Ucrania, con una superficie de 600.000 km² —algo superior a la Francia europea o la península ibérica—, es el segundo país más extenso de Europa solo por detrás de Rusia, aunque el país euroasiático mantiene ocupada —y de facto anexionada— la península de Crimea, un 4,5% de la superficie de Ucrania.
Kiev fue en el siglo IX la capital de la primera Rusia, la Rus de Kiev. Sin embargo, en 1990 Ucrania se independizó de la URSS y con ello se separó de Rusia, pasando así a formar un Estado tapón entre Rusia y el bloque de la OTAN y la Unión Europea, la cual en 2004 avanzó sobre distintos países del este de Europa.
La Rus de Kiev tuvo gran éxito y se extendió por las áreas más húmedas y boscosas de la Gran Llanura europea desde el Báltico a Ucrania, pero apenas consiguieron penetrar en la estepa, donde las tribus jázaras supusieron un gran obstáculo. A los jázaros les siguieron los pechenegos, cumanos, tártaros y otros pueblos seminómadas.
Mientras que las partes húmedas de Ucrania llevan perteneciendo al mundo eslavo desde el siglo IX las áreas esteparias más secas no fueron densamente colonizadas por eslavos hasta más de un milenio más tarde, ya bajo el Imperio ruso. Y aunque los colonizadores fueron en su mayoría rutenos —ucranianos— estos nuevos territorios se vieron mucho más influidos por Rusia que el resto de la actual Ucrania. Este límite sigue vigente en la actual Ucrania, donde las elecciones desde la disolución de la URSS hasta la revolución de 2014 han marcado dos regiones con clara diferencia de voto. Bien es cierto que electoralmente se ha ido disolviendo desde entonces, pero sigue marcado en el ámbito lingüístico y social.
Dentro de esta región oriental, más influida por la política y cultura rusa, quedó la cuenca de Donbás —es decir, del río Donéts—, una rica región hullera —carbón de alta calidad—, los puertos y los grandes centros industriales que se desarrollaron. Fuera de la región esteparia solo destacan Kiev y Leópolis.
Ucrania ha quedado atrapada entre las dinámicas de Rusia y la Unión Europea; entre el deseo de Rusia de mantener un área de seguridad y de influencia y los valores idealistas de la UE, que muchas veces entran en contradicción y que han mantenido a Ucrania en un delicado limbo.
Este equilibrio saltó por los aires cuando Ucrania tuvo que elegir entre ambos bloques. En 2013 la UE intentó firmar un acuerdo de libre comercio con Ucrania que de facto la incorporaba a su área de influencia, por lo que Rusia presionó en su contra y finalmente el gobierno de Ucrania suspendió la firma del acuerdo. Esto originó la revolución del Euromaidán tan solo 10 años después de la Revolución Naranja, que ha llevado al país a una nueva posición geopolítica.
Tras el Euromaidán y la huida del presidente —prorruso— del país, Rusia aprovechó la situación para anexionarse la rusófona península de Crimea, la única región de Ucrania mayoritariamente poblada por rusos. Sin embargo la prospera región industrial de Donbás, fronteriza con Rusia y en gran medida rusificada, quiso seguir la estela de Crimea, proclamó su independencia e inició una guerra de secesión con Ucrania, un largo conflicto que va camino de enquistarse y donde se han fortalecido distintos grupos extremistas.
La anexión de Crimea llevó a una guerra de sanciones entre Occidente y Rusia; a la pérdida de gran parte del equipamiento militar ucraniano, ya de por sí anticuado; y la pérdida del control del estrecho de Kerch, que conectaba el mar de Azov con el mar Negro y que ahora controla Rusia.
Sin embargo Ucrania heredó de tiempos soviéticos una densa red de gasoductos y oleoductos que conectan Rusia con Europa occidental, y que pese al conflicto abierto con Rusia por Crimea o las sanciones no han dejado de funcionar por la necesidad del occidente europeo de estos hidrocarburos y de Rusia de ingresos, pero que sin embargo otorgan un poder geopolítico inmenso a Rusia sobre Ucrania, aunque también podrían usarse por Ucrania en contra de su vecino.
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