Entre 1955 y y 1973, varios millones de personas, principalmente de los países mediterráneos, llegaron a Alemania en búsqueda de una oportunidad laboral. El fenómeno, impulsado de forma deliberada por las empresas y las autoridades estatales, tenía un objetivo claro: cubrir el déficit de mano de obra que estaba generando el rápido crecimiento económico del país.
Cincuenta años después, Alemania se ha convertido en uno de los países más poderosos del mundo, pero las disyuntivas a las que se enfrenta hoy no son muy diferentes a las de aquel momento. Desde hace años, el país es incapaz de alimentar su mercado laboral por sí solo ―acumula cerca de 1,2 millones de empleos vacantes― y el número potencial de trabajadores podría desplomarse un 40% de aquí a 2060 si no llegan nuevos migrantes.
Hoy, además, el país se enfrenta a un problema añadido: la fuerza laboral debe aumentar en 1,1 millones de trabajadores durante los los próximos treinta años para mantener estable la proporción entre habitantes en edad de trabajar y los mayores de 65 años. O lo que es lo mismo, hay que sumar población activa para equilibrar una pirámide poblacional envejecida y hacer sostenible el sistema de pensiones.
Frente al discurso antiinmigración que han cosechado algunos partidos durante los últimos años, no son pocas las autoridades alemanas que han insistido en abordar este reto con el mismo pragmatismo que hace medio siglo. Según ha reconocido el jefe de la Agencia Federal de Empleo, el país necesita una inmigración neta de 400.000 personas al año para cubrir las exigencias del mercado laboral, una cifra que incluso para el segundo destino de migrantes del mundo está siendo difícil de alcanzar. Sin ir más lejos, en 2019, el último año antes de que estallara la pandemia, Alemania tuvo un balance migratorio neto de 327.060 personas.
La irrupción del coronavirus ha terminado por complicar el panorama. Durante el año pasado la movilidad internacional quedó congelada y 2020 arrojó el dato migratorio más bajo de la década en Alemania, con un balance de apenas 220.251 personas. Como consecuencia, la población total decreció por primera vez desde 2011, con una pérdida interanual de 12.000 personas.
El agotamiento del modelo demográfico es igual de palpable si se atiende a lo que sucede con población nativa, que lleva desde 2012 decreciendo debido principalmente a un índice de fertilidad menguante ―1,57 hijos por mujer en la actualidad― y a un aumento continuado de las defunciones.
Si bien la covid-19 explica en parte las últimas cifras de mortalidad ―el saldo de 2020, 985.572 decesos, es el peor desde 1975―, el envejecimiento de la población también lleva tiempo siendo un factor de preocupación. No en vano, la edad media no para de crecer ―45,7 años en 2020, casi seis más que en el 2000― y se espera que en 2050 los mayores de 64 años supongan cerca de un tercio de la población.
A nivel interno, el factor territorial tampoco se ha librado de estos desequilibrios en materia migratoria y poblacional. Tras tras la caída del muro de Berlín, en 1989, se produjo un éxodo de casi dos millones de alemanes de este a oeste, la mayoría jóvenes con títulos universitarios que abandonaron la antigua República Democrática de Alemania.
La causa fue una enorme desigualdad económica que se sigue manteniendo en la actualidad: el este tiene una mayor tasa de desempleo —6,9% frente al 4,8%—, una menor renta per cápita —32.108 euros frente a 42.971— y un salario un 14% más bajo que el occidental.
La crisis migratoria de 2015: entre la acogida humanitaria y la eficiencia alemana
La gran crisis de refugiados de 2015 no ha sido la primera vez que Alemania ha enfrentado a un reto migratorio de alta intensidad. A partir de los años noventa el país recibió solicitantes de asilo provenientes del antiguo bloque del Este y Turquía, pero también yugoslavos que escapaban de la guerra y europeos que aprovecharon la ampliación de 2004 para buscar mejores condiciones laborales en Alemania.
Pero a diferencia de los anteriores flujos migratorios absorbidos por el país germano, la crisis de refugiados de 2015, muy concentrada en poco tiempo, planteó un enorme desafío a la sociedad alemana. En un contexto en el que el sistema europeo de acogida entraba en barrena, Merkel decidió –»Podemos lograrlo»– convertir Alemania en el destino de cerca de 1,3 millones de refugiados, la mayoría provenientes de Siria, Irak y Afganistán.
El proceso de acogida humanitaria dio paso rápidamente a una agilización y estandarización en la gestión migratoria. En 2016, apenas unos meses después de la crisis, se aprobó la Ley de Integración, pactada entre democristianos (CDU) y socialdemócratas (SPD). La norma, además de eliminar obstáculos burocráticos para la incorporación de personas migrantes al mercado laboral, incentivó a los solicitantes de asilo a recibir formación profesional y a aprender el idioma. La ley también era exigente en materia de obligaciones: rechazar una oferta podía suponer ser sancionado con un recorte de las ayudas económicas.
Cinco años después, casi la mitad de los refugiados que llegaron entre 2013 y 2016 han conseguido un empleo, mientras que cifras también muestran la influencia migratoria de los últimos años en la estructura poblacional y laboral. El 25% de los alemanes son inmigrantes de primera o segunda generación, la mayoría de ellos provenientes de Turquía, Polonia y Siria, y la proyección es que en 2040 sean el 35%.
Su llegada ofrece una respiro para el asfixiado mercado laboral germano: el 49% de los extranjeros tiene entre 25 y 45 años, frente al 32% de los nativos, y el 47% de ellos cuenta con un empleo. Además, solo el 28% depende del Estado, ya sea a través de pensiones, paro u otras ayudas directas, una proporción que en el caso de los alemanes aumenta al 31%.
Pese a esto, el proceso de integración aún presenta retos pendientes. Según la Agencia Federal de Empleo, apenas la mitad de los refugiados ha conseguido un empleo cualificado, una cifra que en sus países de origen llegaba al 80%. La inserción de la mujer al mercado de trabajo, por su parte, también presenta importantes deficiencias en un contexto donde margen de maniobra todavía es amplio: tal y como advierte el Banco Mundial, las personas que migran desde países de bajos ingresos a países de altos ingresos normalmente ganan entre tres y seis veces más dinero, y su productividad aumenta por el simple hecho de cruzar la frontera, ya que los países desarrollados poseen infraestructuras y recursos más consolidadas.
Inmigración a la carta
El relativo éxito en el proceso de integración y las necesidades económicas y poblacionales de Alemania no han sido suficientes para evitar un aumento de las hostilidades contra el sistema de acogida y la gestión migratoria, que todavía vive un punto muerto a nivel europeo tras años de fuertes encontronazos.
En el caso alemán, el partido ultraderechista AfD aprovechó incidentes como la serie de agresiones sexuales que se denunciaron en la Nochevieja de 2015 en Colonia o el atentado al mercado navideño de Breitscheidplatz de Berlín en las navidades de 2016 para embarrar la cuestión migratoria y demonizar la política de Merkel. En las elecciones federales de 2017, Alternativa para Alemania entró por primera vez en el Bundestag con el 13% de los votos.
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Las voces disonantes también ha resurgido dentro de la propia CDU, el partido de Angela Merkel, y hasta la propia sociedad alemana cambió su parecer con respecto a los refugiados: si en 2015 el 66% de la población apostaba por permitir la entrada a un gran número de solicitantes de asilo, en 2019 solo el 31% pensaba que la mayoría de ellos podrían integrarse con éxito.
Estas tensiones han terminado impulsando nuevos cambios en el modelo migratorio alemán, como la aprobación, en 2019, de una ley para agilizar el proceso de deportación u otra para promover la llegada de trabajadores cualificados. Esta última, vigente desde marzo de 2020, permite a trabajadores cualificados procedentes de fuera de la Unión Europea ingresar en Alemania de forma mucho más ágil, con la posibilidad incluso de pasar seis meses buscando trabajo en el país sin haber recibido ninguna oferta previa.
La integración e incorporación de la inmigración en Alemania es uno de los legados económicos más reconocibles de Angela Merkel. Pero aunque la canciller abandonará el poder dejando una economía en crecimiento y una tasa de desempleo reducida a la mitad, las cifras también dibujan una sociedad demográficamente estancada donde la generación del baby boom se ha quedado sin relevo y el envejecimiento de sus habitantes amenaza con dinamitar el Estado del bienestar. Siguiendo la tradición del último medio siglo, la inmigración ha sido una parte fundamental del plan de Merkel para detener el hundimiento.
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