La exitosa carrera de Lionel Messi en el FC Barcelona comenzó hace dos décadas, cuando tenía solo doce años, y su ingreso en el club se firmó en una servilleta. Convertido en el máximo goleador histórico del equipo y de la liga española, con más de treinta títulos colectivos y otros tantos individuales, el jugador anunció su deseo de abandonar el club el pasado 25 de agosto. Finalmente, Messi hizo público el 4 de septiembre que seguiría una temporada más. La salida del argentino de Barcelona habría sido una sorpresa más para un mercado futbolístico afectado por la pandemia de coronavirus y los cambios de calendario y formato de las competiciones deportivas. Y su fichaje por otro equipo se habría convertido en una disputa estratégica no solo entre clubes, sino también entre importantes actores políticos y económicos internacionales.
La trayectoria deportiva de Messi en el FC Barcelona representa un caso cada vez más extraño en el fútbol de élite. Un chico formado desde pequeño en las categorías inferiores que alcanza su máximo esplendor profesional en el mismo equipo, del que se convierte en principal marca deportiva y comercial. El club, además, sigue controlado por sus socios y tiene un fuerte arraigo en la sociedad y política locales. Frente a ello, la tendencia generalizada es la de fichajes cada vez más caros, representantes de los deportistas erigidos en las figuras clave del negocio, equipos históricos que pasan a ser propiedad de fondos de inversión y Gobiernos extranjeros que toman el control de los clubes, utilizándolos como una herramienta más de su política exterior y su imagen estatal.
Barça, el ejército desarmado de Cataluña
El adiós del jugador argentino al equipo blaugrana habría representado el fin de un ciclo no solo deportivo, sino también de gestión del fútbol a nivel global. La singularidad del FC Barcelona, o Barça, radica en su peso en la sociedad catalana. El club lleva décadas representando los anhelos del nacionalismo catalán, ya fuera bajo la dictadura franquista, en la transición democrática o, más recientemente, con el auge del independentismo catalán y su choque con el Gobierno de España. El escritor catalán Manuel Vázquez Montalbán lo resumió llamando al Barça “el ejército de un país desarmado”. Durante mucho tiempo, esa fuerza no militar ha sido dirigida en el campo por Messi, lo que explica la gran conmoción que el anuncio de su posible salida provocó en la capital catalana.
En las gradas del estadio culé, el Camp Nou, y en numerosos emblemas del equipo aparece la expresión “Més que un club”, utilizada por primera vez en 1968 por el presidente del club Narcís de Carreras. El eslogan hace mención a que la entidad no es un mero equipo de fútbol, sino que tiene un profundo alcance político y social. El Barça ha construido toda una imagen de compromiso e incluso militancia por la causa catalanista, que le ha llevado a estar muy vinculado a los círculos de poder y la intensa vida institucional de Cataluña. Ello no le ha restado posibilidades de competir con otros grandes equipos europeos por hacerse con nuevos mercados, pero el club ha intentado distinguirse de sus competidores no solo por sus fichajes, sino por sus valores.

Por otro lado, la marcha de Messi también habría debilitado gravemente la plantilla, de la que el argentino es capitán, y erosionado la marca comercial del club, que perdería su principal activo publicitario. La entidad ingresó en la temporada 2018-2019 cerca de doscientos millones de euros solo de publicidad e imagen de los jugadores, con el argentino como referente principal. Además, la salida de Messi obligaría al Barça a renegociar a la baja los contratos con sus patrocinadores, que aportan aproximadamente 74 millones de euros anuales. Sin embargo, el FC Barcelona no sería el único gran perdedor: también la Liga española se vería perjudicada. El fútbol se ha convertido en un poderoso producto comercial por el cual compiten los equipos, pero también los organismos nacionales. Hace tres años, la competición española acogía a los tres mejores jugadores del mundo, pero Neymar se fue a Francia en 2017 y Cristiano Ronaldo a Italia en 2018. Ahora, la intención de Messi de irse devaluaría la Liga y sería una muestra más de los problemas que están encontrando las escuadras españolas para adaptarse a los nuevos tiempos del mercado.
El fútbol, campo de batalla geopolítica mundial
Los grandes cambios que está viviendo el fútbol actual están motivados, en gran medida, por la irrupción de nuevos actores que rompen con la tradición de las competiciones europeas y sudamericanas. En plena crisis del coronavirus y con la mayoría de equipos reestructurando sus cuentas, solo unos pocos tendrían los enormes recursos necesarios para fichar a Messi. Los tres con los que se especuló fueron el Manchester City, el Paris Saint-Germain (PSG) y el Inter de Milán. El primero es propiedad del grupo Abu Dhabi United Group, que dirige el jeque Mansour bin Zayed, miembro de la familia real de Abu Dabi, en Emiratos Árabes Unidos. El PSG está controlado por un fondo catarí ligado a la corona del emirato. Y el Inter pertenece a la marca china Suning, una de las compañías comerciales y de distribución minorista más grandes de Asia.

La relación entre poder político y fútbol lleva décadas siendo muy estrecha. Diferentes regímenes han utilizado a clubs y selecciones para difundir su ideario propagandístico. El fascismo de Mussolini y el mundial de 1934, la dictadura militar argentina y la Copa del Mundo de 1978 son dos ejemplos significativos. En la actualidad, algunos Gobiernos no solo invierten en el deporte dentro de sus fronteras, sino que impulsan la carrera de equipos y jugadores extranjeros para ganar relevancia y globalizar su marca nacional. Fichar a Messi se convertiría en una cuestión estratégica para ciertos países que intentan ganar peso a escala mundial, como las monarquías árabes o China. La foto del jugador argentino frente a los rascacielos de Abu Dabi, Doha o Shanghái sería una poderosa muestra de fuerza en un mundo sumergido en una aguda crisis geopolítica.
A finales del siglo XX, los principales club europeos, y también algunos sudamericanos, se lanzaron a la conquista de las audiencias asiáticas, norteamericana y árabe. Descubrieron que, más allá de la taquilla de sus estadios, existía todo un negocio por explotar a través de largas giras en el extranjero, acuerdos con equipos locales, creación de escuelas deportivas y cuantiosos contratos de publicidad. Pero ahora, al mismo tiempo que el orden internacional está transformándose, cambia también el mercado del fútbol. Las potencias tradicionales del viejo continente ya no son las únicas protagonistas, y quienes hace unos años eran meros espectadores marcan estos días el ritmo de la competición y del mercado, definiendo el nuevo fútbol que está por venir.
Entre el deporte y el espectáculo de masas
Hace unos meses se estrenó en la plataforma de Netflix la serie Un juego de caballeros, que narra el inicio de las primeras competiciones de fútbol y su explosión como fenómeno social en Reino Unido a finales del siglo XIX. El relato se centra en la figura de Fergus Suter, considerado el primer futbolista profesional de la historia, en un contexto de enfrentamiento entre quienes defendían el fútbol amateur y los que apostaban por convertirlo en un negocio, llevándolo a todas las capas de la sociedad. Hoy, el balompié pasa por otro periodo trascendental de su historia.
La última final de la Champions League, la competición de clubes más importante de Europa, enfrentó el 23 de agosto de 2020 en Lisboa al Bayern de Múnich y al PSG. El encuentro se presentó como el choque entre el viejo y el nuevo fútbol: por un lado, el histórico equipo alemán, fundado en 1900 y que sigue estando bajo el control mayoritario de sus socios. Enfrente, nuevas potencias como la entidad parisina, creada en 1970 y propiedad desde 2011 del grupo inversor Qatar Sports Investments, dirigido por el empresario Náser al Khelaifi, muy próximo a la familia real catarí. La presencia de estos actores provenientes de Oriente Próximo o Asia, y con gran influencia política y económica, es cada vez mayor en todas las capas del fútbol.
Catar, Emiratos Árabes Unidos o Arabia Saudí se están convirtiendo en importantes promotores del deporte de élite, gracias a la riqueza que obtienen de sus hidrocarburos. Todos están construyendo grandes estadios y acogen numerosos eventos deportivos en sus países, incluido el Mundial de Fútbol de Catar en 2022, mientras toman el control de los clubs más relevantes del mundo. El capital chino comienza a extenderse también por el sector, en un calculado equilibrio entre los intereses de las empresas y las directrices marcadas por el Gobierno chino.

La crisis abierta entre Messi y el Barcelona y el interés de determinados clubes por ficharle, respaldados por sus respectivos Gobiernos, es una muestra más de las nuevas lógicas que imperan en el fútbol moderno. La globalización permite que la pasión por unos colores se extienda por distintos continentes, pero también desnaturaliza la identificación de un equipo con su ciudad y valores. Nunca antes en la peculiar relación entre el fútbol y el poder convergieron intereses tan dispares y contradictorios. Empresarios, Gobiernos y fondos de inversión intentan competir por ser quienes definan y exploten los réditos y beneficios del fútbol en el siglo XXI.