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“Netanyahu tiene que irse ahora y no tras la guerra”. El periódico progresista israelí Haaretz fue rotundo el pasado 8 de octubre tras el ataque de Hamás. En otro editorial a los dos días acusó al primer ministro de ser “el único responsable del desastre”. Avichai Brodetz también lo tenía claro. Una semana después de la masacre que dejaba cientos de muertos, se plantó con una silla delante del cuartel militar en Tel Aviv. Hamás había secuestrado a su esposa y sus tres hijos. A las pocas horas llegaron otros familiares de rehenes a la protesta improvisada, donde hubo gritos de “Gobierno criminal” y “Netanyahu a prisión”.
Si Netanyahu ya estaba cuestionado por la reforma judicial, ahora su popularidad está por los suelos. Aunque están lejos de ser mayoría, miles de manifestantes israelíes han pedido su dimisión por la gestión de la crisis de los rehenes. Mientras tanto, las declaraciones incendiarias de sus socios ultraderechistas evidencian la división en el Gobierno. Con los precedentes de Golda Meir en 1974 y Ehud Ólmert en 2008, Netanyahu no sería el primer mandatario israelí que cae por un fracaso estrepitoso en materia de seguridad.
Una crisis mal gestionada
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