Una nueva ofensiva yihadista contra la capital de Malí, Bamako, ha vuelto a poner en el foco en el país, donde las fuerzas terroristas del JNIM (‘Grupo de Apoyo al Islam y los Musulmanes’, por sus siglas en árabe), una de las filiales más poderosas de Al Qaeda, han atacado repetidamente las principales carreteras que conectan la ciudad con Costa de Marfil y Senegal, principales proveedores de combustible y otros materiales del país, sin salida al mar.
La incursión sobre Bamako, que dura ya varias semanas y ha provocado protestas entre la población, no es un caso aislado en el Sahel. Lastrada por la inestabilidad estatal y la pasividad internacional, esta región de África se ha convertido en el nuevo centro del yihadismo global, con grupos como el propio JNIM, un paraguas que abarca a cuatro grupos yihadistas, o el Estado Islámico en el Gran Sahel (ISGS), que actúa en la triple frontera entre Níger, Burkina Faso y Malí.
Ambos grupos, enfrentados desde 2020 por el control regional, se han presentado como protectores frente a las fuerzas estatales, capitalizando con éxito el enfado y las tensiones étnicas en las zonas rurales, dónde poseen mayor implantación. El JNIM, de hecho, controla amplios territorios en el interior y el norte de Malí.
La expansión de la violencia yihadista por el Sahel se ha intensificado tras la retirada de las tropas occidentales, especialmente las francesas, que permanecieron más de una década en la región con misiones antiterroristas. Este repliegue ha dejado un vacío de seguridad que los grupos armados han aprovechado para extender su control e influencia. Como resultado, en 2024 más de la mitad de las muertes causadas por el terrorismo a nivel mundial se concentraron en esta franja africana.
A esto se suma la presencia del antiguo Grupo Wagner, hoy rebautizado como Africa Corps. Esta compañía rusa de mercenarios, ahora bajo la órbita del Kremlin, extendió su influencia en la región aprovechando el sentimiento antioccidental. Su capacidad de estabilización ha quedado cada vez más en entredicho. La situación se ha hecho más evidente tras sus derrotas en países estratégicos como Malí y los últimos ataques del JNIM contra la capital, en un país en el que el grupo aún mantiene unos 2.000 efectivos desplegados.
En los últimos cinco años, el Sahel ha registrado hasta once intentos de golpes de Estado en ocho países. En Malí (2020), Guinea (2021), Chad (2021), Sudán (2021), Burkina Faso (2022) y Níger (2023) los Gobiernos militares aún resisten, aunque el avance del yihadismo amenaza cada vez más la débil estabilidad de varios de ellos.
El Sahel es una franja de más de 6.000 kilómetros que cruza África de este a oeste y que actúa de zona transitoria entre el desierto del Sáhara y la zona tropical del África subsahariana. Es una zona de paso para las rutas migratorias hacia el norte del continente y hacia Europa, además de estar azotada por la desertificación y el cambio climático.
Su inmenso tamaño —abarca desde Mauritania y el norte de Senegal a orillas del mar Rojo—la convierte en una región geopolítica muy compleja, con particularidades políticas, económicas y sociales diferentes a las que puede haber en otras zonas del continente.
Uno de los elementos comunes es el pasado colonial y la presencia histórica de potencias europeas. Ejemplo de ello es la intervención de Francia en Malí a partir del golpe de Estado de 2012 en el país. Las tropas francesas extendieron sus operaciones antiterroristas a Mauritania, Burkina Faso, Níger o Chad. Sin embargo, entre 2021 y 2025 fueron expulsadas de la mayoría de estos países tras la implantación de los nuevos Gobiernos y bajo acusaciones de neocolonialismo y despliegue injustificado.
Las juntas militares que surgieron de los golpes sustituyeron el apoyo francés por el del Grupo Wagner, que llegó a controlar importantes yacimientos minerales y a contar con una estructura y organización sólidas, especialmente en la República Centroafricana. Si bien la compañía sucesora Africa Corps desempeña un papel más reducido e integrado, sigue brindando apoyo militar, entrenamiento y cooperación antiterrorista a los Gobiernos alineados con Rusia, especialmente en República Centroafricana, Malí o Burkina Faso, dónde mantiene una importante base de operaciones.
El nuevo Gobierno de Níger, siguiendo la estela antifrancesa del resto de juntas golpistas de la región, ha decidido además nacionalizar una de las grandes explotaciones mineras del país, SOMAIR, de propiedad francesa desde hace medio siglo, país que llegó a importar en 2022 hasta el 20% de todo su consumo de uranio desde la excolonia africana.
Y es que la región cuenta con algunos recursos muy relevantes. Además del uranio, del que Níger es uno de los principales productores a nivel mundial, la explotación de oro en Malí, Burkina Faso y el propio Níger tiene mucho peso en la región. En Malí, el sector aurífero, tercero del continente tras Sudáfrica y Ghana, se encuentra cada vez más controlado por la junta militar, que ha concedido licencias a empresas vinculadas a Rusia y al antiguo Grupo Wagner. A ello se suma la minería artesanal, extendida por amplias zonas rurales, cuya opacidad facilita la economía informal y el control de rutas por parte de actores armados no estatales.
Desde principios de siglo, las distintas intervenciones internacionales llevadas a cabo en la región han fracasado. Es el caso de la Minusma, la misión de paz de Naciones Unidas que operó en Malí desde 2013 hasta 2023. También ha caído en desgracia el G5 Sahel, que nació en 2014 para fomentar el desarrollo y la cooperación regional, pero de la que ya solo son parte Mauritania y Chad.
Además de romper con el G5 Sahel, las nuevas juntas militares de Burkina Faso, Níger y Mali han abandonado la Cedeao, organización regional bajo el paraguas de la Unión Africana. Como alternativa, han creado una nueva Alianza de Estados del Sahel, que además está valorando fundar una federación en el largo plazo y plantea hasta una moneda común. Aunque esa federación es poco probable, por la enorme cantidad de problemas internos y la falta de control territorial efectivo de las juntas, todos estos cambios dan muestra de un nuevo orden en el Sahel.
El fin de la Francáfrica y la ruptura con las antiguas potencias coloniales marcan el alejamiento definitivo de la órbita occidental y un giro hacia Rusia. Sin embargo, la crisis en Malí pone en cuestión el papel de Moscú como socio estratégico: las alianzas con Africa Corps no han conseguido aportar la seguridad y estabilidad que se esperaba y la región ha vivido una expansión del yihadismo y un deterioro general de la seguridad.
En este contexto, el colapso del Gobierno de Malí es una posibilidad. Aunque es improbable que el JNIM logre tomar la capital, Bamako, el bloqueo prolongado agravará la escasez de suministros y el desgaste del Ejecutivo, que podría recurrir a una mayor represión.
Este mapa forma parte de una colaboración entre Casa África y El Orden Mundial.










