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Cinco amigos muertos en Commerce City, a las afueras de Denver, en febrero del año pasado. Dos compañeras de la Universidad Estatal de Ohio, en Columbus, encontradas en el suelo por una compañera de piso en mayo. Diez personas muertas en un fin de semana de abril, repartidas por Washington. Todos habían ingerido fentanilo, un opioide sintético prescrito para paliar dolores intensos, hasta cincuenta veces más potente que la heroína y letal en cantidades más pequeñas que un lunar.
Muchas ciudades de Estados Unidos azotadas por la pandemia ahora enfrentan dos amenazas a su futuro como polo económico del país. Por un lado, las muertes por sobredosis sobre todo de fentanilo, que han batido récords en Nueva York. Por otro, la crisis de vivienda, que ha disparado los alquileres en Miami casi un 60% desde la pandemia y el número de personas sin hogar. Además, la ola de despidos en las empresas tecnológicas y el teletrabajo han vaciado edificios comerciales. “La gente va a venir en masa a Nueva York”, dijo el entonces alcalde Bill de Blasio antes de la reapertura en 2021. Sin embargo, las ciudades incluso podrían estar perdiendo habitantes.
El fentanilo, la droga que azota las ciudades
El fentanilo surgió en 1959 como un analgésico “capaz de parar a un elefante”, en palabras de Paul Janssen, el investigador y fundador de la farmacéutica que lo desarrolló. Su uso médico se extendió en Europa y Norteamérica en los años sesenta. Estados Unidos lo legalizó en 1968, y los parches de fentanilo facilitaron su uso en los noventa. Sin embargo, la otrora solución “esperanzadora” para el dolor se volvió una causa de la epidemia de sobredosis que ha azotado a Estados Unidos en la última década. En 2021, más de 70.000 personas murieron por sobredosis de opioides sintéticos, la gran mayoría por fentanilo.
Esta droga es adictiva y fácil de producir. También se mezcla con cocaína en China o México y se vende de manera ilegal en Estados Unidos imitando medicamentos como el Adderall o el Xanax. Provocó 58 sobredosis masivas y veintinueve muertes entre 2021 y 2022 en al menos siete ciudades, como Omaha o Austin. En particular, el fentanilo se ha cebado con la población joven. Según un estudio del Washington Post, fue la principal causa de muerte en estadounidenses de entre dieciocho y 49 años en 2022.
A través de Instagram o TikTok, los narcotraficantes también engañan a jóvenes con fármacos adulterados con fentanilo, un cóctel mortal que ha aumentado en 132% las muertes por sobredosis entre adolescentes entre 2019 y 2021. “Nos enfrentamos a una crisis de salud pública”, advirtió en enero el alcalde de Austin, Kirk Watson. Y en palabras de Jason Graham, médico forense jefe de Nueva York: “Si no fuera por la pandemia, esta [las muertes por sobredosis] sería la emergencia de salud pública de nuestras vidas”.
Alquileres disparados, personas sin hogar y menos habitantes
Las ciudades estadounidenses también enfrentan un escenario económico incierto tras la pandemia. Los alquileres se han disparado en ciudades como Nueva York, donde los propietarios pueden aumentar los precios cada año. Esto ha puesto fin a los covid deals, alquileres baratos por la pandemia, y ha empujado a las clases trabajadoras fuera de sus fronteras. El alquiler medio en Manhattan, por ejemplo, superó los 5.000 dólares el año pasado por primera vez en su historia, una cantidad inasumible en una ciudad con un salario mínimo de quince dólares la hora. Es decir, 2.400 dólares mensuales por cuarenta horas de trabajo.
Según un estudio reciente, cada neoyorquino necesita un salario anual de 100.000 dólares para vivir de forma holgada, una cantidad también inasumible para las clases medias. Además, el número de viviendas en Nueva York tan solo aumentó un 3,7% entre 2010 y 2017, por detrás de Denver o Los Ángeles, debido a las leyes de construcción que restringen la densidad poblacional en la ciudad.
Sumado a ello, el teletrabajo ha llevado a muchos profesionales a abandonar estos polos económicos. Por ejemplo, los estados de Nueva York y California han perdido más de 500.000 personas entre 2020 y 2022. Las empresas también han reducido su presencia física en los centros de las ciudades. El espacio disponible para oficinas en la Gran Manzana ha crecido de más de ocho millones de metros cuadrados a comienzos de 2020 a más de once millones a mediados de 2022. Grandes tecnológicas como Meta o Microsoft también han reducido sus inmuebles, afectando a hubs como San Francisco, centro neurálgico de Silicon Valley.
A su vez, la alta presión habitacional y la falta de vivienda pública están detrás del aumento de personas sin hogar, un reto exacerbado por la escasez de albergues sociales. Más de 69.000 personas no tenían un hogar en 2022 en Los Ángeles, según la autoridad encargada, mientras que en diciembre del año pasado casi el mismo número de personas durmieron en un albergue público en Nueva York. “Nos encontramos en una crisis de personas sin hogar, y el factor determinante es la falta de vivienda asequible”, aseguró en 2021 el actual alcalde de Nueva York, Eric Adams, cuando presidía el barrio de Brooklyn.
Coordinarse y aumentar la inversión pública
Los alcaldes se han movilizado para responder a estas dos crisis y asegurar la viabilidad de sus ciudades. Respecto al fentanilo y otras drogas, Chicago está distribuyendo en bibliotecas públicas un espray nasal, Narcan, para revertir los efectos de las sobredosis. Denver distribuye tiras para detectar fentanilo en otras drogas. Nueva York, por su parte, ofrece un programa de prevención de sobredosis de opiáceos, y Seattle ha implementado campañas virtuales para ayudar a los jóvenes a entender los riesgos del fentanilo y a responder si presencian una sobredosis.
Frente a la crisis de vivienda también se han planteado soluciones. Construir viviendas públicas y reconvertir edificios comerciales en residencias, como la Tribune Tower en Chicago, reducirían la presión urbanística y aumentarían la oferta habitacional. Además, estados como Nueva York han adoptado leyes para limitar las fianzas abusivas y proteger a los inquilinos en caso de desahucio. Otra medida es limitar los incrementos de alquiler, como quiere la alcaldesa de Boston, Michelle Wu, restringiendo las subidas anuales al 10%. Sin embargo, mientras que California ya adoptó ese tope en 2019, estas medias están prohibidas en Florida salvo “emergencia”, y el gobernador republicano Ron DeSantis se opone a ellas.
Las soluciones apuntan a una mayor inversión pública en infraestructuras de salud municipales y para solventar la falta de vivienda. Pero también implican al Gobierno federal. El problema de los opioides es nacional y el Gobierno de Joe Biden dio un paso al designar en abril al fentanilo combinado con xilacina como una “amenaza emergente” que requerirá una respuesta de prevención, tratamiento y menor oferta. También adoptó en enero el ‘Reto de la Vivienda Centrada en el Residente’, para fomentar el alquiler asequible en coordinación con Gobiernos estatales y locales. Si las ciudades estadounidenses aspiran a mantenerse como centros neurálgicos de Estados Unidos y seguir llenando sus rascacielos, tendrán que reforzar sus infraestructuras para responder a esta doble crisis sanitaria y económica.






