Hace casi 4.000 años, en el Reino Medio egipcio, alguien escribió el que puede ser considerado como el primer texto filosófico de la historia: el Debate de un hombre con su Ba. En este poema, un aparente moribundo conversa con una parte de su alma y le pregunta qué sentido tiene seguir viviendo si el mundo se ha vuelto un lugar caótico, violento, impío. “¿A quién puedo hablar ahora?”, se lamenta. “Los hermanos se han vuelto malos, los amigos no aman, las mentes son codiciosas, la bondad ha perecido”... Hoy en día, basta con repasar las noticias o las redes sociales para sentirse identificada.
Sin embargo, lo más fascinante de aquel poema es que puede que no fuera espontáneo. En cambio, sería parte de una campaña de legitimación del faraón Senusert I para alimentar una narrativa concreta: el primer periodo intermedio, una época de descentralización política que había precedido a su reinado, había sido un tiempo de caos y destrucción total. La moraleja entonces es cristalina: o aceptas el poder centralizado del faraón, o te hundes en la oscuridad. Caos o monarquía. Comunismo o libertad. ¿Te suena?
No faltan razones para la ansiedad. Vivimos múltiples crisis: el cambio climático avanza más rápido de lo previsto, los conflictos armados se recrudecen, ensañándose contra la población civil de Ucrania, la Franja de Gaza o Sudán, la desigualdad aumenta, la democracia retrocede en medio mundo, los movimientos forzados de población baten récords… El miedo al colapso parece, esta vez sí, justificado. Pero ese es precisamente el espejismo: el miedo al colapso ha sido siempre una herramienta de primer orden para quien ostenta el poder. Y nosotros, cuatro milenios después, seguimos cayendo en la misma trampa.
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