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El mar del Sudeste Asiático es una zona tan estratégica como riesgosa. Allí se cruzan los océanos Pacífico e Índico y se atraviesa el estrecho de Malaca, por donde circula el 80% del comercio marítimo global. Sin embargo, también es testigo de vertidos y pesca ilegal, contrabando y delincuencia internacional. Ese entramado ha sido perfecto para que los regímenes sancionados de Venezuela, Irán o Rusia usen cientos de buques viejos, más o menos el 10% de los petroleros del mundo, para vender crudo al mercado asiático.
Aunque en las aguas de Vietnam, Tailandia, Singapur y Malasia es casi imposible detener a los contrabandistas, no todo es falta de control. Se calcula que el 3% del petróleo consumido en el Sudeste Asiático se obtiene ilegalmente, con un valor de 10.000 millones de euros al año. India y China dominan las compras del petróleo ruso e iraní. Estados Unidos y sus aliados están al tanto: de hecho, la Agencia de Información de la Energía estadounidense detectó que Malasia, el nuevo centro de contrabando de petróleo de Irán y Rusia, le vendía más petróleo a China del que producía. Pero a nadie le interesa que esto cambie.
Sin compradores no habría mercado
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