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Los nacionalismos necesitan la memoria y el recuerdo. Explicar de dónde venimos y darle continuidad a la identidad nacional les permite construirse sus ombligos, como diría el filósofo Ernest Gellner. Para ello es importante un relato, una buena historia. En la Rusia actual, declararse continuadora del legado imperial y de la Unión Soviética, por muy contradictorios que fuesen estos sistemas, promueve la cohesión interna e implica una relación con sus países vecinos. Permite decirles “antes erais de mi propiedad”.
El Kremlin empezó a abordar la cuestión en 2009, cuando creó una comisión presidencial para “contrarrestar los intentos de falsificar la historia en detrimento de los intereses de Rusia”. Pero el interés creció en 2014, con la revolución en Ucrania, el separatismo en el Donbás y la invasión de Crimea. Estos hechos también cambiaron las relaciones con la Unión Europea y Estados Unidos, que Rusia pasó a describir como enemigos, incluso acusándolos de impulsar el terrorismo en su territorio. La historia se volvió una cuestión de seguridad nacional, pero no para proteger el recuerdo de los hechos, sino para mantener en el poder a Vladímir Putin.
Una memoria común para los intereses del Kremlin
La política de la memoria del régimen de Putin se ha basado en justificar dos propósitos que van de la mano: recuperar la hegemonía internacional y seguir en el poder. Para ello ha inyectado dos emociones clave en el discurso nacionalista, el miedo y la nostalgia. El miedo, en este caso a Occidente, se le atribuye la “rusofobia” y los “intentos de romper la Federación Rusa”. La nostalgia actúa entonces como añoranza por la estabilidad social en la URSS. Así, si los años noventa fueron una etapa de deterioro, se vende que el sistema anterior no había sido tan malo y podría recuperarse en cierta medida. Según esta visión, la vida en Rusia era mejor cuando había sido una superpotencia, y por culpa de Occidente ya no lo es.
Todas estas cuestiones se cruzan en el recuerdo de la Segunda Guerra Mundial. La festividad del Día de la Victoria, el 9 de mayo, es la más importante en Rusia después del Año Nuevo. La pérdida de millones de vidas en la guerra, su recuerdo traumático y el alzamiento victorioso construyen al país como una nación-mártir. Los rusos se autoperciben herederos de héroes que salvaron a Europa del nazismo, y eso allana su aceptación de la política exterior del Kremlin, incluyendo la invasión de Ucrania bajo el pretexto de “desnazificarla”. Pero no son sólo protagonistas anónimos. En Rusia ha aumentado el culto a Iósif Stalin o al cosmonauta Yuri Gagarin, y Putin ha mencionado a los emperadores Pedro I y Catalina la Grande.
El Kremlin fija qué narrativa sobre la memoria es la correcta, y la correcta es la que justifica sus políticas. Putin y su cúpula acusan constantemente a Occidente de reinterpretar la historia. Sin embargo, el presidente ruso escribió en 2021 un artículo sobre la unidad histórica de los rusos y ucranianos en el que simplifica y manipula la historia, por ejemplo, al afirmar que la Ucrania moderna es producto de los bolcheviques. Ese mismo año la defensa de la memoria histórica se incorporó en la Estrategia de Seguridad Nacional.
Para el Gobierno ruso lo importante es controlar las narrativas, también algunas contradictorias. Por ejemplo, se reconocen las víctimas del estalinismo, pero también se cierran museos dedicados a los gulags y organizaciones que trabajan en recuerdo de sus víctimas. Algunas narrativas las repiten partidos satélite, mientras que quienes no se adhieren son calificados de antipatriotas y agentes extranjeros. El control de la narrativa sobre el ataque del pasado 22 de marzo en Moscú, que dejó al menos 133 muertos, contrasta con el de los atentados de 1999, que facilitaron la llegada de Putin al poder. La narrativa oficial dice que en 1999 los autores fueron chechenos y cualquier otra opción se considera conspirativa, mientras que con el de ahora Putin sostiene un supuesto vínculo con Ucrania aunque admite la autoría islamista radical.
La militarización del recuerdo
La memoria que forja la identidad nacional rusa actual está ligada a lo militar. No son sólo desfiles, marchas en recuerdo a veteranos de guerra y exámenes sobre la Segunda Guerra Mundial. También son iniciativas de museos, revistas, campamentos, símbolos y nuevas festividades, como el Día de las Fuerzas Especiales en honor a la invasión de Crimea. Por ejemplo, la cinta de San Jorge, legado de la Rusia imperial, se recuperó en 2005 para honrar a quienes habían luchado contra los nazis. Sin embargo, en la guerra separatista en el Donbás comenzaron a usarlo rebeldes y tropas rusas. Así, el símbolo de recuerdo hacia quienes habían defendido la paz se volvió una muestra de apoyo a la narrativa bélica del Kremlin.
Existen diversas organizaciones que inculcan ideología militar al público infantil. El Ministerio de Defensa y el Ministerio de Cultura, junto con otras organizaciones federales como Yunarmiya (‘Ejército de Jóvenes’), Rosspatriotsentr o el Movimiento Escolar Ruso coordinan numerosas iniciativas para la educación militar. Las presentan bajo actividades deportivas y campamentos recreativos, pero enseñan principios básicos de la guerra. Iniciativas como Straná Geroev (‘País de Héroes’) dedican actividades a recrear batallas y excavar restos de la Segunda Guerra Mundial. En el catálogo de “héroes” de su web está Liudmila Pavlichenko, veterana de guerra quien dibujada en formato cómic y una cruz pintada con sangre sobre la frente dice: “Tengo veinticinco años y para este momento he matado a 309 ocupantes fascistas”.
Aislar a Rusia para salvar a Putin
Un ideólogo de las políticas de la memoria rusa fue Vladímir Medinski, ministro de Cultura entre 2012 y 2018. Durante su dirección, el Ministerio sumó las áreas de turismo, archivo y censura. Para 2016 su presupuesto ascendía a unos 1.250 millones de euros. Sin embargo, muchas actividades fueron delegadas a supuestas organizaciones privadas que después coordinó Medinski, como la Sociedad Histórico-Militar Rusa, caracterizadas por su opacidad y sospechas de corrupción relacionadas con la inauguración y desaparición de estatuas.
Esta política de la memoria rusa vinculada a lo militar ha facilitado la invasión rusa de Ucrania. La población no la recibió tan mal, sobre todo al principio, y para el nacionalismo ruso ha sido fácil justificarla. Aunque no hay datos de cómo ha influido el adoctrinamiento militar en el sector más jóven, esta ha sido la franja de edad más crítica con Putin, lo que explica los esfuerzos del Kremlin por ganarse su simpatía durante la guerra.
Finalmente, el discurso victimista contra Occidente ayuda a justificar el actual aislacionismo ruso. Esta narrativa abarca la supuesta rusofobia y la excepcionalidad de la cultura rusa, pero también cuenta con la censura. Por ejemplo, la censura creciente entronca con la resignificación de los años noventa. El Kremlin omite que esta etapa traumática fue también de gran libertad de opinión y prensa, algo que ahora se vincula con caos e inestabilidad. De ese modo, la política respecto al pasado deja clara la intención del Gobierno sobre el futuro del país: aislar a Rusia de cualquier amenaza para la seguridad de Putin y su círculo.







