Torre Pacheco, o cómo las “cacerías de inmigrantes” se han extendido a nivel internacional

La violencia racista y xenófoba en la ciudad murciana de Torre Pacheco no es un caso aislado. En Europa y Estados Unidos hay grupos ultraderechistas y autoridades que han promovido la detención, agresiones y expulsión contra migrantes y residentes de origen extranjero
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Torre Pacheco, o cómo las “cacerías de inmigrantes” se han extendido a nivel internacional
Un agente fronterizo de Estados Unidos detiene a migrantes que habían cruzado la frontera en El Paso (Texas) en marzo de 2019. Fuente: Mani Albrecht/CBP (Archivos Nacionales y Administración de Documentos)

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Una paliza a un vecino sexagenario el pasado miércoles 9 de julio por parte de jóvenes de origen marroquí en el municipio español de Torre Pacheco (Murcia) ha dado pie a una “caza de inmigrantes”, varios enfrentamientos y detenciones. Desde el viernes, simpatizantes de ultraderecha provenientes de fuera del municipio e instados por movimientos ultra como Deport Them Now (‘Deportadlos Ahora’) han usado bates y palos para intimidar y atacar a la población de origen magrebí y algunos establecimientos. Ante esta violencia, grupos de jóvenes magrebíes de segunda generación se han enfrentado con estos ultras.

Torre Pacheco cuenta con un 30% de vecinos de origen inmigrante, según el alcalde, una comunidad atraída por el trabajo en el campo. Más allá de esa particularidad, este caso es el más reciente de un fenómeno presente en Europa desde hace al menos una década. Ya en 2016, un informe de la Comisión de Migración, Refugiados y Personas Desplazadas de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa advertía del aumento de la violencia contra inmigrantes en el continente. También es una realidad en Estados Unidos. El aumento de la inmigración, el auge de la ultraderecha y la propagación de los discursos de odio han aupado a grupos y redes que se dedican a perseguir, intimidar y agredir a estas personas.

Pretextos para “cazar inmigrantes”

Las agresiones o “cacerías” contra inmigrantes han tenido varios detonantes. Uno de ellos son casos de violencia o crímenes que llevan a algunos ciudadanos a tomarse la justicia por su mano. Esto conlleva desde la difusión de mensajes racistas y xenófobos hasta las agresiones contra personas concretas o toda una comunidad. Fue lo ocurrido en Torre Pacheco, o también en Italia el pasado marzo. En este caso, un grupo denominado Artículo 52 agredió a un joven migrante al que acusaban de haber robado un collar. 

Otro detonante son los bulos, difundidos en redes sociales por simpatizantes y agitadores de ultraderecha. Por ejemplo, en verano de 2023, algunos residentes en la provincia de Evros, en Grecia, consideraron a los inmigrantes como los culpables de varios incendios y se organizaron para “cazarlos”. Las investigaciones posteriores, sin embargo, evidenciaron que la causa había sido un rayo. Asimismo, un bulo provocó las protestas antiinmigración del pasado verano en el Reino Unido. Se difundió entonces que el responsable de un caso de asesinato de tres niñas había sido un solicitante de asilo, cuando había sido un joven nacido en Gales. Sin embargo, la desinformación propició disturbios de grupos de ultraderecha en varias ciudades.

Sean por detonantes verdaderos o falsos, las agresiones y “cacerías” a inmigrantes también están vinculadas con políticas como el control de las fronteras, en colaboración o no con las autoridades. En Estados Unidos, el grupo Voluntarios Fronterizos de Texas rastrea a las personas que, tras pasar la frontera con México, acaban cruzando ranchos privados. Cuando algún voluntario encuentra a un migrante, llama a la Patrulla Fronteriza para su detención, en procesos donde muchos acaban heridos o incluso muertos.

En Polonia, el Movimiento de Defensa de las Fronteras patrulla los bosques en busca de inmigrantes indocumentados. No hay pruebas de agresiones, pero sus controles se consideran ilegales y han servido como herramienta de presión. La tensión migratoria ha llevado recientemente al Gobierno polaco a instalar controles fronterizos con Alemania y Lituania. Bajo el mismo argumento, las autoridades que vigilan la frontera entre Francia e Italia han sido acusadas de llevar a cabo controles y arrestos a personas racializadas que hacen imposible la estancia o el tránsito de inmigrantes indocumentados por territorio francés.

Incluso hay cacerías de inmigrantes incitadas por las autoridades. Es lo que está sucediendo en Estados Unidos con las redadas masivas llevadas a cabo por el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) por orden del presidente Donald Trump. De forma similar, la Policía de Hungría promovió en 2016 el reclutamiento de más de 3.000 “cazadores de fronteras” para vigilar y proteger los pasos fronterizos.

Los retos de quienes llegan

El trasfondo de las “cacerías de inmigrantes” ha sido la expansión de los discursos de odio promovidos desde la ultraderecha a raíz del aumento de la inmigración. Tanto partidos como simpatizantes de estas formaciones vinculan la migración en general o en sentido amplio a la delincuencia. Al deshumanizar a los migrantes, promueven la idea de que llegan al país para beneficiarse de las ayudas públicas sin aportar a la economía y fomentar la inseguridad, para así promover y generalizar el rechazo hacia estas comunidades.

Sin embargo, diversos estudios recopilados en un artículo de la Journal of Economic Perspectives muestran que la inmigración no aumenta de por sí las tasas de criminalidad. En España, por ejemplo, la criminalidad (que abarca distintas infracciones penales) se mantiene constante e incluso en descenso desde 2011, mientras que la población de origen extranjero ha aumentado hasta un 40% desde 2018. Aunque haya delitos más vinculados a la población extranjera o correlacionados con tasas de inmigración, la condición de inmigrante no es la causa de los crímenes que puedan cometer. En cambio, suele ser un factor de la vulnerabilidad socioeconómica que acerca a la delincuencia a estas personas o a ciudadanos nacionales.

Por tanto, los retos son tanto para los inmigrantes como para los Estados que los reciben, comenzando por la integración. Para ello, aprender el idioma, encontrar trabajo y tejer relaciones con gente local facilita este proceso y reduce su vulnerabilidad, y con ello potenciales problemas para el resto de la sociedad. Por ejemplo, los inmigrantes hispanoamericanos en España no tienen la barrera del idioma, a diferencia de los procedentes de África, Asia o Europa del Este. Sin embargo, el racismo, la xenofobia o la aporofobia en general aumentan las posibilidades de exclusión social. Esta exclusión, por razones sociales o económicas, fomenta una caída en la delincuencia que se usa para generalizar a las distintas comunidades inmigrantes.

Nerea Seijas

Madrid, 2003. Cursando el doble grado de Estudios Internacionales y Economía en la UC3M. Interesada en la geopolítica y sus efectos sociales.

5 comentarios

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    JOSE IBAÑEZ GONZALEZ

    Buenas, llevo escuchando toda la semana desde diferentes medios periodísticos que Torre Pacheco es un pueblo. En España, las poblaciones de más de diez mil habitantes se consideran ciudades, por lo que hay que ser críticos y serios con lo que se escribe en los diferentes artículos. Por lo tanto, me parece fuera de lugar llamar a una ciudad de más de 40000 habitantes, pueblo murciano. Un saludo.

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      José Manuel Cuevas

      Hola, Jose. Toda la razón. Gracias y un saludo.

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    José Luis Sallent Font

    ¿Qué estudios concretos demuestran que el aumento de la población extranjera no influye en las tasas de criminalidad? ¿De qué tipo de criminalidad hablamos? Las estadísticas pueden interpretarse de múltiples maneras, pero banalizar un asunto tan delicado con afirmaciones simplistas como las que leo en este artículo («…diversos estudios muestran que los inmigrantes, en general o irregulares, no aumentan las tasas de criminalidad») no contribuye a un debate serio ni riguroso.

    Si acudimos a los datos oficiales, vemos que ciertos delitos están en aumento y que una proporción significativa de ellos está vinculada a población extranjera. A modo de ejemplo: a nivel nacional, las agresiones sexuales han crecido en torno al 150 % entre 2010 y 2023 (aproximadamente un 7 % anual). En ciudades con fuerte presencia inmigrante, como Barcelona, ese incremento alcanza el 184 % (cerca de un 8 % anual).

    Esto no implica adoptar una postura contraria a la inmigración. Todo lo contrario: creo en sus beneficios cuando es gestionada de manera ordenada e inclusiva, y cuando quienes llegan están dispuestos a convivir respetando la cultura local (lo cual no implica, por supuesto, una adhesión religiosa).

    Lo que no creo que sea serio es afirmar que ahora las cosas se están haciendo bien y que no tenemos ningún problema asociado a la inmigración descontrolada. Negar la existencia de desafíos no los resuelve. Al contrario, dificulta el diseño de soluciones eficaces y sostenibles para una convivencia equilibrada.

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      José Manuel Cuevas

      Hola, José Luis. Muchas gracias por el apunte. El artículo se centra en el alcance de las «cacerías de inmigrantes», pero ya está aclarado lo que comentas. En todo caso, se trata más de párrafos de contexto que de profundizar en el debate; en ningún caso una banalización. Un saludo.

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    Matías González

    Como lector habitual de este medio, me entristece profundamente ver cómo un tema tan delicado y complejo como la convivencia entre comunidades se aborda con un enfoque tan parcial y simplista. Coincido plenamente en que las “cacerías de inmigrantes”, la violencia racista y las generalizaciones contra colectivos enteros son inaceptables y deben ser condenadas sin matices. La inmensa mayoría de personas migrantes viven, trabajan y conviven en paz, aportando a nuestras sociedades de forma ejemplar.
    Sin embargo, el artículo falla al no profundizar en las causas reales del malestar social que se está viviendo en lugares como Torre Pacheco. Atribuirlo únicamente al auge de la ultraderecha o a discursos de odio es una lectura incompleta. Ignorar que existen pequeños grupos de inmigrantes conflictivos que protagonizan actos delictivos y generan miedo en la población local es, en el mejor de los casos, ingenuo; y en el peor, desinformación.
    No se puede combatir el racismo con negacionismo. Invisibilizar los problemas reales que afectan a los barrios y municipios donde la convivencia se ha deteriorado solo alimenta la frustración ciudadana y da alas precisamente a los discursos que este artículo pretende combatir. La solución pasa por un periodismo riguroso, que no tenga miedo de señalar los problemas concretos sin caer en generalizaciones ni estigmatizaciones.
    Invito al equipo editorial a revisar con más profundidad los enfoques de este tipo de contenidos. La lucha contra la xenofobia no puede hacerse a costa de la verdad ni del sentido común

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