En una época en la que todos pelean por ser los mejores ya no hay sitio para jugadores como Ronaldinho. El portoalegrense, pegado a la banda izquierda, aunque con libertad para moverse por todo el campo, era otra cosa. Más que ganar, a Ronaldinho le gustaba jugar. El talento siempre antes que el entrenamiento. El espectáculo por encima de la efectividad. El regate y el baile imponiéndose al rigor y la táctica.
Sin embargo, lo bello suele ser por naturaleza efímero, y esa anarquía tan propia del brasilero llevó a un final precipitado de su carrera en la élite futbolística. Tras aquellos maravillosos años en el Fútbol Club Barcelona, vinieron Milán, Flamengo, Atlético Mineiro, Querétaro y por último un decepcionante final en Fluminense.
La magia se había acabado y solo entonces comenzó Ronaldinho a buscar aquel orden y disciplina que nunca había tenido. No olvidemos que, además de títulos, aquellos regates también habían hecho de Ronie una persona inmensamente rica, y en Brasil el orden y la seguridad de los ricos se llama Jair Bolsonaro. El encuentro entre los dos personajes tuvo lugar a mediados de diciembre de 2017; concretamente, Ronaldinho se reunió con el exárbitro Gutemberg Fonseca, por aquel entonces vicepresidente de la formación que amparaba a Bolsonaro, y se hizo con él varias fotografías sujetando sonriente un libro de Bolsonaro.
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