Primero fueron México y Argentina, donde Andrés Manuel López Obrador se convirtió en 2018 en el candidato presidencial más votado de la historia mexicana y el kirchnerismo, con Alberto Fernández al frente, regresó al poder en 2019. Luego fue Bolivia, que vio cómo el MAS recuperaba su hegemonía en 2020 tras el golpe contra Evo Morales apenas un año antes.
Le siguieron Perú, Honduras y Chile, donde Pedro Castillo, Xiomara Castro y Gabriel Boric se impusieron, respectivamente, en las elecciones de 2021. Y tras el triunfo este mismo verano de Gustavo Petro en Colombia, que nunca antes había sido gobernada por la izquierda, el regreso de Lula al poder en Brasil tras las elecciones de 2022 es el último golpe de efecto de la ola izquierdista que está transformando el mapa político de Latinoamérica.
Para algunos se trata del resurgimiento de la «marea rosa«, el movimiento progresista que emergió en gran parte de la región a principios de siglo en contraposición a la influencia de Estados Unidos y que estuvo encabezado por la Venezuela de Hugo Chávez. Dentro de ella se enmarca la llegada a la presidencia brasileña del propio Lula en 2002, la de Tabaré Vázquez en Uruguay, Evo Morales en Bolivia, Michelle Bachelet en Chile o Rafael Correa en Ecuador, una lista que en su punto álgido ―2010― llegó a sumar quince presidencias.
Esa cifra también incluye a Cuba y Nicaragua, dos regímenes dictatoriales centralizados, y a Venezuela, que desde que en 2016 el Tribunal Supremo declarase en desacato a la Asamblea Nacional y se suspendiera el referéndum revocatorio contra Nicolás Maduro se encuentra inmersa en una espiral autoritaria y una crisis cada vez más aguda.
Todos los casos anteriores evidencian la heterogeneidad que caracteriza a la izquierda latinoamericana. De hecho, Voluntad Popular, el partido del presidente en disputa de la Asamblea Nacional de Venezuela, Juan Guaidó, pertenece a la Internacional Socialista, por mucho en la práctica tenga un programa claramente de derechas.
Aun así, a pesar de sus profundas divisiones, la socialdemocracia ha tratado históricamente de aunar fuerzas y tejer lazos transfronterizos, como el Foro de São Paulo ―una agrupación de partidos de izquierda de la región― o la Unión de Naciones Suramericanas ―una suerte de asociación de libre comercio―.
Pero el paso de los años debilitó a la «marea rosa» y, tras varias crisis políticas ―Honduras en 2009 o Paraguay en 2012―, casos de corrupción como el de Odebrecht o la muerte de referentes ideológicos como Hugo Chávez o Fidel Castro, muchos de sus gobiernos entraron en decadencia. Y lo mismo ocurrió con los esfuerzos de cooperación.

Como consecuencia, muchos dirigentes del ámbito político de la derecha, aupados por una nueva ola conservadora y de reacción transnacional, recuperaron en los siguientes años el poder en Chile ―Sebastián Piñera―, Honduras ―Porfirio Lobo―, Perú ―Pedro Pablo Kuczyinski― y Argentina ―Mauricio Macri―, entre otros.
En algunos países, incluso, ese giro hacia la derecha llegó hasta latitudes más escoradas, concretamente a la de la alt-right, el movimiento de derecha populista caracterizado por el nacionalismo, el tradicionalismo cristiano o el autoritarismo. Jair Bolsonaro, el hasta ahora presidente de Brasil, y Nayib Bukele, dirigente de El Salvador desde 2019, son ―con sus particularidades― sus principales exponentes en la región.
Pero a ese despertar conservador le ha vuelto a suceder un nuevo empujón progresista. A diferencia de la «marea rosa» original, esta nueva ola no parece estar tan influida por el movimiento ideológico del socialismo bolivariano (o socialismo del siglo XXI), sino por el creciente desencanto de la ciudadanía con la política conservadora y sus resultados sociales y económicos. Con el futuro ejecutivo de Lula ―asumirá el cargo en enero de 2023―, ya serán doce los países latinoamericanos gobernados por la izquierda, incluidas las 6 principales economías de la región.

