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Por qué un oligarca ruso quiere llevarte de vacaciones a la ciudad más deprimente del mundo

Por qué un oligarca ruso quiere llevarte de vacaciones a la ciudad más deprimente del mundo
Suburbio de Talnakh en la ciudad de Norilsk. Fuente: Ninara (Flickr)

Rusia quiere desarrollar el círculo polar ártico como destino turístico, pero una de las principales promotoras es la empresa minera Nornickel, responsable de una catástrofe medioambiental en esa misma región en mayo de 2020. Hay buenas razones para aprovechar este vasto territorio sin explotar, pero fomentar actividades de verano en uno de los puntos más gélidos e inaccesibles del planeta no parece la mejor idea, y menos aún dejarlo en manos de una compañía centrada en lavar su propia imagen.

Durante el foro Días del Ártico y la Antártida en Moscú, celebrado a finales de noviembre de 2020, la compañía minera Norilsk Nickel (Nornickel) presentó su proyecto para fomentar el turismo en el círculo polar ártico. Los destinos se concentran en el norte del territorio de Krasnoyarsk, donde la empresa tiene su actividad principal. El vicepresidente de Nornickel aseguró una inversión de 15.000 millones de rublos —1,68 millones de euros al cambio actual— y la intención de construir un centro turístico en la meseta de Putorana.

Esta iniciativa se combina con el proyecto Ártico, que consiste en crear un eje turístico en el norte de Krasnoyarsk. De este modo, la iniciativa contempla que la ciudad de Norilsk acoja el turismo cultural-educativo e industrial, que la localidad de Dudinka se centre en el turismo etnográfico y que la meseta de Putorana sea destino para el turismo extremo y medioambiental. La zona recibe visitas desde hace tiempo, y la inversión pretende aumentar el flujo de turistas y mejorar las infraestructuras.

Rusia quiere crecer hacia el norte

El presidente ruso, Vladímir Putin, ya defendió en 2019 que Rusia crecería en los siguientes diez años a través del Ártico y sus territorios del norte. El clúster turístico se lleva fraguando desde ese año, con otras zonas como la península de Taimyr, que esperan convertir en destino para cruceros y hacerla llegar a los 30.000 turistas anuales, casi el mismo número que de residentes. Entre algunos proyectos, se incluye una zona de glamping (glamorous camping, ‘camping lujoso’) cerca del lago Sobachye, a más de cien kilómetros de Norilsk.

Densidad de población en Rusia
Densidad de población de Rusia en 2018. Destaca la región, o krai, de Krasnoyarsk y su concentración de habitantes en el sur. Los enclaves en los que se proyecta el plan turístico están por encima del círculo polar ártico. Fuente: elaboración del autor.

El territorio de Krasnoyarsk, parte del Distrito federal de Siberia, es una de las zonas con menor densidad de población de Rusia. Además, sus habitantes se concentran en el sur, ya que las extremas condiciones climáticas del norte, donde el invierno puede durar de nueve a diez meses, dificultan la urbanización y restan atractivo residencial. Las heladas en este territorio duran unos 280 días del año, con una temperatura media de -9,8 grados, y a partir de una latitud de 69 puntos —donde se encuentran Norilsk y Dudinka—, el sol no sale en 45 días al año. Ante la falta de infraestructuras, es imposible acceder por tierra a Norilsk, una de las pocas ciudades del norte de Krasnoyarsk y la única que supera los 100.000 habitantes. Los únicos medios de acceso son por aire y a través del río Yeniséi, en cuya orilla está Dudinka, pueblo con alrededor de 10.000 habitantes.

Norilsk se fundó en 1935 a raíz de una explotación minera iniciada por un gulag. Esta ciudad semiaislada cuenta con poco más de 180.000 habitantes y ha sido calificada varias veces como la más deprimente del mundo. Las razones son las malas condiciones de vida debido al clima y los altos niveles de contaminación de la minera Nornickel, cuyo principal centro industrial se encuentra en la ciudad, además de la caducidad de sus infraestructuras, que quiebran por los cambios de volumen del permafrost.

Estas condiciones llevaron al Gobierno ruso a iniciar en 2011 un plan para reasentar ciudadanos de Dudinka y Norilsk en “áreas con condiciones naturales y climáticas más favorables” en Krasnoyarsk y otras regiones del país. La medida contemplaba reubicar a 11.265 familias a través de un paquete de ayudas que les permitiese adquirir una vivienda fuera del extremo norte. Nornickel ha participado en este plan como subsidiaria. Al margen del programa inicial de reasentamiento, la minera prevé gastar hasta 830 millones de rublos —9,297 millones de euros actuales— en 2021 para reubicar residentes, demoler viviendas y construir otras.

Sin embargo, un sistema de reubicación similar se enmascara en las condiciones de jubilación de los empleados de Nornickel. Los trabajadores, que reciben un mejor salario que la media nacional, disponen de un programa de incentivos que les permite jubilarse a los 45 años, así como de un apartamento gratuito en alguna zona cálida del país y vacaciones pagadas. Pero no se trata de un paraíso helado, como lo pintan las autoridades. Ha habido numerosas alertas por la contaminación de Nornickel en distintas regiones. Los altos niveles de polución y el mayor riesgo de cáncer que caracteriza la zona —sin que haya datos que correlacionen estos dos factores— han hundido la esperanza de vida hasta los cincuenta años. En ese sentido, el plan de jubilación permite a la compañía quitarse la responsabilidad sobre los derechos laborales y la incidencia de la polución en la salud de sus trabajadores. Además, la jubilación anticipada compensa como gasto de amortización de una mano de obra que termina su vida útil.

El gigante metalúrgico y la catástrofe medioambiental

Nornickel es la razón de ser de Norilsk y Dudinka. La empresa se encarga de llevar suministros para la población a través de barcos rompehielos que cruzan la costa norte de Rusia, y todos los habitantes de ambas ciudades trabajan de manera directa o indirecta para la minera. La compañía, que proporciona hasta el 2% del PIB a Rusia, se dedica a la extracción de níquel, cobre, platino y paladio. Su dueño es Vladímir Potanin, el hombre más rico de Rusia y un conocido oligarca: fue uno de los primeros en amasar influencia y riqueza durante la perestroika, antes de la caída de la URSS y del ascenso al poder de Putin.

Nornickel se ha sumado en los últimos años al discurso de responsabilidad corporativa, ha promovido iniciativas sociales en su región y ha incorporado la sostenibilidad en su programa. También ha intensificado recientemente sus propuestas medioambientales para tratar de limpiar su imagen tras el vertido de más de 20.000 toneladas de diésel en mayo de 2020, un hecho que provocó la declaración de estado de emergencia nacional. En un principio la empresa culpó del desastre al calentamiento global.

El vertido tuvo lugar cerca de Norilsk, a causa de las envejecidas infraestructuras de una estación subsidiaria de Nornickel y la supuesta negligencia de tres operarios. Pese a las limpiezas de la propia compañía para reparar la catástrofe, cuya tercera fase terminó en octubre de 2020, funcionarios expertos en medioambiente declararon que se tardarían años en limpiar la zona de residuos. Las autoridades alegaron que se habían enterado del vertido a través de las redes sociales.

Como consecuencia del vertido, el Kremlin se vio obligado a sancionar a la empresa con una multa de 146.000 millones de rublos —más de 1.635 millones de euros—, muchos más de los 21.400 millones —239 millones de euros— en los que Nornickel había estimado los daños. Potanin aseguró que la multa era una señal para toda la comunidad empresarial y que su compañía había “aprendido la lección”. El escándalo por la magnitud del vertido, la lenta identificación de la catástrofe y la actuación posterior también fueron un punto de inflexión para el Gobierno ruso. Incluso Putin se ha visto obligado a comprometerse en la lucha contra el cambio climático, al menos como medida disuasoria.

Una buena idea con malos ejecutores y un programa contradictorio

Impulsar el turismo en regiones poco pobladas del interior del país puede ser conveniente para Rusia. En primer lugar, para aprovechar este vasto territorio sin explotar, que incluye gigantescas áreas protegidas y reservas naturales. También puede ser interesante poblar estas regiones deshabitadas, pero, dados los programas de realojamiento de Nornickel, ese no parece ser el objetivo: la empresa parece querer aprovechar el proyecto para renovar su mano de obra. Los residentes de Norilsk que no estén en condiciones para trabajar son reubicados, ya que solo generan costes en una ciudad cuyos bienes de consumo tienen que ser transportados desde otras regiones por la misma empresa. Por otro lado, la población de Norilsk ha crecido en los últimos años, por lo que se descarta que el programa busque despoblar estas regiones contaminadas y refuerza la teoría de la renovación de trabajadores.

Esta maniobra también permite a Rusia ofrecer una alternativa de turismo nacional a sus ciudadanos, que tienen dificultades para viajar al extranjero a causa de la gran devaluación del rublo y su situación volátil desde 2014. Pero, dada la dificultad de acceder a Norilsk, el gasto del viaje es muy caro, no asequible para cualquiera. Ni siquiera lo tienen fácil los extranjeros, que deben pedir un permiso especial para acceder a la ciudad por su supuesta importancia estratégica. Así, la participación de Nornickel y su control explícito sobre la región hacen dudar sobre la finalidad del proyecto turístico. También las condiciones del entorno, uno de las más gélidos y contaminados del planeta, poco adecuado para el turismo de calidad y con actividades de verano que se quiere impulsar.

Con todo, este no es el primer proyecto urbanístico lleno de contradicciones en Rusia. Los Juegos Olímpicos de Invierno de 2014, por ejemplo, se celebraron en Sochi, la ciudad más cálida del país, destino de sol y playa por excelencia. Vladímir Potanin también es dueño de un complejo de esquí que se construyó para formar parte de las instalaciones olímpicas, y su compañía Interros invirtió gran cantidad de capital en estos Juegos, los más caros de la historia. Aunque los intereses personales en estos planes puedan quedar ocultos, está claro que existen y que las contradicciones no les suponen un obstáculo, sea esquiar junto al mar o hacer glamping en el círculo polar ártico.