la sociedad, más asumen las mujeres, en especial las que están empobrecidas y no pueden pagar esos servicios. En Latinoamérica, las mujeres del primer quintil de ingresos dedican un 50% más de tiempo a los cuidados que las del quinto. Además, en las áreas rurales y periféricas, la falta de suministros dificulta las tareas domésticas aún más. Por ejemplo, el 70% de los hogares en África subsahariana están a más de quince minutos de las fuentes de agua potable, que suelen recolectar mujeres y niñas. 

Estas desigualdades adquieren dimensión transnacional en las cadenas globales de cuidados. En los países desarrollados se externaliza cada vez más el trabajo doméstico, a menudo a través del mercado informal y en los grupos sociales más empobrecidos, por lo general mujeres migrantes y con poca formación. Igual que en las cadenas globales de producción, los países desarrollados se benefician de la mano de obra barata y poco cualificada de los países en desarrollo. Las mujeres del sur global migran hacia países del norte para trabajar en los cuidados, y para ello delegan el mantenimiento de su propia familia a otras personas, generalmente también mujeres. Lejos de resolver la crisis de los cuidados, esta mercantilización genera nuevos desequilibrios en los hogares migrantes y en los países en vías de desarrollo. A la desigualdad entre hombre y mujeres se suma la desigualdad entre las mujeres según los recursos que tengan.

Si el equilibrio sobre el que se sostenían los cuidados ya era frágil, la crisis del coronavirus ha supuesto un retroceso aún mayor. Con la expansión del virus, llegaron los confinamientos, cerraron los centros educativos y los centros de día para mayores, y se interrumpieron hasta los tratamientos terapéuticos. Las labores de cuidados que el estado de bienestar había sacado del hogar volvieron a recaer en las mujeres, que se han visto obligadas a compaginarlas con el teletrabajo.

Además, la pandemia ha sido devastadora para las empleadas domésticas y cuidadoras, en su mayoría trabajadoras informales. Sin contrato ni seguridad social, estas mujeres no han podido beneficiarse de las prestaciones extraordinarias ni cuentan con permisos de movilidad para trabajar. Incluso para las trabajadoras formales de los cuidados —principalmente en el sector sanitario, donde el 70% de las trabajadoras son mujereslas condiciones laborales han empeorado por una desvalorización estructural previa a la pandemia. 

Hacia una economía diferente

Existe cierto consenso entre Gobiernos, organismos internacionales, sociedad civil y academia de que la solución a la desigualdad en los cuidados pasa por el empoderamiento económico de las mujeres. No obstante, según la experiencia de los países más desarrollados, el trabajo remunerado no siempre elimina el no remunerado. Apostar por la inserción laboral femenina como forma de empoderar suele conllevar una doble jornada obligatoria para la mujer, dentro y fuera del hogar. La independencia económica es fundamental para que las mujeres tengan mejores condiciones materiales, pero no termina de solucionar la sobrecarga de cuidados. Por ello la economía feminista propone políticas públicas enfocadas a crear alternativas de cuidados, para que no solo ellas cuiden. 

Tiempo dedicado por madres y padres al cuidado de los hijos
Aunque hay diferencias por países, las mujeres de todo el mundo dedican más tiempo al trabajo no remunerado que los hombres

Las políticas de conciliación, por ejemplo, buscan facilitar a los trabajadores y trabajadoras compaginar la vida laboral y la familiar. Incluyen, por ejemplo, los permisos de maternidad y paternidad, la reducción de jornada o la excedencia por cuidados. Entre sus objetivos a veces está revertir ciertos roles o patrones de género, en especial en los permisos por maternidad y paternidad, que permiten disfrutar de semanas o meses libres, en muchos casos remunerados, para la crianza de los hijos e hijas. A través de la obligatoriedad de estos permisos, las administraciones pueden forzar a que los hombres asuman parte de las labores de crianza.

Suecia, Islandia, Noruega, Austria o Alemania van más allá, con permisos de hasta tres años. Sin embargo, esta legislación aún es minoritaria y son permisos lejos de ser equiparables con los de maternidad. La mayoría de los recursos de conciliación son voluntarios o solo para mujeres. Además, estos mecanismos vuelven a poner en las familias el peso de los cuidados, sin distribuirlos entre el resto de la sociedad.

La economía feminista aboga también por políticas integrales o rupturistas, que buscan romper con un sistema económico y cultural que contempla los cuidados como un asunto privado y no como un derecho humano exigible. Por un lado, se propone que las administraciones públicas provean gran parte de estos servicios y labores, como las escuelas infantiles, la asistencia a las personas dependientes y las residencias para personas mayores, entre otras. Por otro lado, apuesta por transformar las esferas sociales para que los cuidados estén más al centro de la política laboral, sanitaria, educativa, fiscal o de infraestructuras. Por ejemplo, mejorar el acceso al agua y la electricidad en las zonas rurales para que las mujeres no deban dedicar tanto tiempo a las labores domésticas o hacer las ciudades más seguras y habitables para la infancia. 

Reasignar los cuidados en la sociedad no pasa necesariamente por desvincularlos de las mujeres o forzar su extracción del ámbito familiar, sino por alternativas que no los hagan una sobrecarga. También implica revalorizarlos, considerarlos un trabajo y darles dimensión económica por ejemplo con salarios justos y contribuciones a la seguridad social. Las personas que cuidan, remuneradas o no, crean riqueza, pues las labores “productivas” no serían posibles sin sus tareas. Los nuevos debates en torno a esta crisis parecen más encaminados a que los cuidados dejen de entenderse como una cuestión privada que cada familia intenta solucionar con su tiempo y recursos disponibles. Por el contrario, cada vez más voces piden que los cuidados se entiendan como una responsabilidad social conjunta, central y prioritaria en las agendas políticas.

Para ampliar: Subversión feminista de la economía. Aportes para un debate sobre el conflicto capital-vida, Amaia Pérez Orozco, 2014

Elena Jiménez

Elena Jiménez

Las Palmas, 1996. Graduada en Relaciones Internacionales en la Universidad Complutense de Madrid. Interesada en América Latina y en temas de geopolítica, género, migraciones y medioambiente.

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