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Si tu película favorita de cuando eras pequeño era Atlantis, estarás familiarizado con la leyenda de la Atlántida: la misteriosa ciudad perdida en las profundidades del mar. El entusiasta protagonista del filme, el cartógrafo Milo Thatch, personaliza la obsesión de algunos arqueólogos e historiadores por trazar los orígenes del continente sumergido. También de sus habitantes: una civilización longeva y tecnológicamente superior. El primer registro de su existencia está en dos diálogos de Platón en los que narra esta leyenda.
La mayoría de investigaciones se han centrado en trazar el origen de la leyenda o el territorio al que podía referirse. Desde las marismas de Doñana hasta el continente americano, lo cierto es que la Atlántida ha sido un gran material para la conspiración. Los nazis la buscaron para justificar su supuesta superioridad aria. Otros señalan en esas profundidades marinas los orígenes de la élite gobernante maquiavélica. Todos olvidan, sin embargo, el mensaje de fondo de la leyenda que contaba Platón: el hundimiento como castigo a la soberbia de la civilización atlante. Una lección que podemos aplicar a nuestra propia ceguera ante la crisis climática.
Nazis y teorías de la conspiración
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