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Las pseudociencias, al servicio del populismo

Las pseudociencias, al servicio del populismo

Los movimientos populistas han sabido servirse de las teorías negacionistas. Poner en cuestión la existencia del cambio climático o decir que las vacunas no sirven para nada ha ayudado a muchos a ganarse los corazones —y los votos— de miles de personas. Que las teorías conspiranoicas se conviertan en asuntos de debate político no es casual: el populismo y el negacionismo están cada vez más relacionados.

Hasta 2012 Brasil era el país del mundo menos escéptico con el cambio climático; hoy un candidato claramente negacionista va camino de convertirse en el próximo presidente. Bolsonaro es el azote de los defensores del cambio climático; ha llegado a afirmar que, de haberlo, está relacionado con el crecimiento demográfico más que con la industria minera y las prácticas de estas empresas. Además, ha mostrado su intención de salirse del Acuerdo de París —como ya hizo Trump— afirmando que la protección de Amazonas es parte de un complot mundial orquestado por Naciones Unidas para terminar con la soberanía brasileña sobre el territorio.

Brasil se suma a la larga lista de países que han visto cómo las teorías negacionistas y los magufos entraban en la política nacional. Lo que empezó con un Trump que ponía en duda el calentamiento global o debatía tesis científicas ampliamente extendidas ha terminado por replicarse en otros Estados. El negacionismo y la conspiración están entrando en el debate político de la mano de movimientos populistas que han encontrado en estas ideas un filón con el que conseguir votantes.

El negacionismo se ha ido fraguando durante años y ha crecido conforme las herramientas y canales de comunicación se desarrollaban, un proceso largo que fue tomando forma a partir de la segunda mitad del siglo XX. Negar el discurso y las ideas dominantes es intrínseco al ser humano, pero internet ha hecho posible que miles de escépticos puedan expresar y reafirmar sus ideas en un entorno que los ayuda a destacar sobre la masa con un discurso “alternativo”. La política de la posverdad ha dado un empujón a este tipo de teorías: se distorsiona a propósito la realidad con el fin de influir en el público; los hechos objetivos se subordinan a los sentimientos y las creencias. La duda es constante: nada es cierto, todo se puede cuestionar.

Los populismos son la tendencia política que mejor encaja con este tipo de falacias de exceso. La naturaleza de cualquier movimiento populista consiste en apelar a lo que el público quiere oír; prima el sentimiento político de la comunidad, de la masa, frente a la razón. El populismo se entiende como un programa político que enfatiza el poder del pueblo frente a una élite. Las corrientes negacionistas, por su parte, refutan las ideas y verdades del statu quo; niegan la realidad y ponen en duda todo saber que tenga relación con las “élites” —incluidas las científicas—. El movimiento negacionista se fundamenta en la premisa de que existe un grupo selecto de individuos que conoce “la verdad” y tiene la obligación de compartirla para acabar con la mentira que se nos ha impuesto. El negacionismo es el populismo de la inteligencia.

Las ideas negacionistas se convierten en un instrumento muy útil para los movimientos populistas emergentes. En un contexto de desafección política y malestar con las élites e ideas tradicionales, los populismos han encontrado un filón en este tipo de creencias. A su vez, la red ha favorecido la difusión y conexión entre negacionistas —desde el terraplanismo y los negacionistas climáticos hasta conspiranoicos y antivacunas— y ha dado canales tremendamente útiles en los que generar un sentimiento de comunidad. Internet es un lugar al que cualquiera puede acudir para reforzar sus creencias, y webs como AboveTopSecret.com se han convertido en portales en los que personas con una visión igual de escéptica sobre el mundo comparten y difunden sus ideas. Nos encontramos ante un escenario en el que los canales de información se utilizan para creer más en algo en vez de comprenderlo mejor. Se obvia la información que no encaja en nuestra visión y se consume la que sí.

Aferrarse a ideas negacionistas no solamente encaja con la idea anti-establishment de fondo de los movimientos populistas, sino que les permiten llegar a un espectro electoral muy amplio al convertir las tesis negacionistas en cuestiones políticas. Se superan las barreras de izquierda y derecha al usar argumentos escépticos transversales e incluso diferenciados según el público para que deje de lado la razón política en favor del sentimiento.

Trump, experto en el negocio del espectáculo conspirativo, es la viva imagen de cómo un político puede servirse de estas teorías para atraer votantes. El caso más reciente es el de la teoría del QAnon, una corriente que defiende que el presidente está luchando contra el “Estado profundo” para destapar los casos de corrupción de las élites mundiales. Según esta teoría, Trump está investigando desde la presidencia casos de corrupción para destaparlos y acabar con el poder de quienes han creado la verdad en la que vivimos; conspiración en estado puro. Lejos de poner freno a estas teorías, Trump ha alimentado indirectamente la sed conspirativa de estos grupos con tweets que hacen referencia a ese “Estado profundo”; junto con las acusaciones contra sus opositores, le dan un halo de misticismo que no hace más que alimentar el mito.

Otro ejemplo revelador de instrumentalismo político del negacionismo es el movimiento antivacunas. Desde hace años, las cifras de vacunación en Europa han caído y las infecciones por sarampión han aumentado un 300%. Estos antivacunas y los partidos anti-establishment tienen mucho en común. En Francia, donde el 20% de la población no apoya las vacunas, la formación de Le Pen —antes llamada Frente Nacional y ahora Reagrupación Nacional— no ha dudado en subirse al carro y poner en duda la efectividad de estos tratamientos. Lo mismo ocurre en Italia, donde hemos visto cómo el Movimiento 5 Estrellas y la Liga de Salvini han eliminado una ley de vacunación que pretendía hacer frente a la disminución de la tasa de vacunación infantil. Apelar a estas teorías ha permitido a estos partidos nacionalpopulistas llegar a votantes de izquierdas con perfiles naturistas favorables a las conspiraciones sobre la industria farmacéutica o el “nuevo orden mundial”.

De este modo, discursos como el de Bolsonaro sobre el cambio climático cobran mucho más sentido. Negar el cambio climático, como también hace Trump, es una buena forma de ganarse el favor de las empresas que ven amenazada su actividad por el activismo ecologista y, por otro lado, de aquellos descontentos con las élites tradicionales y todo lo que las representa. Trump es capaz de negar el cambio climático y al día siguiente poner en duda la utilidad de las vacunas para acercarse a sectores políticamente opuestos. Cada uno escucha lo que quiere oír; no hay ideología argumentada, solo sentimiento.

El mayor reto al que nos enfrentamos es que los populismos han convertido las ideas y tesis negacionistas en un asunto político. Cuando estas visiones conspirativas entran en el debate, es extremadamente difícil refutarlas; se trata de discursos irracionales que terminan por asumirse como ideas de peso que hay que contraargumentar una y otra vez. Para refutarlas, los actores tradicionales se ven obligados a admitir sus errores del pasado, algo que probablemente resulta contraproducente: si una vez mentiste, ¿por qué ahora iba a ser diferente?

Por otro lado, los negacionistas han hecho del absurdo su programa electoral y por ello escapan a los márgenes del diálogo racional. La irracionalidad de los argumentos es la esencia del éxito de estos movimientos y teorías. Es imposible refutarlos porque todo lo que se nos ocurra, por muy estrambótico que pueda parecer, se puede convertir en un argumento de peso que puede utilizarse para movilizar el sentimiento de la masa contra la “élite dominante”.

Para ampliar: “El Holocausto, de la indefinición al negacionismo”, Meng Jin Chen en El Orden Mundial, 2018