Los niños que crecen en entornos desfavorecidos y caen por debajo del umbral de pobreza muy probablemente vivirán la misma situación toda su vida, al sufrir en el largo plazo los efectos de problemas tan determinantes como la falta de acceso a una educación de calidad o a una vivienda digna. En la Unión Europea, casi un 25% de los menores de 18 años y el 22% de los adultos se encontraban en riesgo de pobreza o exclusión social en 2022, según datos de Eurostat, por lo que se trata de una amenaza muy palpable.
Los Estados miembros con las tasas de riesgo de pobreza infantil más elevadas son, por orden, Rumanía, España, Bulgaria, Grecia e Italia. Estos países del sur y este de la Unión Europea sufrieron graves pérdidas económicas durante la crisis de 2008 y han continuado enfrentando problemas estructurales significativos, como un alto desempleo, precariedad laboral juvenil, bajos salarios y graves dificultades para acceder a una vivienda.
A pesar de ser la región del mundo con un nivel desarrollo más alto y una menor incidencia de la pobreza extrema, la UE arrastra de esta manera una tasa de pobreza juvenil preocupante, con graves consecuencias para el futuro de un continente que también es el más envejecido. En cifras totales, 20 millones menores de edad experimentan privaciones en su vida diaria que les hacen ser considerados personas en riesgo de pobreza y exclusión.
Este indicador, creado por las instituciones europeas y comúnmente conocido como AROPE (At Risk of Poverty and/or Exclusion), no solo tiene en cuenta los niveles de renta para evaluar la situación de la población, sino que también analiza la carencia material severa de bienes y la actividad laboral de los hogares europeos.
Dentro de la carencia material severa se incluyen aquellos individuos que experimentan una falta forzosa de al menos siete de los trece elementos de privación establecidos por Bruselas. Se incluyen, entre otros, la capacidad de los hogares para hacer frente a gastos imprevistos, mantener el hogar caliente en invierno, acceder a una semana de vacaciones al año o disponer de un vehículo de uso personal. A nivel individual, se tienen en cuenta dimensiones como la conexión a Internet, la posibilidad de reemplazar la ropa usada por otra nueva o el tiempo libre para dedicar a actividades de ocio.
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Por hogares, el porcentaje más alto de riesgo de pobreza es el de las familias monoparentales (49%), mientras que en relación a la mayor exposición de los jóvenes, resulta llamativo el caso español, donde los menores de 18 años afrontan un riesgo de pobreza y exclusión social del 35% frente a un 27% del total de la población. La brecha generacional triplica por tanto la europea.
En cuanto a la lucha contra esta situación, Save The Children señala que hay fuertes carencias en las ayudas destinadas específicamente a combatir la pobreza infantil en la Unión Europea. De hecho, aquellos países con peores tasas, como Rumanía, España y Grecia, invierten menos del 1,5% de su PIB en políticas dirigidas a atajar este problema, lejos de la media comunitaria del 2,4%.
La UE, por su parte, se ha propuesto reducir el número de niños que viven en esta situación de veinte a quince millones para 2030. No parece un objetivo excesivamente ambicioso, considerando que en la última década la cifra se había reducido en tres millones. A pesar de ello, el progreso no solo se ha estancado desde 2019, sino que los datos han empeorado debido a la pandemia y a la actual crisis de inflación, según indicó UNICEF.








