La investidura de Volodímir Zelenski como presidente de Ucrania en 2019 supuso un cambio, quizá no tanto en las políticas, pero sí en las formas. Un ejemplo fue el despido en septiembre de ese año del director del Instituto de Memoria Nacional de Ucrania (IMNU), Volodímir Viatrovich, que ahora es diputado por el partido del antecesor de Zelenski, el expresidente Petro Poroshenko, responsable de acentuar la confrontación con Rusia.
El cambio trajo moderación al Instituto. El nuevo director, Antón Drobovich, ha rechazado algunas líneas de su predecesor. Por ejemplo, ha puesto en duda la heroización de símbolos nacionales como Stepan Bandera, líder de la Organización de Nacionalistas Ucranianos, un grupo que luchó contra soviéticos y nazis durante la Segunda Guerra Mundial, pero que también colaboró con los alemanes y participó en genocidios de judíos, polacos y rusos. Para Drobovich, el IMNU debe contar “la verdad histórica de todas las personas” del pasado ucraniano “sin heroizar, pero tampoco demonizar”, y sin que se le perciba como “portavoz de la agitación, lucha ideológica o propaganda”.
Crear una nueva identidad nacional ucraniana
El Instituto de Memoria Nacional de Ucrania, se fundó en 2006 como un organismo público, pero no cobró protagonismo hasta 2014, tras la revolución del Maidán y la llegada de Viatrovich a la dirección. Su presupuesto no ha parado de crecer desde entonces: en 2016 contaba con 13,4 millones de grivnas anuales (410.000 euros al cambio actual), y en 2020, pese a tener un presupuesto rebajado a la mitad a causa de la pandemia, alcanzó los 65 millones (unos dos millones de euros). El nuevo Gobierno surgido tras las protestas vio la necesidad de romper sus lazos con Moscú para acercarse a Europa, y la anexión rusa de Crimea y el estallido de la rebelión prorrusa y la guerra civil en el Donbás, en el este del país, acentuaron la decisión. El Gobierno empezó a presentar a Rusia como un agresor. Sin embargo, seguía habiendo gran cantidad de ucranianos identificados con Rusia y que se oponían a un conflicto que consideraban fratricida, o incluso que no reconocían al nuevo Gobierno.
Para legitimar su narrativa, el IMNU ha tratado de desvincular la identidad nacional ucraniana de Rusia, haciendo énfasis en periodos de independencia como la República Popular de Ucrania (1917-1921). El Instituto glorifica a personajes como Iván Mazepa, que se rebeló contra Rusia a finales del siglo XVII, y a entidades como la Organización de Nacionalistas Ucranianos y el Ejército Insurgente de Ucrania, que actuaron durante la Segunda Guerra Mundial. Las protestas de 2014 han sido renombradas como “Revolución de la Dignidad”, y sus víctimas se recuerdan como los “Cien Celestiales”, un relato en el que Rusia aparece como colonizador y ocupante, y Ucrania como su víctima. También se recuerda a las víctimas de la época soviética, especialmente a las del Holodomor, la hambruna que Ucrania sufrió durante el período estalinista.
La legitimidad de Ucrania como Estado es indiscutible para el Instituto, que cuenta con varias líneas de actuación para defender su tesis: “Estudiar y divulgar la historia de la lucha por la formación estatal de Ucrania”, “restaurar la memoria nacional del pueblo ucraniano y fomentar el patriotismo”, “preservar la memoria de quienes defendieron la independencia” o “superar mitos históricos”. En esa línea, desde 2015 una ley prohíbe la “negación pública de la legitimidad de la lucha por la independencia de Ucrania en el siglo XX”, y conmemora a quienes lucharon por conseguirla.
Ucrania también ha impulsado una “descomunización” para eliminar la simbología soviética, respaldada por otra ley de 2015 que condena “los regímenes totalitarios comunistas y nacionalsocialistas en Ucrania” y prohíbe “la propaganda de sus símbolos”. La legislación deja en un espacio gris a Stepan Bandera u otras personas y organizaciones que lucharon por la independencia ucraniana y que también colaboraron con las fuerzas nazis. Como se les debe rememorar pero se prohíben los símbolos nazis, el Instituto ha primado su papel independentista.
Memoria selectiva y manipulaciones históricas
Durante la etapa de Volodímir Viatrovich como director, el IMNU reforzó su agenda nacionalista hasta el punto de olvidar las buenas prácticas historiográficas. Viatrovich sabía cómo utilizar la historia para manipular: es historiador y antes de dirigir el Instituto estuvo a cargo del archivo del Servicio de Seguridad de Ucrania (SBU) entre 2008 y 2010. Durante su etapa al frente del Instituto, revisó y omitió hechos. Algunos historiadores le han acusado incluso de falsificar y eliminar documentos históricos y han cuestionado la conservación de los archivos del SBU. También se ha puesto el foco sobre la veracidad y falsa transparencia de la apertura de archivos del IMNU, que gestiona los documentos del servicio secreto soviético.
Viatrovich justificaba estas manipulaciones en su objetivo de construir una identidad nacional ucraniana. En una entrevista en 2019 explicó que el Instituto no trabajaba sobre la historia, sino sobre la memoria: mientras que la primera trata de todo lo que sucedió en el pasado, “la memoria es selectiva”. También aseguró que “la nación es creada por ciertas ideas comunes sobre el pasado y un deseo común de vivir su futuro”, pero en su opinión la memoria de los ucranianos no coincidía con la memoria nacional y por eso esta debía ser impuesta: “Que la mayoría de la gente piense una cosa no significa que sea cierta. Aquí veo las funciones del Instituto de la Memoria Nacional”. La entidad incluso ofrecía seminarios sobre “cómo estar de acuerdo con el pasado”.
Esta política de rememoración se ha extendido también hacia el exterior. El IMNU ha cooperado con Israel con el recuerdo de las víctimas del Holocausto, y con Instituto de Memoria Nacional de Polonia, país con el que Ucrania comparte el europeísmo y la oposición a Rusia. Sin embargo, la reinterpretación de la historia de Ucrania también entró en conflicto con la memoria de estos países, que han condenado la vinculación de algunos líderes nacionalistas ucranianos con el nazismo. Aunque el mayor crítico ha sido Rusia, que ha denunciado una “falsificación de la historia” y ha explotado la relación con la Alemania nazi en su propaganda como parte del conflicto actual.

Pese a los esfuerzos del IMNU, los ucranianos están divididos respecto a las medidas adoptadas. En abril de 2020 el 32% apoyaba la descomunización y un 34% la desaprobaba. El 26,3% se mostraba indiferente, dato que subía hasta el 34,5% entre los jóvenes. Además, los cambios han tenido más aceptación en el oeste del país que en este, más prorruso. En ese sentido, el Instituto puede ser un arma de doble filo que polarice aún más a la población sobre Rusia, una discrepancia que contribuyó al estallido de la guerra en 2014.
Del mundo ruso a la agresión rusa
El IMNU ha tratado de construir un relato en el que una nación oprimida lucha por su libertad. El recuerdo se adapta a las necesidades políticas porque no importa tanto su veracidad como construir una verdad que legitime al Estado ucraniano. No en vano sus principales ejes han sido la “Revolución de la Dignidad” y la “agresión rusa”, la primera por ser reciente y suponer un cambio de paradigma político, la segunda presentada como una constante histórica y la razón de la desdicha ucraniana. El recuerdo de la Segunda Guerra Mundial es más complicado, pues Ucrania no tiene nada más que ofrecer contra la memoria de la Unión Soviética que a sus guerrilleros colaboracionistas. Para evitar que Rusia acapare ese relato, el Instituto ha tratado de glorificar a quienes lucharon por la independencia de Ucrania durante esa época, pero sin mencionar sus vínculos nazis.
A pesar de la llegada de un nuevo director, no se espera ningún giro radical del IMNU. Antón Drobovich podrá moderar el tono del Instituto, pero no su contenido de fondo, que lleva años trazado. La guerra del Donbás y el conflicto con Rusia centran la agenda política, y el Gobierno ucraniano, del que depende el Instituto, seguirá marcando la línea según sus necesidades. Además, cualquier cambio perjudicaría aún más la credibilidad del IMNU. Si la población del este del país ya no aceptaba las medidas de Viatrovich, los ucranianos del oeste, más identificados con la nueva narrativa nacional, tampoco verían con buenos ojos una vuelta atrás.