Estos días se cumplen veinte años de la invasión de Irak, una operación construida sobre una mentira pero con consecuencias muy reales. Las guerras, independientemente de su duración, extensión geográfica o facciones involucradas, acostumbran a tener un impacto devastador en la población de un país, incluso sobre las generaciones que aún no han nacido. Irak no es una excepción: dos décadas después de aquel fatídico 20 de marzo de 2003, el país continúa siendo uno de los territorios más castigados por el terrorismo, su esperanza de vida no alcanza los setenta años y el índice de desarrollo humano aún es el de un país empobrecido.
Según el portal Iraq Body Count, hasta 210.090 civiles iraquíes —la cifra de militares es más difícil de averiguar— han perdido la vida de forma violenta desde 2003, a los que hay sumar otras 4.910 vidas de soldados de la coalición, la gran mayoría de ellas estadounidenses, según los cálculos de iCasualties. Son cifras en cualquier caso provisionales y probablemente menores a las reales, ya que solo recogen aquellas muertes que han podido ser documentadas. Un estudio publicado en 2006 en la revista médica británica The Lancet estimó que las muertes atribuibles al conflicto fueron 655.000 durante los primeros cuatro años, el equivalente al 2,5% de la población del país.
Además de la trágica pérdida de vidas, el coste financiero de la guerra fue inmenso. Solo Estados Unidos gastó 3 billones de dólares en operaciones militares en Irak entre 2003 y 2011, según una estimación del Premio Nobel Joseph Stiglitz y la profesora de Harvard Linda Bilmes en el libro The Three Trillion Dollar War. Y aún hoy, hasta una cuarta parte del PIB iraquí se dedica a gastos de seguridad, dinero que podría haberse utilizado para reconstruir y consolidar el país.
Curiosamente, aunque la economía iraquí ha sufrido vaivenes a merced de las oleadas de violencia y aislamiento internacional, sus lucrativas reservas de petróleo han permitido que el país posea en la actualidad el quincuagésimo PIB más alto del mundo. Esa riqueza, sin embargo, no se filtra hasta el pueblo iraquí, que en 2022 ocupaba la posición número 157 —de un total de 180 países— en el ranking del progreso hacia el logro de los objetivos de desarrollo sostenible de la ONU. Era el Estado de ingresos medios peor posicionado, un desempeño que también se repite en el índice de desarrollo humano o el de democracia elaborado por The Economist.
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Los conflictos también tienen impacto en la esperanza de vida de la población, especialmente la de los grupos más vulnerables. En Irak, la esperanza de vida de las mujeres es de sólo 68,6 años, una de las más bajas del mundo y muy por debajo de la media regional de 74 años, de acuerdo a las cifras del Banco Mundial. Y aunque los datos son más limitados, los efectos de la guerra sobre la educación de los niños iraquíes también son considerables. Según UNICEF, cerca de uno de cada diez niños no recibía escuela primaria en 2018.
La destrucción de infraestructuras a causa de la guerra es una de las causas. Las escuelas quedaron dañadas o destruidas, lo que dificultó la asistencia regular de los alumnos a clase. Además, muchos profesores han abandonado el país debido a la inseguridad o han emigrado en busca de mejores oportunidades laborales. De hecho, la invasión de 2003 dio lugar a hasta 9,2 millones de desplazados, la mayoría de ellos dentro del propio Irak.
Una invasión que abrió las puertas de Irak al terrorismo
La coalición internacional liderada por Estados Unidos fue capaz de capturar a Sadam Husein y derrocar su régimen baazista en apenas seis semanas. La motivación principal de la intervención era impedir que Irak hiciera uso de su supuesto armamento de destrucción masiva, aunque las fuerzas invasoras nunca pudieron encontrar evidencias de su existencia. A pesar de ello, el presidente estadounidense George Bush dio por cumplida la misión en mayo de 2003.
Pero de lo que no fueron capaces los soldados extranjeros fue de asegurar y sostener la nación después de desmantelar su dirección, y el vacío de poder fue rápidamente ocupado por diferentes milicias. Desde 2006 en adelante, el país sufrió un periodo oscuro de violencia sectaria sin precedentes, con la Al-Qaeda suní y los seguidores del clérigo chií Muqtada al-Sadr como milicias más destacadas. Esa situación que no hizo sino empeorar tras la retirada definitiva de las tropas estadounidenses en diciembre de 2011.
En 2013, el incipiente Estado Islámico comenzó a conquistar amplios territorios en Siria e Irak, y a mediados de 2014 capturó Mosul y desde allí autoproclamó el califato. El grupo terrorista impuso entonces la ley sharía y reprimió duramente a la población civil, incluyendo pogromos masivos en los que asesinó, esclavizó o expulsó a miles de personas inocentes. Las fuerzas armadas iraquíes fueron capaces de recuperar el control del país poco a poco, pero en 2022 el país continuaba siendo el segundo que más ataques terroristas sufría del mundo. Tras dos décadas de inestabilidad y pólvora, Irak no es ni más pacífico ni más próspero antes de la invasión, y las promesas de democracia y libertad solo han derivado en un Estado disfuncional que continúa empapado por la violencia.
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