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Los nacionalismos necesitan la memoria y el recuerdo. Explicar de dónde venimos y darle continuidad a la identidad nacional les permite construirse sus ombligos, como diría el filósofo Ernest Gellner. Para ello es importante un relato, una buena historia. En la Rusia actual, declararse continuadora del legado imperial y de la Unión Soviética, por muy contradictorios que fuesen estos sistemas, promueve la cohesión interna e implica una relación con sus países vecinos. Permite decirles “antes erais de mi propiedad”.
El Kremlin empezó a abordar la cuestión en 2009, cuando creó una comisión presidencial para “contrarrestar los intentos de falsificar la historia en detrimento de los intereses de Rusia”. Pero el interés creció en 2014, con la revolución en Ucrania, el separatismo en el Donbás y la invasión de Crimea. Estos hechos también cambiaron las relaciones con la Unión Europea y Estados Unidos, que Rusia pasó a describir como enemigos, incluso acusándolos de impulsar el terrorismo en su territorio. La historia se volvió una cuestión de seguridad nacional, pero no para proteger el recuerdo de los hechos, sino para mantener en el poder a Vladímir Putin.
Una memoria común para los intereses del Kremlin
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