El populismo es un concepto político que proclama la supremacía de la voluntad popular sobre las instituciones y aboga por una relación directa entre el pueblo y sus líderes. Es un término controvertido, pues ha sido concebido como ideología, estilo retórico o movimiento político. En cualquier caso, el discurso populista enfrenta a un pueblo homogéneo, encarnado en la figura de su líder, con una élite que considera corrupta, y sus movimientos ofrecen soluciones simples a problemas complejos.
Origen en las clases medias rurales
Las primeras manifestaciones del populismo se desarrollaron en las zonas rurales de Estados Unidos y Rusia a finales del siglo XIX. En el país norteamericano surgió un partido agrario conocido como Partido del Pueblo, que gozó de gran apoyo entre los pequeños terratenientes del sur y del oeste. En el imperio zarista, por su parte, emergieron los naródniki (‘populistas’). Este movimiento respondía a los conflictos entre campesinos y propietarios, y propugnaba un socialismo agrario para derrocar a la monarquía.
No obstante, el auge del populismo se produjo en América Latina tras la Segunda Guerra Mundial. Surgieron Gobiernos que reivindicaban la identidad de los pueblos contra las injerencias externas de los poderes imperialistas. Entre ellos destacaron el peronismo en Argentina, el varguismo en Brasil y el velasquismo en Ecuador. Todos compartían el apoyo masivo de las clases populares urbanas, su búsqueda de la justicia social y la defensa de la soberanía nacional frente al colonialismo.
En la Europa de posguerra, el populismo se manifestó de forma residual. Los casos más destacados se produjeron en Italia y en Francia. En el país transalpino surgió el qualunquismo, un movimiento que apelaba al ciudadano común o qualunque, mientras que en en el Estado galo apareció el poujadismo, una corriente que seguía los postulados de Pierre Poujade. Ambos movimientos, de tendencia conservadora, emergieron como una rebelión antipolítica contra sus sistemas partidistas, defendiendo a los comerciantes de clase media afectados por el crecimiento de las grandes superficies.
El populismo, un fenómeno ambiguo y transversal
Pese a la ausencia de movimientos populistas europeos, el estudio del fenómeno adquirió gran interés. En mayo de 1967, numerosos estudiosos se reunieron en la London School of Economics para intentar acotar las características del populismo. Ante la falta de consenso, el filósofo británico Isaiah Berlin utilizó la metáfora del “complejo de Cenicienta” para argumentar que el populismo era una especie de zapato que se adaptaba a multitud de pies, pero que no encajaba perfectamente en ninguno de ellos.
La ambigüedad del fenómeno populista lo ha convertido en una tendencia política transversal. La principal diferencia entre los populismos de derechas y de izquierdas reside en la conceptualización del pueblo y de sus enemigos. En los movimientos derechistas, la nación define el organismo popular, por lo que sus adversarios son aquellos poderes externos que confabulan contra sus intereses. Los izquierdistas, por el contrario, antagonizan las clases populares y las élites dirigentes, que utilizan el sistema en su beneficio.
Del auge en 2008 al declive actual
A finales del siglo XX, América Latina volvió a ser el centro del populismo. La crisis económica y política que vivió la región a finales de los años ochenta impulsó una ola populista de derechas que, años después, fue reemplazada por regímenes populistas de izquierdas. Sin embargo, la propagación global del populismo llegó con la crisis económica de 2008. La Gran Recesión y las medidas de austeridad impulsadas desde los organismos internacionales dañaron la credibilidad del modelo neoliberal y de la democracia occidental.
Como respuesta, irrumpieron movimientos populistas de izquierdas que propugnaban la regeneración del sistema a través de la participación directa del pueblo en la toma de decisiones. Estas formaciones, de carácter personalista, contaban con líderes que reivindicaban sus orígenes populares y su alejamiento del establishment político. En Europa, el Movimiento Cinco Estrellas en Italia con Beppe Grillo, Podemos en España con Pablo Iglesias o Syriza en Grecia con Alexis Tsipras representaron esta tendencia.
La crisis de los refugiados en 2015 y el brexit en 2016 desplazaron el eje populista hacia la derecha. Las políticas migratorias y fiscales en Europa y Estados Unidos propiciaron discursos antiinmigración y partidarios de la soberanía nacional frente al multiculturalismo y la globalización. En este contexto surgieron figuras como Marine Le Pen, Matteo Salvini, Viktor Orbán, Jair Bolsonaro y especialmente Donald Trump. Sin embargo, las derrotas de algunos de estos líderes también han evidenciado cierto declive de la corriente populista con las crisis por la pandemia o la invasión rusa de Ucrania.