Cuando Israel y Palestina casi firman la paz: el fiasco diplomático que explica la guerra en Gaza

Los Acuerdos de Oslo de 1993 fueron el mayor intento de conseguir la paz entre Israel y Palestina. Sin embargo, naufragaron por la oposición violenta en ambas partes y por no abordar los temas más polémicos. Ese fracaso propició el ascenso de Hamás y la imposición israelí en Gaza y Cisjordania.
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Cuando Israel y Palestina casi firman la paz: el fiasco diplomático que explica la guerra en Gaza
El primer ministro israelí, Isaac Rabin (i), el presidente estadounidense, Bill Clinton, y el de la OLP, Yasir Arafat (d). Fuente: Casa Blanca (Wikimedia Commons)

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“Israel ha triunfado absolutamente, ha realizado todas sus aspiraciones históricas y estratégicas merced a la política estadounidense: conquistó Palestina por la fuerza, desterró a sus habitantes y ahora obtiene, no sólo la aquiescencia, sino también su cooperación en el mantenimiento del Gobierno militar sobre el 20% de lo que queda del territorio del antiguo Mandato británico”. Así denunció el escritor palestino-americano Edward Said los Acuerdos de Oslo de 1993 como una rendición de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), pero las palabras aún son válidas.

Pasados treinta años desde que el primer ministro israelí Isaac Rabin y el presidente de la OLP Yasir Arafat estrecharon sus manos, el tiempo le ha dado la razón al autor de Orientalismo. Los asentamientos israelíes en Cisjordania no han parado de crecer y organizaciones de derechos humanos como Amnistía Internacional, Human Rights Watch o B’Tselem han calificado a Israel de Estado de apartheid. Entre los palestinos ha crecido la desesperanza, que aupó al islamismo extremista de Hamás en Gaza. Sus atentados del pasado octubre y el extremismo del Gobierno ultraderechista israelí propiciaron la guerra actual. 

La búsqueda de la paz

Los años noventa comenzaron como una auténtica “era del optimismo”. La Unión Soviética se disolvió de manera pacífica en 1991, poniendo fin a la Guerra Fría. En Estados Unidos, la “tercera vía” juvenil de Bill Clinton derrotaba a la derecha envejecida de George H. W. Bush. En 1994, Sudáfrica celebró elecciones democráticas después de décadas de apartheid. Y Oriente Próximo no era ajeno a esta tendencia. La derrota de Irak en la guerra del Golfo colocaba a Estados Unidos como gran poder global. Por su parte, la primera intifada palestina, activa desde 1987, puso contra las cuerdas al Ejército israelí, por lo que los laboristas en Israel hicieron hincapié en hacer la paz tras volver al poder en 1992 después de quince años.

En este ambiente se fraguaron los Acuerdos de Oslo. Bush ya había convocado una conferencia para resolver el problema entre Israel y Palestina en Madrid en 1991. A partir de aquel encuentro, el Gobierno israelí y la OLP comenzaron una serie de conversaciones secretas en Oslo con mediación de Noruega. La situación internacional también favorecía el acercamiento. La OLP se había visto privada del dinero de las petromonarquías árabes tras haber apoyado a Sadam Huseín en la guerra del Golfo. Igualmente, Bush padre presionó a Israel congelando los préstamos estadounidenses para zanjar un conflicto ya enquistado.

Las conversaciones en Oslo no fueron las primeras negociaciones de paz entre Israel y Palestina, ni las últimas. No obstante, llegaron más lejos gracias a la participación activa de sus dirigentes, así como a la presión estadounidense, en una era ya unipolar, para que se sentaran a la mesa. Finalmente, Rabin y Arafat se reunieron en la Casa Blanca con Bill Clinton de anfitrión en septiembre de 1993. Su estrechamiento de manos les valió el Nobel de la Paz, en lo que a ojos del mundo parecía el fin de las hostilidades. 

Fruto de ello salieron los acuerdos Oslo I (1993) y II (1995), entre otros. La premisa era que la OLP reconocía el derecho a existir del estado de Israel a cambio de que Israel se comprometiera a ceder parte de los territorios ocupados en 1967. Los acuerdos preveían la retirada y/o redespliegue del Ejército israelí de Gaza y Cisjordania, la transferencia a la recién creada Autoridad Nacional Palestina (ANP), liderada por la OLP, de materias como educación, sanidad o hacienda, o la creación de una policía palestina. Además, las partes tendrían cinco años para discutir los asuntos más delicados, como el estatus de Jerusalén, los asentamientos israelíes o el retorno de los refugiados palestinos.

De la esperanza al fracaso violento

Las esperanzas en los Acuerdos de Oslo eran muy altas entre la opinión pública palestina, pero no todos lo veían así. La oposición extremista en ambas comunidades fue una gran razón de su fracaso. Las facciones más radicales de la OLP acusaron a Arafat de abandonar sus principios con tal de aferrarse al poder, mientras que para los islamistas de Hamás y la Yihad Islámica Palestina era inconcebible cualquier trato con Israel. Por otro lado, los partidos israelíes más conservadores, como el Likud, consideraron los acuerdos una cesión intolerable a los palestinos.

El ambiente era tenso y no tardó en estallar. En 1994, un extremista israelí abrió fuego en la mezquita de Hebrón y mató a veintinueve fieles. Como respuesta, Hamás desató una oleada de atentados suicidas. Ya en 1995, un ultranacionalista judío asesinó a Rabin después de que diera un discurso defendiendo los acuerdos. El asesino alegaría que el primer ministro había entregado “su tierra y su pueblo a los enemigos”.

Aquello fue el principio del fin del espíritu de Oslo. Benjamín Netanyahu, del Likud y actual primer ministro, ganó las elecciones de 1996 con un mensaje de crítica a los acuerdos. Pese a que una vez en el Gobierno no los denunció, en 2010 se filtró un vídeo en el que se jactaba de haber engañado a Estados Unidos para frenar el proceso de Oslo. La postura sigue vigente en su Gobierno: uno de los instigadores intelectuales del asesinato de Rabin, Itamar Ben Gvir, es el ministro de Seguridad Nacional.

Israel terminó imponiéndose

El otro gran motivo del fracaso de los Acuerdos de Oslo es que estaban llenos de ideas genéricas que no se llevaron a la práctica. El entonces jefe del Estado Mayor israelí, Ehud Barak, aseguraba que tenían “más agujeros que un queso suizo”. Los acuerdos eran mudos respecto a las tres principales preocupaciones palestinas: la colonización de Cisjordania, el estatus de Jerusalén y el derecho a retornar de los refugiados, que además eran uno de los principales soportes de la resistencia.

Asimismo, los textos y su puesta en práctica se decantaron a favor de Israel. Cisjordania quedó dividida en tres zonas. La zona A sería gobernada por la ANP. En la zona B se establecía un condominio con la ANP a cargo de los asuntos civiles y el Ejército israelí de la seguridad. Por último, la zona C, más del 60% del territorio, quedaría bajo control israelí. No eran las bases para un Estado palestino viable, sino lo contrario. 

Los Acuerdos de Oslo hicieron inviable cualquier partición entre Israel y Palestina. En Cisjordania aumentó la colonización israelí. Cualquier intento de construir un Estado palestino contiguo chocaría con los asentamientos ilegales israelíes que separan las zonas palestinas con muros y controles militares. En la actualidad, Cisjordania es un protectorado israelí donde la ANP ha quedado relegada al papel de marioneta. Buena parte de la población vive en guetos, y las fuerzas israelíes la reprimen y les niega sus derechos.

Por su parte, la mayor parte de la Franja de Gaza terminó bajo control civil palestino y militar israelí. Después de las elecciones palestinas de 2006, la población gazatí quedó enclaustrada entre el control de Hamás, impulsado por Israel para dividir el movimiento palestino, y el propio asedio israelí. Los Acuerdos de Oslo se convirtieron así en una trampa israelí para desarmar a la OLP y profundizar la ocupación. Hamás, que siempre los rechazó, pasó a liderar la resistencia palestina, hasta el punto de cometer los atentados del pasado octubre que dejaron 1.200 muertos. La respuesta israelí sobre Gaza, que ha dejado más de 33.000, es sólo el capítulo más reciente de esta historia.

Paco Valbuena

Murcia (1992). Graduado en Historia por la Universidad de Murcia. Actualmente, opositando para profesor de Secundaria. Hablo con fluidez inglés, francés, e italiano. Interesado en historia contemporánea, economía social y conflictos bélicos.