Durante décadas, el dólar fue sinónimo de estabilidad. En las crisis de 2008 o 2020, el mundo se refugiaba en bonos del Tesoro, incluida China. Esa demanda masiva reducía los tipos de la deuda estadounidense y fortalecía al dólar, consolidando su papel como refugio financiero y sostén del orden monetario internacional. Sin embargo, Donald Trump empezó a quebrar esa lógica en el “Día de la Liberación”.
Cuando el presidente estadounidense anunció una nueva oleada de aranceles el pasado 2 de abril, incluyendo la escalada contra Pekín, ocurrió algo inédito: el dólar dejó de ser refugio. Los inversores huyeron de Estados Unidos, vendieron dólares, bonos y acciones. La moneda se debilitó y los tipos subieron. Por primera vez en décadas, el billete verde generó dudas en lugar de confianza. La posterior pausa arancelaria y las negociaciones con algunos países han dado cierto alivio a corto plazo, pero refuerzan la incertidumbre a medio plazo, justo lo que el dólar no puede permitirse como moneda refugio.
Para China, fue una nueva alarma sobre los riesgos del dólar. Pekín ya sabía que Estados Unidos puede usar su moneda como arma: las sanciones contra Irán, Venezuela y Rusia, y las expulsiones del sistema Swift lo habían demostrado. Desde 2022, tras las sanciones a Moscú, China aceleró la construcción de su escudo económico. Ahora no sólo se prepara para una guerra comercial, sino también para una financiera.
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