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Victoria’s Secret fue concebida en 1977 como una marca para que los hombres se sintieran cómodos comprando lencería. Con esa visión dominó el sector durante décadas como firma referente. La popularidad de la empresa y de su producto estrella, el sujetador, traspasaba fronteras. Su desfile anual era un evento televisivo en Estados Unidos, a su tienda en la Quinta Avenida peregrinaban turistas y sus sujetadores tenían asociado el valor de rito de paso entre las adolescentes que podían permitírselo.
Sin embargo, la era pos #MeToo está dejando todo eso en el pasado. La compañía encadena menos ventas, la cancelación de su desfile en 2019 y problemas mayores. Desde la sexualización como estrategia publicitaria hasta la carta de más de cien modelos exigiendo protección frente a abusos sexuales. El señalamiento de fotógrafos por presiones y por agresiones de este tipo, o el vínculo entre su presidente de honor, Leslie Wexner, con Jeffrey Epstein, el magnate condenado por dirigir una red de explotación sexual de menores. Victoria’s Secret lleva años embarcada en una estrategia para restaurar su imagen, pero no ha sido fácil.
Lencería que guste a los hombres
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