Aunque Venezuela es el sexto país más extenso de Sudamérica con más de 900.000 kilómetros cuadrados de superficie, su geopolítica le empuja más a mirar hacia el Caribe que a mirar hacia la región sudamericana. En muchos aspectos podríamos considerar que Venezuela es la puerta entre ambas zonas, de ahí su importancia política, económica o incluso estratégica.
En la franja norte del país, cerca de la costa, es donde se desarrolla prácticamente toda la actividad económica de Venezuela y donde está concentrada la población. Entre los estados de Miranda, Aragua, Carabobo y Lara, además del propio Distrito Capital —donde se encuentra Caracas— se acumula más de la mitad de la población del país, aunque también existen otros polos demográficos importantes como Maracaibo —en el estado Zulia, el más poblado de Venezuela— y Táchira, limítrofe con Colombia.
Hacia el interior, a ambos lados del río Orinoco, se encuentran los ingentes recursos naturales de los que goza el país. Por un lado está la llamada Faja Petrolífera del Orinoco, que contiene las mayores reservas probadas de crudo del mundo y que la propia Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) ha cuantificado en algo más de 300.000 millones de barriles. Pero esta bendición de la naturaleza tiene una contrapartida: el petróleo de esa zona es principalmente pesado y extrapesado, es decir, dos tipos de crudo difíciles y costosos de refinar, muy distinto al crudo liviano que por ejemplo extrae Arabia Saudí. Estas características han llevado a que el mayor cliente de crudo venezolano haya sido durante muchos años Estados Unidos —también durante los mandatos de Chávez y Maduro— por ser el único país que tenía la capacidad de refinar ese petróleo, ya que la petrolera estatal venezolana PDVSA carecía de la tecnología necesaria. En consecuencia, Venezuela exporta petróleo crudo en grandes cantidades a Estados Unidos e importa de allí petróleo refinado —listo para ser utilizado—. El resultado de este lucrativo modelo rentista ha sido la gigantesca dependencia del crudo. En 2018 el 99% de las exportaciones del país fueron hidrocarburos.

Desde la orilla sur del principal río de Venezuela se extiende el llamado Arco Minero del Orinoco, un enorme proyecto ideado en un inicio para reducir el peso del petróleo en las exportaciones del país. Esta estrategia de diversificación extractivista apostaba por los yacimientos de oro, hierro, coltán o aluminio situados en esta amplia región y que son enormemente codiciados por la industria tecnológica actual. Sin embargo, la ausencia de recursos para poder invertir y una deficiente gestión del proyecto ha llevado a que el Arco Minero del Orinoco sea un foco de corrupción, contrabando de minerales y daños medioambientales.
Porque además podemos considerar que Venezuela es un país que se diluye por su parte occidental y oriental. La frontera con Colombia es de una enorme porosidad debido a su geografía —zonas montañosas y con enorme densidad de vegetación—, una variable que ha sido clave en la movilidad transfronteriza. El límite con Colombia ha sido la ruta más utilizada —especialmente por la ciudad de Cúcuta— para la salida de millones de venezolanos del país en los últimos años, y también para el movimiento de grupos relacionados con el crimen organizado o paramilitares, como las FARC o el ELN colombianos, que utilizan con frecuencia el suelo venezolano como refugio. Hacia el este, Venezuela tiene una reclamación territorial sobre Guyana por el territorio del Esequibo, una zona que Venezuela considera históricamente suya pero cuya soberanía y administración actual están en Guyana, antigua colonia británica. Más allá de controversias históricas, la zona no tiene un gran valor actual salvo por sus recursos naturales, como algunos depósitos minerales y, sobre todo, una bolsa de hidrocarburos en sus aguas —la extensión de la del Orinoco— que Venezuela podría explotar si lograse ese territorio. Con todo, la disputa está actualmente en la Corte Internacional de Justicia, que tendrá que decidir sobre este diferendo.

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