Política y Sociedad América del Norte

Todo es wrestling: la política estadounidense en clave de lucha libre

Todo es wrestling: la política estadounidense en clave de lucha libre
Fuente: elaboración del autor.

Denostada por ser considerada una disciplina infantil, la lucha libre se ha convertido en una de las plataformas políticas más fructíferas de las últimas décadas en Estados Unidos. Desde Donald Trump a Jesse Ventura, diversas personalidades se han abierto paso a golpe de voto sirviéndose de la popularidad que ganaron entre las mallas y lonas que también vieron triunfar a Abraham Lincoln.

La última semana de marzo de 2020 corre vertiginosa. Brock Lesnar, reconocido luchador de artes marciales mixtas y campeón de la WWE, se enfrenta en una encarnizada batalla de lucha libre al aspirante escocés Drew McNtyre, que tuvo que vencer a otros veintinueve hombres para ganarse la oportunidad. La WWE, además de cotizar en bolsa, es la empresa más importante del mundo del wrestling, una disciplina con origen en peleas legítimas y en el circo, pero que ha evolucionado al más puro entretenimiento deportivo, gracias a la organización de espectáculos con peleas guionizadas, que no falsas. Nombres como Dwayne The Rock Johnson, Dave Bautista o John Cena hoy son conocidos gracias a ella.

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El combate se graba el jueves 26 de marzo. Es el colofón a WrestleMania, el gran evento del año, y se transmite el domingo 5 de abril en horario de máxima audiencia para 1,4 millones de suscriptores en todo el mundo previo pago de 9,99 dólares. A diferencia de los años anteriores, cuando más de 75.000 personas asistían al evento, en 2020 no hay nadie alrededor del ring. El aficionado solo ve en su pantalla a un par de comentaristas y un equipo de cámaras además de los gladiadores. Fuera del recinto, un centro deportivo de alto rendimiento que alberga una especie de realidad paralela a las afueras de Orlando, en el estado de Florida, la población nada en la incertidumbre provocada por la covid-19.

El recientemente elegido gobernador republicano, Ron DeSantis, afronta las primeras muertes en su territorio y, junto a su equipo, estudia extender a todo el estado el confinamiento que ha ejecutado condado a condado. El 1 de abril ya no hay vuelta atrás: Florida cede a la presión federal y emite una orden de confinamiento. ¿Total? No, pues se declara que seguirán en marcha determinadas “actividades esenciales”, competencia de los condados. Así, en Orange County, donde graba la WWE, la lista incluye hospitales, farmacias, supermercados, restaurantes de comida para llevar…, y eventos de lucha libre. Pero la disciplina no estaba en el borrador inicial del documento. Según asociaciones de observación democrática como Accountable, su inclusión obedece al “interés” del gobernador DeSantis en mantener contento al presidente Donald Trump y a su buen amigo, CEO de la WWE y hombre clave en la relación entre la política estadounidense y la lucha libre, Vince McMahon.

Los McMahon, la familia que le da sentido a todo

El apellido McMahon lo articula todo entre el ring y las campañas políticas. Vince es el marido y principal donante de las campañas políticas de Linda McMahon, jefa entre 2016 y 2020 de la Administración de Pequeños Negocios del Gobierno de Trump, un ministerio de la pyme en Estados Unidos. Linda había intentado ser senadora en tres ocasiones y gobernadora de Connecticut otra más, pero no tuvo éxito, y la llegada de Trump a la Casa Blanca la hizo por fin servidora pública. Los McMahon han aportado 15,1 millones de dólares en donaciones al Partido Republicano desde 1990, tanto a título personal como a través de la WWE. El ciclo del dinero entre los apellidos McMahon y Trump, eso sí, se remonta hasta casi la década de los ochenta, en pleno auge de la lucha libre, cuando la cantante Cindy Lauper y el boxeador Muhammad Ali eran habituales en los programas especiales de la WWE. Trump, que solía aparecer allí como invitado de lujo, aportaba una media de 5.000 dólares para las primeras campañas de Linda.

De hecho, desde hace ya tres décadas, McMahon suele obligar por contrato a sus luchadores a no pronunciarse sobre política ni apoyar en público a los candidatos presidenciales, salvo que sean del Partido Republicano. Durante el pico de popularidad de la lucha libre en Estados Unidos y el mundo, a finales de los noventa, McMahon utilizó a sus estrellas para hacer campaña. La aparición más llamativa fue la de Dwayne The Rock Johnson en la Convención Republicana del 2000. Sin embargo, con su posterior popularidad como actor a partir de 2003, Johnson ha evitado relacionarse con el Partido Republicano, e incluso apoyó públicamente a los demócratas Joe Biden y Kamala Harris durante las elecciones de 2020. También se ha afirmado que el Partido Demócrata le ha incluido en sus listas de tanteo para algún tipo de candidatura. A pesar de que en 2017 habló de una intención de presentarse a las elecciones, The Rock no había vuelto a pronunciarse hasta este mismo año. Durante las entrevistas promocionales de su nueva serie, el luchador explicó que «si la gente lo pedía, él sería todo oídos» respecto a su posible candidatura presidencial.

Además de los lazos económicos entre política y lucha libre, también ha habido apoyos públicos fuertes. En el Salón de la Fama de la WWE, una especie de club de honores de las personalidades más importantes del wrestling estadounidense, solo hay hueco para un presidente de Estados Unidos: Donald Trump. El expresidente ostenta el anillo de miembro desde 2013, en su plena escalada de popularidad, pero sus apariciones sobre el ring venían de mucho antes. En 2007 protagonizó la Batalla de los Billonarios, en la que acabó rapándole la cabeza a Vince McMahon delante de casi 80.000 espectadores en Detroit. Además de apariciones puntuales como estrella invitada en el programa semanal de la compañía, Trump firmó su particular pacto de lealtad con la familia McMahon cuando cedió su casino de Las Vegas para que la WWE organizara en 1989 la WrestleMania, su evento anual más importante y en el que la ciudad elegida puede percibir 175 millones de dólares de impacto económico. En esa relación de interdependencia, la WWE y el sello Trump, Vince y Donald, se han apoyado desde hace más de treinta años cuando más lo han necesitado.

Abraham Lincoln: presidente y luchador

Los nexos entre el cuadrilátero y la urna van más allá de los negocios entre dos hombres “ambiciosos” y “ególatras”, como algunos exempleados han definido a ambos empresarios. El binomio Trump-McMahon es solo la última gran conexión de una historia que se remite a la abolición de la esclavitud y el crecimiento de la lucha libre en Estados Unidos como espectáculo de masas itinerante en la segunda mitad del siglo XIX.

Como parte del Salón de la Fama de la WWE, Trump también intenta replicar otro hecho aún más curioso. Entre los miembros del Salón de la Fama de la Lucha Libre Profesional, entidad sin ánimo de lucro y ajena a McMahon, está nada menos que Abraham Lincoln. El decimosexto presidente de Estados Unidos fue luchador en su juventud y se ganó el reconocimiento en 1992 después de una extensa investigación histórica de la organización. En la campaña que le llevaría a ser elegido en 1860, uno de los eslóganes más usados por sus partidarios fueMan of the people (‘Hombre del pueblo’), que había heredado de su época como luchador y que tiene un origen en el que se mezclan historia y mito. 

Según explica el historiador David Herbert Donald en Lincoln, biografía de referencia, la primera gran hazaña pública del futuro presidente fue enfrentarse a una banda de rufianes locales del estado de Illinois, los Clary’s Grove Boys, que atemorizaban a quien se interpusiese en su camino criminal. Lincoln, que había ganado cierta fama como luchador itinerante, protagonizó una pelea legítima y pública contra miembros de la banda, y su victoria se tradujo en paz social. Si bien hay historiadores que sostienen que el hecho habría sido un primer acto de campaña, no deja de ser otro vínculo entre política y wrestling a través de un concepto clave: la suspensión de la incredulidad.

La expresión la acuñó el poeta inglés Samuel Taylor Coleridge en 1817, y se refiere a las narraciones que despiertan “el suficiente interés humano como para lograr momentáneamente […] la fe poética”. Aplicada a las representaciones teatrales o deportivas, como la lucha libre, se trata de llevar la catarsis hasta sus últimas consecuencias: el espectador desactiva su sentido crítico y decide juzgar a los personajes como si él mismo formara parte de su narrativa. Las reglas dejan de depender de la realidad y pasan a hacerlo de la ficción. En el wrestling es fácil: los luchadores se dividen entre buenos y malos según las tácticas que empleen para ganar, algo que se manifiesta tanto a través de peleas físicas como de discursos encendidos contra el rival. La misma ilusión de fe se da ante una obra de Shakespeare, un combate de lucha libre o incluso uno de los mítines de Trump, en los se han podido oír descalificaciones directas a sus rivales políticos. 

La investigadora del Massachusetts Institute of Technology Sharon Mazer analizó la campaña de 2016 comparándola con la lucha libre. Para Mazer, la relación de la política con el wrestling se basa en la exageración: “El personalismo está por encima de los valores. Ambas disciplinas […] están llenas de reglas no escritas que solo conocen los que están versados en ellas, por eso las peleas nunca son justas”. Quien asiste a un espectáculo de lucha libre, al igual que quien escucha un mitin de Trump, es consciente de que las reglas dependen de la ficción que se plantea en el evento. Así como los aficionados al wrestling saben que los luchadores han ensayado el combate y en realidad no se odian, a los adeptos de Trump no les importa si los insultos se justifican o no, ni que se contrasten las afirmaciones. “Ambos están allí por puro entretenimiento”, remata Mazer.

Para la investigadora, ese “juego brutal” entre emisor y receptor es evidente a la luz de la trayectoria de Trump. El entonces candidato demostró ser capaz de conectar con una audiencia que se declaraba “apolítica” o, al menos, no era políticamente activa o no se movilizaba en masa hasta entonces. No se trataría tanto de establecer un ideario político tradicional, sino de un calculado ascenso al poder ajeno a cualquier otro ideal. Lincoln también fue a su modo un icono del populismo: utilizó los mismos eslóganes para la lucha libre que en su campaña presidencial, eslóganes que no hacían alusión a medidas concretas. Aunque quien llevó las campañas personalistas al límite fue Antonio Inoki, el luchador más famoso de la historia de Japón, que llegó a ser diputado por un partido que defendía “la paz y el deporte”.

Inoki es el fundador de New Japan Pro-Wrestling —la empresa más importante de lucha libre de Japón, que cada vez tiene más calado en Occidente— y ha construido su carrera política en torno a grandes actos de conciliación más que con una agenda política concreta. En pleno estallido de la guerra del Golfo, en otoño de 1990, Inoki se reunió en Irak con Sadam Huseín a título individual para negociar la liberación de cientos de ciudadanos japoneses retenidos en el país. No solo lo consiguió, sino que recibió dos sables dorados de manos del dictador iraquí. Inoki también lanzó iniciativas diplomáticas con Corea del Norte. Después de intentarlo desde la lucha libre con varias veladas “por la paz” en los noventa, viajó sin autorización al país en 2013 para verse con el director del Departamento Internacional del Partido de los Trabajadores de Corea, Kim Yong-il, con quien habló sobre nuevos tratados de paz.

Inoki fue diputado entre 1989 y 1995, repitió entre 2013 y 2019 y ahora vive retirado. Todavía es considerado como uno de los deportistas más influyentes en la historia política reciente de Japón. Sus éxitos se basaron en maniobras personalistas y populistas, con una gran masa de electores detrás, pero no llegó a conseguir puestos de importancia. Mientras, en Estados Unidos ha habido otros wrestlers aspirantes a políticos. Después de intentonas como la de Jerry The King Lawler, que se presentó a alcalde de Memphis en 1987 y 1999 sin éxito, el pionero en conseguir una victoria en las urnas y la codiciada autoridad ejecutiva fue Jesse The Body Ventura.

“¡Mi gobernador puede patearle el trasero al tuyo!”

La carrera en la lucha libre de James George Janos, nombre fuera del cuadrilátero de Ventura, comenzó a mediados de los años setenta bajo un lema clarividente: “Gana si puedes, pierde si debes, ¡pero haz trampa siempre!”. Después de trabajar para Vince McMahon durante años e intercalar su faceta como luchador con la de guardaespaldas de artistas como The Rolling Stones, Ventura decidió aprovecharse de la popularidad que le había dado la WWE (entonces WWF) y su aparición en películas como Depredador (1987) para lanzar su carrera política.

Ventura se convirtió en alcalde de Brooklyn Park, Minesota, en 1990, tras derrotar a un candidato que llevaba veinticinco años en el cargo. Durante los tanteos para las primarias en 1995, Ventura fue rechazado por los dos partidos mayoritarios, Republicano y Demócrata, y decidió presentarse, ya en 1998, a gobernador por el Partido de la Independencia. Esta formación local, que no defiende la libre determinación de Minesota a pesar de su nombre, vio en Ventura una oportunidad de defender su proyecto de reformas de “centro radical”. El otrora luchador salió elegido el 3 de noviembre contra todo pronóstico, después de haber hecho propaganda por internet y cobrarse favores con McMahon, reapareciendo en sus rings como comentarista invitado. La popularidad de Ventura aumentó y se materializó en otro eslogan que se haría popular: “Mi gobernador puede patearle el trasero al tuyo”.

Su victoria significó el triunfo del wrestling como plataforma política en Estados Unidos y que en Minesota se plantearan medidas hasta entonces impensables: Ventura se posicionó a favor del matrimonio homosexual y de legalizar drogas recreativas, e incluso intentó estrechar lazos con Cuba criticando el embargo del Gobierno federal estadounidense. Sin embargo, el mayor legado de Ventura como gobernador fue manejar el superávit de impuestos y devolverlo al bolsillo de los contribuyentes.

Cuando Donald Trump se hizo con las llaves de la Casa Blanca en 2016, muchas miradas se giraron hacia Ventura como el gran antecesor de la relación entre la lucha libre y el poder. Ventura, que llegó a organizar una recepción oficial para Trump cuando todavía era gobernador, se arrepintió después de aquellas reuniones en las que había dado consejo político al futuro presidente. “Ventura es pintoresco, pero no un corrupto”, declararon sus antiguos asesores a The Economist. Unos años antes, en la ceremonia de entrada de Trump en el Salón de la Fama de la WWE, Ventura había sido más explícito: “Necesitamos un wrestler en la Casa Blanca”.

Aunque la lucha libre se vea en ocasiones con desprecio dentro y fuera de Estados Unidos, desde hace más de tres décadas ha demostrado ser un trampolín para el ascenso político. Si bien hay lazos estrechos con un Partido Republicano que ha sido el usual beneficiado, muchos análisis del fenómeno han obviado parte del trasfondo: el papel clave del populismo, que usaron Lincoln o Inoki, y que con Trump partió al país en dos.

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