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La llaman “ciberguerra fría”, “la nueva Guerra Mundial” o simplemente “ciberguerra”, pero el concepto es el mismo: una batalla que se está librando online y que entraña dos consecuencias distintas a la de la guerra tradicional. En primer lugar, los atacantes no son fácilmente identificables; en segundo, no hacen falta tantos recursos como en la guerra física, con lo que casi cualquier país puede hacer daño a otros.
La ciberguerra, por tanto, abre escenarios geopolíticos nuevos. Los países aliados en el terreno físico no tienen por qué serlo en el digital, con lo que sus presidentes pueden charlar amistosamente en una cumbre internacional mientras sus ciberejércitos luchan. Y esos ataques no generarán tensión política entre ellos, al menos no de manera pública. Este es un escenario en el que todos vigilan y atacan a todos, aunque nadie lo reconozca.
Los atacantes y los atacados
Se la llame como se la llame, la ciberguerra es una tendencia al alza. Privacy Affairs, un grupo privado de investigadores que analizan cuestiones de privacidad y robo de datos, lleva años recopilando información sobre ciberataques geopolíticos en todo el mundo. Sus cifras apuntan a que los ataques de este tipo se han multiplicado por diez en apenas ocho años. Con todo, señalar a los atacantes de la ciberguerra es complicado, ya que la ausencia de pruebas tácitas o de reconocimientos públicos hace que las cifras casi siempre sean más oficiosas que oficiales.
Privacy Affairs también intenta arrojar algo de luz en este sentido. En su informe de 2018 analiza los ataques geopolíticos con autoría conocida y, del lado de los atacantes, señala sobre todo a ciberpotencias como China, Rusia, Corea del Norte o Irán. Solo los dos primeros son responsables de más del 50% de los ataques. Las motivaciones son diversas: desde perturbar la seguridad nacional de un rival hasta influir en unas elecciones, pasando por robar criptomonedas o realizar ciberespionaje comercial.
Este informe demuestra ha...
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