Antes de que Irán descubriera un gran campo petrolífero en su territorio, allá por 1908, el interés que el golfo Pérsico despertaba en la comunidad internacional era prácticamente nulo. Un territorio árido con poco que ofrecer, con temperaturas asfixiantes y aguas con una salinidad muy elevada, donde la pesca, la cría de camellos y el cultivo de dátiles eran las principales actividades productivas.
Pero todo cambió con ese descubrimiento. Fueron los británicos los que dieron con él y los que levantaron la mayor refinería del mundo en la ciudad iraní de Abadán, en un contexto en el que el petróleo escaseaba tras la Primera Guerra Mundial. A partir de ese momento, el valor estratégico del mapa del petróleo y el gas en golfo Pérsico se disparó y poco a poco fue aumentando la presencia de potencias extranjeras en la región, con Estados Unidos a la cabeza, que se hizo con el control de las prometedoras reservas de Arabia Saudí.
De esta manera, desde la Segunda Guerra Mundial el golfo se ha convertido en un tablero geopolítico en el que los países más industrializados pugnan por hacerse con el control de las explotaciones o, en su defecto, por ganarse la confianza de sus gestores. El botín es demasiado jugoso: la región aglutina dos tercios de las reservas mundiales probadas de petróleo y un tercio de las de gas, incluidos los dos campos más grandes de cada tipo de hidrocarburo ―Ghawar y South Pars-North Dome, respectivamente―, lo que no impide que la exploración de hidrocarburos continúe y a menudo se produzcan descubrimientos de nuevas reservas.
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