Desde hace años se habla de las bondades del voto electrónico. Consumiría menos recursos físicos, aceleraría el recuento de votos, eliminaría la necesidad de desplazamiento y podría aumentar la participación si se salvasen las brechas tecnológicas. Sin embargo, este sistema está lejos de consolidarse. Según un análisis del International Institute for Democracy and Electoral Assistance (IDEA), solo el 14,6% de 188 países cuenta con voto electrónico nacional, el 8,4% a nivel regional y el 2,2% a nivel local. Excluyendo al 0,6% que no reporta datos, el 80,9% de los países no lo ha implantado. ¿Y qué lleva a tantos países a renunciar al voto electrónico? Las causas son tecnológicas y sociales.
Cualquier votación electrónica puede ser ciberatacada
El voto electrónico puede ser de varios tipos. Además de a través de internet, puede ser presencial mediante tarjetas perforadas o la selección en una pantalla, entre otras opciones. La mayoría de los países que lo ha implementado en alguna de sus formas están satisfechos con el balance. El investigador español Fernando García Mora, de la Universidad Oberta de Catalunya, publicó en junio de 2020 un estudio sobre el voto electrónico a nivel internacional. Entre los países que habían apostado por este sistema la satisfacción era alta: Bélgica, Brasil, Venezuela y Filipinas destacaban la automatización del recuento, mientras que Estonia señalaba la facilidad del voto de los emigrantes, Estados Unidos la agilidad del escrutinio e India la posibilidad de evitar fraudes electorales. Entre los países que sopesaban implantarlo, los alicientes también eran la automatización del voto y la participación de emigrantes.
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