La situación geopolítica de China, como segunda potencia del globo, es enormemente compleja, ya que mezcla un entorno plagado de países poderosos y tensiones con sus propias ambiciones, que no son escasas.
En su expansión, el Imperio del Medio ha priorizado dos vías por igual: la terrestre y la marítima. En el primer caso, el expansionismo chino mantiene una lógica de generación de influencia —y de poder— por la vía económica. Así nos encontramos con que la presión demográfica en Manchuria está desbordando la frontera con Rusia y, de forma oficiosa, los ciudadanos chinos están colonizando esa parte del extremo oriente ruso, sobre todo mediante concesiones para la explotación de recursos naturales. Hacia el oeste ha desarrollado la conocida Nueva Ruta de la Seda, cuyo primer paso es Asia Central en un largo camino que acaba en Europa y mediante la que pretende abrir nuevos mercados y gozar de un papel protagonista.
Por la vía marítima ha desarrollado un componente militar junto con la primacía económica. En Pekín son conscientes de que necesitan un poder naval notable para mantener a raya a vecinos poderosos —en el presente o en el futuro— como Japón o India, además de a Estados Unidos. De ahí que hayan desarrollado su estrategia del Collar de Perlas, una serie de bases militares y puertos comerciales cuya finalidad es tener un control claro y firme desde sus costas hasta Oriente Próximo y la costa este africana. Gracias a ella, además, podrán proteger sus intensos flujos comerciales, ya que la dependencia china del comercio —ya sea para conseguir materias primas como para exportar su producción— es considerable.
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