El Pacífico se ha convertido en el escenario de una de las batallas geopolíticas más tensas del planeta. China, Australia, Estados Unidos e incluso Francia llevan años luchando por asentar su influencia sobre los gobiernos de la región, que aún se encuentra en vías de desarrollo y está fuertemente amenazada por el cambio climático. En esa carrera, plagada de viajes diplomáticos maratonianos cada vez más frecuentes, ya hay sin embargo un candidato claramente aventajado que amenaza ahora con situarse a una distancia insalvable de sus competidores: Pekín.
La técnica utilizada por Xi Jinping y su Gobierno en el Pacífico no difiere de la que le ha dado tanto éxito en otras regiones como África o América Latina, donde los movimientos diplomáticos han llegado acompañados de hiperactividad económica y grandes operaciones financieras. En este contexto, China ha donado o prestado cerca de dos mil millones de dólares a los países de la zona desde 2009 en concepto de ayuda al desarrollo, según el Lowy Institute, y ha aprovechado su músculo industrial para convertirse no solo en el primer socio comercial del Pacífico, sino de todo Asia-Pacífico. Es, en concreto, el principal exportador de 28 territorios de la región, según datos de 2019 del Observatorio de Complejidad Económica (OEC, por sus siglas en inglés).
En el caso concreto del Pacífico, al menos son tres las razones que han llevado a China a apostar tan decididamente por los países que baña el océano más grande del mundo. Para empezar, en tiempos de guerra la zona ha jugado un papel muy relevante por su situación geográfica, siendo clave para controlar el suministro de bienes y el acceso a diferentes partes del mundo; en segundo lugar, el Pacífico también forma parte de un plan más amplio de Pekín por el que pretende ganar influencia en pequeños países para reforzar su posición en organizaciones internacionales como la ONU —y debilitar a la vez la de Taiwán—; y, por último, es también una región con materias primas muy interesantes para el insaciable gigante asiático, como los minerales, la madera o incluso el marisco.
En enero de este año entró en vigor, además, la Asociación Económica Integral Regional (RCEP, por sus siglas en inglés), el mayor tratado de libre comercio del mundo. Firmado por 15 países de Asia-Pacífico tras doce años de negociación, el primer megaacuerdo comercial del que forma parte Pekín está llamado a relanzar las relaciones en la región. La incorporación de India al RCEP hubiera sido determinante —el temor a que productos chinos de bajo coste inundaran su mercado llevaron a Nueva Delhi a quedarse al margen—, pero no cabe duda de que China está llamada a ser la principal beneficiada de la relajación de los aranceles y que verá reforzado su papel como centro productivo del mundo.
Pero las ambiciones de Xi Jinping en el Pacífico van mucho más allá. De hecho, ya está tratando de hacer valer la dependencia que ha generado en los países del entorno para tratar de extender su influencia al plano de la defensa. En abril de 2002, sin ir más lejos, el presidente chino firmó un acuerdo de seguridad con las Islas Salomón, en lo que el principal partido de oposición australiano interpretó como «el peor fallo de la política exterior australiana en al Pacífico» de los últimos ochenta años, y ahora está tratando de replicar ese mismo pacto en otros nueve Estados de la zona.
Australia, por su parte, que considera el Pacífico su «patio trasero», también ha aumentado sus esfuerzos diplomáticos en los últimos años para contrarrestar la presencia china. En 2018, por ejemplo, lanzó el plan Pacific Step-up para acercar posturas con su «familia del Pacífico», y ha lanzado recientemente un fondo multimillonario para potenciar los planes de infraestructuras.
El nuevo pacto que pretende firmar China con los países de la región —que aseguraría una mayor cooperación en el comercio pero también en campos como la ciberseguridad, la sanidad o los cuerpos policiales— dinamitaría todas esas iniciativas. Varios territorios han expresado por el momento dudas sobre ciertos aspectos del acuerdo, sobre todo por los compromisos en materia de seguridad y la poca atención que recibe el cambio climático, pero Pekín aún tiene mucho margen de negociación y de presión.
La revelación de sus intenciones, eso sí, podría provocar un efecto contrario al deseado por China: tras rechazar la primera propuesta del acuerdo, varios líderes de la región lograron sellar un acuerdo para recomponer la unidad política del Foro de las Islas del Pacífico. A corto plazo eso supone la permanencia en el bloque de las Islas Marshall, Nauru y Palaos, tres de los cuatro países del Pacífico que reconocen a Taiwán y por tanto no mantienen relaciones con Pekín —el otro es Tuvalu—. A largo plazo, podría provocar que la región adopte una perspectiva común y se replantee su estrategia de seguridad, torpedeando las aspiraciones de China en la región y ganando poder de negociación.
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