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Israel insiste: el objetivo de su operación militar en Gaza es derrotar a Hamás. Sin embargo, ha matado a casi 24.000 civiles, más del 50% de las casas de la Franja están destruidas y la organización permanece activa, incluidos casi todos sus altos mandos y sus redes de financiación. En paralelo, casi ningún rehén capturado en octubre ha sido liberado por la vía de las armas.
La presión crece sobre el Gobierno israelí para poner fin a la ofensiva, incluido un ultimátum de Estados Unidos a principios de año y la acusación de genocidio por parte de Sudáfrica ante la Corte Internacional de Justicia. Por si fuera poco, Oriente Próximo se dirige hacia una guerra regional que todos desean evitar, incluidos Estados Unidos e Irán, excepto el primer ministro israelí.
Benjamín Netanyahu necesita convencer a la comunidad internacional y a la opinión pública israelí de que tiene una salida a la crisis que no pasa por la limpieza étnica, como piden sus ministros. Pero cuesta imaginar una solución que no involucre a Hamás. El propio líder israelí llevaba años potenciando económicamente al grupo para comprar la paz y debilitar a la causa palestina.
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