Es noviembre de 2016 y Vladimir Putin se encuentra dirigiendo la entrega de premios de la Sociedad Geográfica rusa, televisada en todo el país. Agarrado al hombro de un niño y ligeramente encorvado, pregunta por los límites de las fronteras de Rusia. El chico, con cara de concentración, responde que en el estrecho de Bering frente a Estados Unidos. Putin se muerde el labio, busca la complicidad del auditorio y mientras esboza una media sonrisa le replica que las fronteras de Rusia no acaban nunca.
Casi seis años después, en julio de este mismo año, con Ucrania invadida y Europa sin gas, el dirigente firmó la nueva estrategia naval de Moscú, que extiende de forma explícita los intereses rusos «a todos los océanos del mundo» y pretende afianzar su poder en el mar Báltico, el Negro, el de Azov y el océano Ártico. Unas semanas antes se había comparado por primera vez con Pedro el Grande, el zar que convirtió a Rusia en un imperio arrebatándole territorios a Suecia y Polonia. Para muchos ambas acciones fueron la confirmación definitiva de que las ansias expansionistas de Vladimir Putin no se detendrán en Ucrania. Lo que no fueron, eso sí, es inesperadas ni espontáneas: se trató de la culminación de un proceso que se inició con la llegada misma de Putin al poder y cuyo principal objetivo es hacer de Rusia una potencia naval continental.
El gran problema de ese plan es que el país, pese a su inmensidad, apenas tiene accesos al mar y cuando los tiene es a bolsas casi cerradas. Por eso la búsqueda de entradas directas a rutas navegables ha sido una constante en la historia y la expansión rusas, y la campaña de Putin no es una excepción. Al contrario: el presidente de Rusia ha desempolvado un viejo anhelo de Pedro el Grande para hacer de Moscú el centro de la navegación mundial, la estrategia de los cinco mares.
Moscú, el centro de los cinco mares
“Un soberano que solo tiene un ejército tiene una mano, mientras que quien además posee una marina, tiene dos”, afirmó una vez Pedro el Grande. El zar se había dado cuenta de que para rivalizar con otras potencias —y participar en la colonización de las Indias, América y África— necesitaba una flota. Para ello conquistó Mariúpol, se hizo con el control del mar Negro y se abrió paso hasta los mares de aguas calientes. Pero su gran victoria llegó desde latitudes más al norte: tras aplastar a suecos y cosacos, construyó en 1703 a orillas del Báltico la nueva capital de su imperio, San Petersburgo, un «puente» entre Rusia y Europa. Allí fundó también la Armada rusa, que conserva el emblema que Pedro el Grande imaginó, dos anclas que miran a este y oeste.
El acceso de Rusia al mar o cómo hacer navegable una potencia terrestre
Al igual que el zar, Putin anhela una flota puntera capaz de navegar por todo el globo, y se ha centrado en potenciar una estrategia que además tiene en Moscú su pieza central: el sistema unificado de aguas profundas de la Rusia europea, con cerca de 6.500 kilómetros. Con la capital ubicada junto a un río navegable unido con el Volga, el Estado ruso lleva tejiendo desde hace décadas —especialmente desde finales de la II Guerra Mundial— una red fluvial que conecta Moscú con los cinco mares que rodean la frontera occidental del país —el Blanco, el Báltico, el de Azov, el Negro y el Caspio—. Para ello, ha aprovechado la corriente del Volga —columna vertebral de la Rusia europea—, los ríos Don y Svir, el lago Onega y diversos canales.
El sistema cuenta con una profundidad media de cuatro metros, lo que posibilita el tráfico de mercancías y pasajeros. Lo que aún no permite es la circulación de una flota de gran calado, pero ya se ha proyectado el canal Eurasia, cerca de Volgogrado, para abrir una nueva ruta entre el Caspio y el mar de Azov. El proyecto ya había sido planteado antes de la IIGM, fue rescatado por Putin en 2007 y, aunque aún se encuentra en una fase muy inicial, la empresa china estatal de ingeniería y construcción SinoHydro se ha asegurado su participación en la construcción, planeada para 2027.
En este sentido, la retirada del ejército ruso de algunas posiciones en Ucrania no empaña la conquista total del mar de Azov, una base naval desde la que podría llegar a lanzar ataques a gran escala desde el agua. En la guerra de Siria, por ejemplo, su flota disparó misiles desde el mar Caspio.
Objetivo: puentear Europa
Pero por mucho que Rusia haya mejorado su conectividad marítima gracias a la estrategia de los cinco mares, no hay que olvidar que la banquisa de hielo ártica sigue imposibilitando la ruta que se abre al este desde el mar Blanco. Tampoco que los mares europeos cuentan con estrechos controlados por la OTAN que, en caso de conflicto, pueden quedar bloqueados. Por eso Moscú se ha volcado hacia el Caspio, un mar cerrado geográficamente pero que abre nuevas puertas hacia Asia Central y el golfo Pérsico. De hecho, Rusia participa junto con India, Irán y Azerbaiyán en el Corredor Internacional de Transporte Norte-Sur (INTSE, por sus siglas en inglés), una red de transporte de 7.200 kilómetros de longitud que pretende reforzar la conectividad comercial entre urbes como Moscú, Astracán y las ciudades iraníes de Teherán, Bandar Abbás o Bandar Anzali.
El INTSE aún necesita reforzar su infraestructura para erigirse como una alternativa a la gran ruta marítima que atraviesa el canal de Suez y rodea Europa hasta alcanzar Ámsterdam o San Petersburgo, pero un estudio en 2014 ya comprobó que permite ahorrar cerca de 2.500 dólares por cada 15 toneladas de mercancía. Por si fuera poco, el corredor pretende ser complementario al acuerdo de Ashgabat, un marco de cooperación también en el campo del transporte de bienes suscrito entre Kazajistán, Uzbekistán, Turkmenistán, Irán, India, Pakistán y Omán que entró en funcionamiento en 2016. Y también podría sincronizarse con el corredor China-Asia Central comprendido dentro de la Nueva Ruta de la Seda.
De esta forma, la prolongación del sistema unificado de aguas profundas hasta India a través del Caspio sí que podría convertir a Rusia en la potencia naval continental que sueña Vladimir Putin, al menos en lo que al comercio se refiere, ya que le permitiría mejorar sus lazos con Asia y romper cualquier relación de dependencia que pudiera conservar con Europa. A ojos del Kremlin, la invasión de Ucrania debería haber reforzado la imagen del país en su vecindad sur y por tanto consolidado su estrategia de los cinco mares, pero lo cierto es que cada derrota de Rusia en el frente es un golpe a su influencia internacional y a su expansión marítima.
Trigo, hidrocarburos y minerales: el mapa de la influencia comercial de Rusia
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