El uranio es uno de los recursos con mayor valor estratégico del mundo. Es por ello que los países productores de este elemento radioactivo se han convertido en piezas claves de la geopolítica mundial, ya sea por la dependencia que generan en otros países a través de la producción de uranio o por el enorme interés que las grandes potencias tienen en asegurarse que todo funcione correctamente en sus fuentes de combustible nuclear.
Así, muchos de estos países tienen un socio preferente de cara a venderles su producción de uranio. Kazajistán, por ejemplo, nutre a sus vecinos más próximos, como China, Rusia o India, lo que indica cierta independencia comercial y diversificación de sus fuentes, mientras que Canadá vende su producción a Estados Unidos y Níger el 100% a Francia, en un ejemplo más de la influencia que sigue teniendo París en sus excolonias.
El uranio, junto con otros recursos minerales como el oro, el coltán, el aluminio o tierras raras, es fundamental en las relaciones entre países, ya que toda la energía nuclear de uso civil depende de esta materia, así como el enriquecimiento de este material para su uso en armas nucleares.
La demanda de uranio para su uso en centrales nucleares lleva, eso sí, varios años estancada, especialmente desde el cambio de milenio y tras el gran desarrollo que han registrado las renovables. Esto también se ha notado en su peso dentro del mix energético: en los últimos veinte años, la energía nuclear ha pasado de generar el 17% de la electricidad global a apenas el 10%. El accidente en la central japonesa de Fukushima, en 2011, aceleró todavía más este declive.
Sin embargo, el fuerte debate en torno a la crisis climática y la apremiante necesidad de acelerar la transición energética parecen haber provocado un renacimiento de la energía atómica en los últimos tiempos, coincidiendo con el aumento de los costes energéticos en gran parte del mundo.
En la Unión Europea, la postura de Francia, antes marginal, ha ganado terreno hasta el punto de que las instituciones europeas han propuesto incluir a la nuclear en su taxonomía verde, que orientará las inversiones energéticas durante los próximos años. Mientras, otros socios comunitarios, como Países Bajos, han descartado abandonar esta energía –como tenían planeado– y ya trabajan en la construcción de nuevas centrales.
En la actualidad, las empresas de energía nuclear consumen unos 82.000 toneladas de uranio al año, aunque el nivel de extracción es sensiblemente menor –unas 57.000 toneladas–. Para compensar este desajuste se están usando reservas y suministros secundarios, como los de las ojivas nucleares.
Al igual que ha sucedido con otros recursos y combustibles, el uranio no ha sido inmune a la crisis energética provocada por la pandemia de coronavirus. Los problemas en las cadenas de suministros, estranguladas por la alta demanda registrada tras la reapertura de la actividad económica, también ha llevado a un aumento de cerca del 37% en el precio del uranio, unos niveles que no se registraban desde 2012.
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A esto se unen las masivas protestas que han tenido lugar en Kazajistán, el principal productor de uranio del mundo con mucha diferencia. Si bien las minas del país se sitúan en la región sur, donde no ha habido protestas, otras zonas muy importantes para la ruta de abastecimiento a China –que compra la mitad de la producción kazaja– sí que registraron enfrentamientos, aunque con pocas consecuencias para el suministro.








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