La lucha por la hegemonía mundial. El giro estadounidense hacia Asia
Tras una década absorbido por las invasiones de Irak y Afganistán, Estados Unidos comenzó a virar su centro de atención hacia Asia-Pacífico y el fulgurante ascenso de China. Esta tendencia se oficializó en 2012 con la estrategia de Barack Obama para la región, conocida como «Pivot to Asia», con la que el entonces presidente trataba de recuperar la influencia perdida por el país norteamericano al otro lado del Pacífico mientras se alejaba de Europa y, sobre todo, de Oriente Próximo.
El reconocimiento de China como el gran rival del siglo XXI forma parte de una toma de conciencia más amplia: Asia-Pacífico es el nuevo centro político y económico del mundo. Joe Biden llegó a afirmar en 2022 que la seguridad norteamericana pasaba por un puñado de islas del Pacífico a las que el gigante asiático llevaba años realizando un importante acercamiento diplomático y económico. Por su parte, Donald Trump, en su vuelta a la Casa Blanca, ha marcado en rojo dentro de su guerra arancelaria importantes polos productivos del sudeste asiático como Vietnam o Camboya, destinos de primer orden para la deslocalización industrial china.
Esta lucha por la hegemonía mundial tiene su epicentro en el mar de la China Meridional, una de las regiones más disputadas del mundo. Sus aguas, ricas en pesca, son zona de paso para las rutas marítimas más transitadas del planeta. Este mar conecta Asia con Oriente Próximo y Europa a través de dos estrechos clave: el estrecho de Taiwán al noreste y el de Malaca al suroeste.
Las dificultades del gigante asiático para asegurarse un acceso al océano Pacífico han provocado que gran parte de su política exterior de los últimos años se haya concentrado frente a las costas del país, donde existen dos cadenas de islas con Gobiernos afines a Estados Unidos que impiden a Pekín proyectar su influencia marítima más allá de su zona económica exclusiva.
La primera de estas cadenas insulares enlaza con las islas Aleutianas de Alaska y acaba en Singapur tras recorrer Japón, Corea del Sur, Taiwán, Filipinas o Malasia. La segunda nace en Japón y atraviesa las Islas Marianas del Norte, Guam —ambos territorios no incorporados de EE. UU.— y Palaos.
Ante las dificultades que plantea esta situación, Pekín ha tratado de suplir por tierra su difícil acceso al mar y su dependencia del estrecho de Malaca. Su Nueva Ruta de la Seda busca ser una alternativa a este cuello de botella, especialmente con los corredores de Pakistán o Myanmar. Por su parte, la potencia asiática sostiene en el mar de la China Meridional una enorme reclamación marítima llamada «línea de los nueve puntos», que se superpone con las aspiraciones y zonas económicas de países como Vietnam, Brunéi, Filipinas o Malasia.
El otro gran conflicto de la región es Taiwán. La isla, que cuenta con el apoyo de Estados Unidos, quedó separada del Gobierno comunista tras la guerra civil de 1949 y el establecimiento de la República Popular. Hoy en día es considerada por Pekín una provincia rebelde, aunque de facto funciona como un país independiente con escaso reconocimiento internacional y la permanente amenaza de una invasión china.
La competición por el Índico. El desafío de India a la expansión de Pekín
A las disputas en el Pacífico se suma una tensión creciente en el Índico. Allí la rivalidad histórica entre China e India ha escalado al ritmo al que lo han hecho sus economías e influencia. La consolidación de ambas potencias emergentes ha robado protagonismo a los centros de poder tradicionales, como Estados Unidos o Europa, y ahora sus esfuerzos diplomáticos saltan de isla en isla mientras tratan de imponer una agenda propia.
Asia es la región del mundo que ha experimentado un mayor desarrollo socioeconómico en los últimos años, pero también se ha convertido en un escenario de rivalidades geopolíticas cada vez más explícitas. Alberga cerca del 40 % de las disputas marítimo-territoriales activas del planeta y, al mismo tiempo, presenta las tasas de resolución más bajas.
India y China nunca han sido buenos vecinos por tres razones: la alianza de Pekín con Pakistán, enemigo histórico de Nueva Delhi; las disputas territoriales que ambos países mantienen desde hace décadas en su frontera común; y, en el plano internacional, la competencia por el liderazgo en Asia-Pacífico.
En este contexto, la apuesta de China por convertirse en el eje del comercio internacional a través de su Nueva Ruta de la Seda la ha llevado a establecer relaciones estratégicas con otros países de la región. Además del propio Pakistán, Pekín se ha acercado a Nepal, Bangladés o Sri Lanka, que también tienen disputas históricas con Nueva Delhi, para puentear a su rival y blindar su cadena de suministro.
India también se está viendo cercada marítimamente por el llamado «collar de perlas chino», una red de puertos bajo influencia china —como Chittagong en Bangladés, Gwadar en Pakistán o Hambantota en Sri Lanka— que se extiende desde la China continental y la isla de Hainan hasta el mar Rojo. En este último extremo China cuenta precisamente con su única base militar oficial en el extranjero, la de Yibuti, frente al estratégico estrecho de Bab al Mandeb.
Este extracto es un adelanto editorial de Las fuerzas que mueven el mundo, un ensayo visual del El Orden Mundial con más de 50 mapas para entender el comercio y la geopolítica global. En librerías a partir del 8 de octubre.






