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¿Qué mundo nos espera tras la pandemia del coronavirus?

¿Qué mundo nos espera tras la pandemia del coronavirus?
Fuente: KangZeLiu (Wikimedia)

La pandemia del coronavirus es ya la mayor crisis que ha vivido el mundo desde la Segunda Guerra Mundial. La economía se ha paralizado y el modelo de globalización que primaba hasta ahora ha quedado en entredicho. En el plano político, el coronavirus ha puesto a prueba a las organizaciones internacionales y ha abierto la puerta a una nueva configuración del orden mundial en la que la tecnología y el Estado van a jugar un papel importante. La gran incógnita es qué forma tomará ese nuevo sistema, ¿habrá más integración internacional o surgirá un mundo más proteccionista?

El coche que conduces no tiene nacionalidad. Es imposible decir exactamente de dónde viene, porque ha sido fabricado en una cadena de producción global. La deslocalización, uno de los pilares de la globalización, se basa en trasladar ciertas fábricas a otro lugar donde es más barato producir, de modo que se genera una cadena de montaje internacional que lleva el producto a la tienda en el menor tiempo y coste posible. Así funciona en Europa la industria del automóvil, por ejemplo. Por eso, que se cierren las fábricas de piezas en la región italiana de Lombardía a causa del coronavirus, como ya ha ocurrido, acaba repercutiendo en todo el sector automovilístico europeo.

La pandemia del coronavirus ha golpeado a la línea de flotación del sistema económico y también del político. A nivel económico, el problema consiste en que se ha dejado de producir y de consumir más allá de lo imprescindible: las medidas de prevención y confinamiento provocan que el mercado se pare. Quien mejor parece haber comprendido esto es China: tal vez por miedo a que sus principales socios comerciales pasen meses sin consumir, el gigante asiático está ayudando a otros países a detener la pandemia para que la economía global no colapse.

Pero además esta pandemia está golpeando también al motor político de la globalización. Los países han actuado de forma independiente ante esta amenaza, ignorando en muchos casos las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y sin entender que el problema es global y que, de una forma o de otra, afectará a todos. Esta crisis pandémica, la más grave que se recuerda en todo un siglo, puede así traer cambios tanto en la economía como en la política a nivel mundial.

Entre la política de ayer…

Las grandes crisis producen conmociones de tal magnitud que pueden llevar a cambios drásticos en el sistema. En el caso del coronavirus, uno de esos cambios va a ser en el liderazgo internacional. Si bien la pugna entre China y EE. UU. lleva años marcando el orden mundial, el momento en el que el gigante asiático adelantaría a Washington aún se veía lejano; incluso los planes de Pekín preveían que, de ocurrir, esto tendría lugar en 2050. Sin embargo, China se está poniendo al mando de esta crisis, sacándole ventaja a EE. UU. en el envío de ayuda a otros países. Por el contrario, Washington no ha sabido ver la oportunidad ni la necesidad de cooperar a nivel internacional: mientras China fletaba aviones de ayuda a países europeos, Trump anunciaba la suspensión de todos los vuelos desde Europa sin avisar a sus socios de la Unión Europea, una decisión que añade más tensión a unas relaciones entre la Casa Blanca y Bruselas, que no pasan por su mejor momento. 

Por otro lado, las organizaciones internacionales también han fallado a la hora de encarar el problema, empezando por la propia UE. Cuando la crisis estaba creciendo en Italia, Francia y Alemania, temerosos de que el virus pudiera llegar a su territorio, no dudaron en poner restricciones a la venta de equipamientos sanitarios que tan necesarios eran para su socio y vecino. Mientras cada Estado aplicaba medidas de manera independiente, Bruselas mantuvo un perfil bajo hasta mediados de marzo, cuando los efectos de la pandemia llevaban más de dos semanas azotando Italia y ya estaban agravándose en España. Finalmente, la Comisión consiguió levantar la prohibición de venta de material sanitario y ha eliminado el techo de gasto para hacer frente a la pandemia; el Banco Central Europeo, por su parte, también ha lanzado un programa de estímulo económico. No obstante, la crisis del coronavirus ha llegado a la Unión Europea en uno de sus peores momentos, cuando también estaba gestionando el reto migratorio y el brexit, y vuelve a poner de manifiesto la crisis interna que vive el proyecto comunitario.

La crisis del coronavirus abre una puerta a Pekín para afianzar su poder geopolítico a nivel mundial asegurando acuerdos que refuercen planes como la Nueva Ruta de la Seda.

En cuanto a la Organización Mundial de la Salud, el organismo responsable de la coordinación sanitaria a nivel internacional, los Estados han fallado en su responsabilidad de informar a esta institución de las medidas que estaban aplicando. Entre ellos y de forma destacada, China respondió tarde y ocultó información durante las primeras semanas del brote, provocando que se extendiera fuera de sus fronteras. De los setenta países que habían impuesto restricciones a los viajes internacionales el 12 de marzo, solo cuarenta y cinco mantuvieron informada a la OMS de las medidas adoptadas. La autonomía de los Estados en la gestión de la pandemia ha agravado el problema y abre el debate sobre si será necesario revisar los mecanismos de control una vez pase la crisis. 

Para ampliar: “El coronavirus es la oportunidad que China estaba buscando para liderar el mundo”, Fernando Arancón en El Orden Mundial, 2020

…y la política de mañana

El fallo de las herramientas de coordinación internacional ante el coronavirus, así como la crisis económica que va a suceder a la pandemia, van provocar la aparición de alternativas al sistema actual. Por un lado, habrá quien apueste por un modelo de globalización dominado por el proteccionismo, lo que se ha bautizado como la desglobalización internacional. Aquí es donde cabe esperar que los partidos populistas, la extrema derecha y los movimientos de izquierda antiglobalista centren su discurso: se apelará a una relocalización de la producción dentro de las fronteras nacionales, una mayor soberanía para no depender de decisiones exteriores o un endurecimiento de las fronteras para evitar que “los de fuera” traigan nuevos virus. Aunque este nuevo proteccionismo no implicaría negar que el mundo está interconectado, las relaciones internacionales dejarían de apostar por la cooperación entre Estados para avanzar a un modelo en el que cada país responde a las amenazas globales de forma individual.

También se planteará la posibilidad opuesta: avanzar hacia una mayor integración entre países. Este golpe a la globalización se puede convertir en una oportunidad de reformular el sistema internacional, demostrando que una amenaza como esta no entiende de fronteras y que responder a ella exige cooperación internacional, un consenso global. Surge, por tanto, una ocasión para solucionar la crisis en la que se encontraba el multilateralismo en los últimos años, crucial también para otros retos globales como la crisis climática o la migración.

El otro cambio que va a traer esta crisis es en la política nacional, especialmente en las democracias occidentales. El modelo de la globalización liberal ha ido reduciendo paulatinamente el peso del Estado como garante de las necesidades básicas de los ciudadanos, pero la pandemia ha vuelto a poner de manifiesto la necesidad de contar con instituciones fuertes y una clase política capaz de tomar una decisión difícil en pos del bien común. Uno de los grandes fallos en esta crisis ha sido que muchos Gobiernos han esperado demasiado para aplicar estas decisiones drásticas por miedo a los costes políticos que pudieran tener.

Los principales ejemplos de éxito en la lucha contra el coronavirus —China, Corea del Sur, Singapur y Taiwán— tienen algo en común: un Estado fuerte capaz de dar una respuesta adecuada a una crisis de esta envergadura. En particular, el éxito chino, junto con la campaña mediática que ha lanzado su Gobierno, puede hacer que muchos se sientan seducidos por el sistema organizativo chino y su capacidad de reacción. Sin embargo, parte de ese éxito se explica por las carencias democráticas de China, y se corre el riesgo de que su modelo se copie bajo el pretexto de garantizar el bien común, vulnerando libertades básicas de los ciudadanos. Es lo que ha empezado a hacer el Gobierno húngaro de Viktor Orbán, conocido por sus tendencias autoritarias, que ha aprovechado la coyuntura para extender el estado de emergencia hasta finales de 2020 y endurecer las penas por diseminar noticias falsas, una medida que recorta la libertad de prensa. Frente a esto, otros casos como los de Corea o Taiwán demuestran que un Estado puede ser capaz contener esta pandemia sin tener un régimen autoritario.

El reto para las democracias liberales está, por lo tanto, en recomponer la credibilidad de su política tradicional tras esta crisis. Por el momento, los populismos se han quedado fuera de juego: sus discursos no encajan con la respuesta necesaria ante una crisis como esta. Está en la mano de los partidos tradicionales articular un discurso frente a la polarización que proteja la unidad frente a la pandemia y defienda cuestiones básicas como la sanidad, los incentivos a la recuperación económica o la inversión en tecnología. No obstante, los movimientos de extrema derecha también tienen la oportunidad de instrumentalizar esta crisis: el reclamo de un Estado fuerte encaja a la perfección con las ideas que mueven a estos partidos y a sus votantes, y el fallo de la globalización alimenta sus discursos proteccionistas. No sería raro que Salvini acabara culpando a la UE o la OMS de los muertos italianos, o que Trump apele a teorías de la conspiración sobre el “virus chino” y a la necesidad de unirse como estadounidenses frente a la amenaza exterior. 

Para ampliar: “El sistema de crédito social chino”, Andrea G. Rodríguez en El Orden Mundial, 2018

La tecnología al servicio del Estado

Por último, la gran ganadora en esta pandemia mundial ha sido la tecnología. En todos los países en los que se ha hecho frente con éxito al virus, la tecnología ha demostrado su utilidad en esta labor. Como han probado China o Corea del Sur, el seguimiento del individuo a través de aplicaciones móviles y la recopilación de datos personales para controlar los focos de contagio han servido para reducir la propagación. En China se ha llegado a desarrollar un sistema de puntuaciones por colores para determinar quién puede hacer qué cosa o no basado en datos personales que evalúan el riesgo que supone cada persona. Además, la necesidad de aislarse ha hecho que el teletrabajo y la conexión digital se potencien como nunca antes. Las tecnologías, que ya tenían un papel preponderante en nuestra realidad, se han vuelto esenciales ante esta amenaza. 

Pero ese avance tecnológico también supone un reto, puesto que puede abrir la puerta a la vulneración de las libertades individuales. Para países como China, que es el más avanzado en la aplicación de tecnología para controlar a la población, estas herramientas han facilitado mucho responder de forma efectiva ante el virus. Otras sociedades, como la coreana, están mucho más digitalizadas que las occidentales, lo que demuestra que la aplicación de esta tecnología también puede hacerse dentro de parámetros democráticos. No obstante, el problema es que se están adoptando tecnologías de control social donde no se utilizaban antes, y se está haciendo rápidamente y en un contexto de alarma excepcional. En el futuro, la tecnología será necesaria para contener nuevos brotes, pero por el camino podrían ponerse en peligro libertades y derechos: el miedo a perder el trabajo por el virus podría suponer un recorte de derechos laborales, o el miedo a una nueva pandemia podría justificar controles sociales que vulneren la intimidad de los ciudadanos. Si el coronavirus va a provocar que el Estado vaya a tener más peso en el futuro, habrá que medir hasta qué punto y en qué momentos ese Estado puede estar por encima de las libertades de sus ciudadanos.

Para ampliar: “El big data, o cómo tus datos le han dado más poder a la política y a la economía”, Fernando Rey en El Orden Mundial, 2020