A mediados del siglo XIX China empezaba a tener un serio problema con el opio. Los británicos llevaban años introduciéndolo en el país de contrabando, y el efecto estaba siendo devastador: los adictos se multiplicaban y China poco a poco se convertía en un país más débil. Si en el año 1830 se calculaba que un 1% de la población era adicta al opio, para finales de siglo este porcentaje se había triplicado. Tal era la magnitud del problema que el Gobierno imperial acabó prohibiendo la venta y el consumo de esta sustancia, una medida que no sentó demasiado bien al Reino Unido, cuyo equilibrio a nivel comercial dependía de la masiva venta de droga en el país asiático.
Aquel asunto derivó en las Guerras del Opio, y ellas, a su vez, en la debilidad que China ha mantenido a nivel internacional hasta tiempos recientes. Pero, paradojas de la historia, la situación es hoy la opuesta: desde el país asiático salen ingentes cantidades de opioides cuyo destino principal es Estados Unidos, que están causando estragos en el país norteamericano no solo en vidas humanas, sino también en términos económicos, poniendo en jaque en otro frente la ya debilitada hegemonía estadounidense.
El cantante Prince fue probablemente el nombre más conocido de las casi 20.000 personas que murieron en el año 2016 en Estados Unidos de sobredosis por opioides sintéticos. A estas se le sumaron casi 29.000 más en 2017 y 31.500 en 2018, lo que supone que en estos dos últimos años hayan fallecido tantos estadounidenses por excesos en el consumo de estas sustancias como durante la guerra de Vietnam.
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