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“Mientras no tengamos nuestros imanes, es preferible que las mezquitas las gestione Marruecos. Su modelo es el de la moderación, preferible al radicalismo que fomentan Arabia Saudí o los Emiratos en otras mezquitas”. Esta declaración del expresidente de la Comisión Islámica de Melilla, Abdelkrim Alal, al Heraldo de Aragón allá por 2018 entraña la realidad del islam en España. Por un lado, reconoce la influencia extranjera y la pugna geopolítica por influir en esta comunidad. Por otro, admite el poder de radicalización que pueden tener los discursos religiosos. Y por último, recoge una petición histórica de la comunidad musulmana española: autogestionar los imanes y las mezquitas para evitar el problema.
España es desde 1978 un país aconfesional: ninguna religión es de Estado, aunque este tampoco pueda ser indiferente a ellas. En 1992 se firmó un acuerdo de cooperación con la Comisión Islámica de España (CIE), que la nombraba interlocutora de esta comunidad y que reconoce que el islam tiene desde hace siglos una “relevante importancia en la formación de la identidad española”. El texto regula vagamente las mezquitas y la acreditación de los imanes, pero obvia la financiación, supeditada a las escasas ayudas del Estado y a los fieles. Países como Marruecos o Arabia Saudí han aprovechado esta situación para responder a la demanda religiosa de españoles y extranjeros. Y con el dinero llegaron los intereses.
Marruecos: identidad nacional a través del islam
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