Emmanuel Macron ha vuelto a ganar las elecciones presidenciales en Francia. El mandatario liberal, que ya se impuso en los comicios de 2017, seguirá siendo la bisagra de sus socios europeos en Bruselas, pero los resultados también muestran un tendencia preocupante que replica lo que está sucediendo en otros países de la región: la extrema derecha de Marine Le Pen ha obtenido el mejor resultado de su historia, con un apoyo superior al 40%. Mientras tanto, socialistas y conservadores, los dos partidos tradicionales de la Unión Europea, apenas sumaron el 7% del voto en la primera vuelta de las elecciones francesas.
La recesión económica mundial y la crisis del euro alejaron a multitud de votantes de los dos grandes partidos que habían dominado la política europea hasta ese momento. La gestión de ambas condujo al final prematuro de varios gobiernos europeos en 2011 y 2012, sobre todo en el castigado sur de Europa: en España, el socialista José Luis Rodríguez Zapatero convocó elecciones anticipadas en las que se impusieron los populares de Mariano Rajoy; en Portugal, el primer ministro José Sócrates pasó el testigo al derechista Pedro Passos Coelho; en Italia, un gobierno tecnócrata liderado por Mario Monti sustituyó al de Silvio Berlusconi; y en Grecia el bipartidismo, representado por el Pasok y Nueva Democracia, colapsó.
Pero los temblores de la crisis del euro también trascendieron al resto del continente. En Francia, por ejemplo, Nicolas Sarkozy se convirtió en el primer presidente que no revalidaba el cargo desde 1981, mientras que en Países Bajos se conformó una coalición de cinco partidos para sacar adelante urgentemente unos presupuestos y evitar una sanción de la Unión Europea.
Las políticas de austeridad también dieron alas a una serie de partidos contrarios a la deuda, de corte populista y más escorados a la izquierda que la socialdemocracia y que eventualmente han acabado el poder. Sus máximos exponentes son Podemos en España, que actualmente conforma un gobierno de coalición con el PSOE, Syriza en Grecia, que ocupó el poder entre 2015 y 2019, y el Movimiento 5 Estrellas en Italia, parte del gobierno desde 2018.
Al mismo tiempo, varios partidos de centro fueron consolidándose en puntos claves de la Unión Europea, como el Benelux o la propia Francia, y tras las últimas elecciones al Parlamento Europeo de 2019 la agrupación liberal Renovar Europa se ha convertido en la tercera fuerza europea con 102 eurodiputados. ¡En Marcha!, el partido de Emmanuel Macron, aporta 17, muy por delante del segundo máximo contribuyente, Ciudadanos, que tiene siete. Por eso la reelección del mandatario francés aporta un respiro a los liberales europeos.
Ese no es el caso de los democristianos y los socialistas, que tras la crisis del euro ahora ven cómo la pandemia y el impacto de la globalización —con la que las clases medias y bajas de los países desarrollados han visto devaluados sus ingresos y sus condiciones de vida— amenazan su electorado. Si atendemos a los datos, en 2010 veinte Estados miembros estaban gobernados por dirigentes de las dos corrientes europeas tradicionales, una cifra que en la actualidad desciende hasta los dieciséis y que, a juzgar por los resultados de este domingo en Francia, mantiene una tendencia descendiente.
Las recientes victorias socialdemócratas en Alemania, Noruega y Portugal invitaron a pensar que el centroizquierda estaba de vuelta en Europa, pero la mayoría de los gobiernos que lideran sus miembros están basados en mayorías débiles o dependen de otras fuerzas. Las elecciones de Francia, donde los socialistas apenas se hicieron con el 1,75% de los votos, confirman la debilidad e inestabilidad que todavía arrastra la socialdemocracia europea.
Frente a esto, la extrema derecha ha logrado asentarse como una fuerza de gobierno en tres países, Eslovenia, Polonia y Hungría —donde Orbán ya disfruta de su cuarto mandato—, mientras que en el resto de la región cosecha buenos resultados más allá de Francia. En España, Vox ya es la tercera fuerza política, y en Portugal el partido Chega ha multiplicado por cinco su porcentaje de voto.
Sea como sea, las dinámicas electorales siguen cambiando en la Unión Europea. Son tiempos convulsos, con una crisis energética, una tendencia inflacionista y una inestable recuperación económica que contribuyen a crear una situación de alerta constante para la ciudadanía. La gestión de todos esos asuntos determinarán en gran medida el color político de los próximos gobiernos europeos.
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