El desplante que sufrió la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, el pasado 6 de abril en Ankara es solo la última de las polémicas entre Turquía y la Unión Europea. La cumbre de Von der Leyen y el jefe del Consejo Europeo, Charles Michel, con el presidente turco, Recep Tayyip Erdoğan, estuvo marcada por el llamado sofagate: Von der Leyen, con asombro, quedó relegada a un sofá lateral mientras los otros dos mandatarios tomaban asiento en el centro de la sala. Las acusaciones de machismo no tardaron en llegar.
El Gobierno turco aseguró que había cumplido el protocolo de la Unión Europea, pero el portavoz jefe de la Comisión, Eric Mamer, insistió en que la alemana “debería haberse sentado exactamente en el mismo nivel” que Michel y Erdoğan. Tras unos días de malestar entre funcionarios europeos y críticas a ambos, Von der Leyen advirtió a Michel de que no permitiría otro incidente así frente a líderes extranjeros y él tuvo que disculparse.
Más allá de la relación entre ambos mandatarios, que proceden de familias políticas distintas, este suceso ha supuesto un nuevo choque entre la UE y Turquía, magnificado tras las palabras del recién estrenado primer ministro italiano, Mario Draghi, que tildó a Erdoğan de “dictador”. Como respuesta, el Ministerio de Exteriores turco convocó al embajador italiano en Ankara para expresar su malestar. Además, Turquía había llevado a cabo en 2020 maniobras militares y exploraciones de gas en zonas disputadas del entorno de Grecia y Chipre, Estados miembros de la UE. Con la reunión, Bruselas pretendía que Erdoğan relajara la presión en el Mediterráneo oriental tras un año de mayor hostilidad hacia ambos países.
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