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Un enorme panel de la estación central de trenes de Kiev muestra las decenas de salidas y llegadas que se producirán en las próximas horas. La misma imagen se repite en otras ciudades como Járkov o Lviv. Es el reflejo de la buena salud del sistema ferroviario ucraniano en plena guerra. Los trenes, después del Ejército, han permitido seguir funcionando al país desde que empezó la invasión rusa en febrero de 2022.
No ha sido fácil. De casi 22.000 kilómetros que tiene la red ferroviaria ucraniana —la tercera más extensa de Europa solo por detrás de Alemania y Francia—, unos 6.000 kilómetros han sido dañados. Pese a ello, los trenes han llevado a cerca de cuatro millones de refugiados a las fronteras del país, han suplido el bloqueo marítimo exportando toneladas de bienes y han movido tropas y equipo militar por toda Ucrania hacia el frente. En un guiño al avión presidencial estadounidense, la locomotora que llevó a Kiev a Joe Biden fue bautizada como Rail Force One. Y con la llegada de más líderes internacionales, desde Ursula von der Leyen hasta Pedro Sánchez, los trenes pasaron a ser llamados la “diplomacia de hierro” ucraniana.
La envenenada herencia soviética
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