Política y Sociedad América del Norte

La supuesta dictadura de Donald Trump

La supuesta dictadura de Donald Trump
"Todas las naciones del mundo —amigas o enemigas— encontrarán que EE. UU. es fuerte, EE. UU. es orgulloso y EE. UU. es libre". Fuente: Casa Blanca (Flickr)

En EE. UU. está teniendo lugar un intenso debate sobre la naturaleza de Donald Trump. Para muchos de sus críticos, el 45.º presidente es un dictador en potencia y su Administración representa un punto de inflexión histórico. Pero tal vez resulte más útil analizar la figura de Trump a través del continuismo con sus predecesores.

El ambiente en Washington D. C. el 20 de enero de 2017 era desolador. Donald Trump inauguraba su presidencia con un discurso oscuro e intransigente. En un evento convocado por la revista socialista Jacobin esa misma tarde, la periodista Naomi Klein preparaba a su audiencia para lo que se avecinaba. La autora de La doctrina del shock consideraba que Trump sometería al país a la consabida terapia de choque: políticas económicas regresivas presentadas de manera autoritaria y aplicadas tan deprisa que la sociedad no dispondría de tiempo para movilizarse en contra.

Una semana después, Trump lanzaba su famoso veto migratorio y parecía dar la razón a Klein con un programa demagógico y autoritario, repleto de medidas chocantes diseñadas para dejar a la oposición desconcertada. Con una mayoría republicana en las dos cámaras del Congreso y la mayoría de los Gobiernos estatales, el presidente estaba en condiciones de transformar radicalmente el país en cuestión de meses.

Pero ese plan de choque murió tan pronto como se anunció. Con los tribunales obstruyendo el veto, Trump se atrincheró en una Casa Blanca cada vez más incompetente y disfuncional. A este primer patinazo se unieron un cúmulo de chapuzas legislativas y una erosión constante en la valoración pública del presidente, de por sí muy baja. En su sensacionalista Fuego y Furia, el periodista Michael Wolff retrata una Casa Blanca desbordada por las circunstancias y la ineptitud de su personal. En agosto caía el ultranacionalista Steven Bannon, arquitecto de la agenda populista de Trump.

Hoy los únicos logros del presidente están firmemente anclados en la ortodoxia del Partido Republicano. No es difícil imaginar a un candidato convencional, como Jeb Bush o Marco Rubio, nominando a un juez conservador como Neil Gorsuch a la Corte Suprema o aprobando una inmensa rebaja fiscal que beneficia a las grandes empresas. A pesar de ello, dentro y fuera de Estados Unidos persiste un debate intenso sobre la presidencia de Trump, considerada por muchos como un fenómeno sin precedentes en EE. UU. ¿Es el actual presidente estadounidense un dictador en potencia, un incompetente, las dos cosas? Al margen de que ganase unas elecciones, los arrebatos intolerantes del presidente parecen indicar con frecuencia que esta posibilidad existe.

La cuestión es transversal y enfrenta entre sí a pensadores de izquierda y derecha. Junto a la oposición demócrata, hay neoconservadores que consideran a Trump una amenaza para la democracia en EE. UU. Por otra parte, pensadores progresistas coinciden con columnistas conservadores en que Trump no es tan excepcional como muchos de sus críticos quisieran. Se trata de un debate importante para entender no solo qué representa la llegada de Trump a la Casa Blanca, sino por qué ganó en primer lugar y qué se puede esperar del país una vez deje de ser presidente.

El discurso sobre Trump: fascista, populista y racista

Quienes opinan que Trump representa un fenómeno autoritario y novedoso pertenecen fundamentalmente a tres ámbitos. De un lado, gran parte de la izquierda, tanto dentro como fuera del país, ha interpretado su llegada al poder en clave antifascista. El discurso nacionalista de Trump, su intolerancia frente a minorías musulmanas y los mensajes xenófobos e inherentemente violentos —en sus mítines de campaña no era raro encontrarle deseando que alguien echase a los protestantes a golpes— le vincularían así con las peores tradiciones de la derecha. Efectivamente, no sería difícil imaginar la mayor parte de sus votantes obteniendo resultados altos en la escala F, que Theodor Adorno diseñó para medir tendencias y comportamientos fascistas.

Trump despierta más apoyos entre los sectores autoritarios republicanos. Fuente: Vox

El atractivo de este discurso es innegable: no solo resucita el antifascismo como concepto capaz de movilizar a quien deteste a Trump, sino que construye un relato épico en el que la izquierda ocupa un lugar destacado. Al fascismo, al fin y al cabo, lo aplastó el Ejército Rojo. Pero Trump parece guiarse por un oportunismo crudo antes que una visión determinada del mundo. En este sentido, guarda más similitud con aventureros demagogos como Nigel Farage, del casi difunto Partido de la Independencia del Reino Unido, que con extremistas más ideologizados, como Marine Le Pen y su Frente Nacional.

Quienes se oponen a Trump desde el centro o la derecha moderada lo hacen denunciándolo como un populista con reflejos autoritarios. Una de las principales inquietudes de este grupo es que el presidente no se adhiere a las normas que deberían pautar su comportamiento: mancilla la dignidad de su cargo con insultos y amenazas a sus rivales. El neoconservador David Frum identifica la concepción patrimonial del Estado de Trump y su constante demagogia como vehículos idóneos para construir un proyecto autoritario en el futuro; el lingüista y gurú demócrata George Lakoff sostiene que Trump usa su herramienta de comunicación más potente —Twitter— de manera estratégica, desviando la atención de escándalos o distrayendo a un público que no está al tanto de esta habilidad alarmante. En una línea similar se manifiestan otros neoconservadores en proceso de reciclarse, como Bret Stephens y Max Boot.

Un filón para Frum, Boot y el Partido Demócrata, así como otro ejemplo del carácter autoritario del presidente, sería su admiración por su homólogo ruso, Vladímir Putin. De nuevo nos encontramos con un discurso común a otros países, entre ellos España: el “populismo” y la “injerencia rusa” se convierten en amenazas existenciales de gran utilidad política, armas arrojadizas contra cualquier político que ponga el dedo en la llaga del conflicto social o cuestione la política exterior estadounidense, desde Andrés Manuel López Obrador en México a Bernie Sanders en EE. UU., pasando por partidos como Podemos o Francia Insumisa. La sombra del Kremlin también sirve para expiar pecados: resulta reconfortante pensar que, de no ser por Putin, EE. UU. hubiese elegido a Hillary Clinton.

Existe, en último lugar, una escuela de pensadores que analizan a Trump principalmente a través de su racismo. El presidente encajaría así en la larga tradición de agitadores que han promovido la opresión de comunidades afroestadounidenses en beneficio de la “América blanca”. En un texto deliberadamente provocador, Ta-Nehisi Coates definió a Trump como “el primer presidente blanco” de EE. UU., un monstruo alimentado por el rencor que generó en gran parte del electorado caucásico la presidencia de Barack Obama. Esta interpretación parece mejor anclada en la Historia estadounidense que la que presenta a Trump como un fascista, en vista de que en EE. UU. no existe una fuerte tradición estatista ni grupos paramilitares comparables a los de la Europa de entreguerras. O, por reconciliar ambos argumentos, en la medida en que exista un fascismo estadounidense como tal, siempre estará estructurado en torno a la mitología propia del país, en la que el destacan el supremacismo blanco y una ideología pseudolibertaria antes que el culto al Estado.

La discriminación racial es una constante en Estados Unidos: la población carcelaria negra supera con mucho la blanca —en algunos estados, más de diez veces—.

La paradoja es que esta lectura solo se sostiene en un vacío histórico. Como han señalado varios críticos de Coates, el racismo de Trump no puede presentarse como novedad en un país cuyos padres fundadores eran esclavistas, en el que la discriminación de comunidades negras es la rutina. Tampoco es convincente la noción de una ola arrolladora de resentimiento racial aupando a Trump, que logró un resultado similar al de Mitt Romney en 2012. Las elecciones, en todo caso, las perdió Clinton con una campaña electoral insípida.

Nada nuevo bajo el sol

Quienes sostienen que Trump no es un dictador en potencia ni una anomalía en la Historia del país tienden a fijarse menos en sus discursos y más en sus acciones y las condiciones materiales que le impulsaron. La coalición electoral de Trump, dominada por hombres blancos de clase media y alta, podría corresponder a lo que históricamente fueron las bases sociales del fascismo. Pero EE. UU., pese a su creciente desigualdad y empobrecimiento, no es una sociedad devastada por la depresión y los traumas de la Primera Guerra Mundial. Las circunstancias de un padre de familia de clase media que vive en las afueras de Filadelfia y está frustrado con su sobrepeso, el estreno de Black Panther y la sofocante corrección política que le impide hacer chascarrillos machistas en público no son las mismas que las de un veterano de guerra mutilado y en el paro. Tampoco la llamada alt right —‘derecha alternativa’—, que intenta emular a otras extremas derechas europeas, es capaz de reclutar seguidores más allá de una demografía reducida a hombres blancos jóvenes de clase mediaComo bromeaba el humorista Matt Christman, los seguidores de Trump no tienen la disciplina ni la imaginación para ser verdaderos fascistas.

Con quien sí resulta revelador comparar a Trump es con Napoleón III, el emperador francés a quien Karl Marx dedicó uno de sus ensayos más lúcidos —“Nunca un pretendiente ha especulado más simplemente sobre la simpleza de las masas”, escribiría—. El retrato de Luis Bonaparte —a quien Marx describe como “una mediocridad grotesca”— y el análisis de las condiciones económicas que le auparon presentan un cuadro aplicable a Trump. El bonapartismo, cóctel de estupidez y populismo autoritario, es una ideología más útil que el fascismo para aproximarse al fenómeno Trump.

Un segundo problema en el relato del líder autoritario tiene que ver con lo que realmente hace Trump como presidente. Aquí el balance es anticlimático: hasta la fecha, el presidente ha sido sorprendentemente ineficaz en el empleo del inmenso poder del que dispone. Ha delegado su política exterior al Pentágono, su agenda económica al Congreso y la promoción de jueces conservadores —tal vez el único frente en el que avanza con eficacia— al Partido Republicano. Hay, en fin, más de farsa que de tragedia en la figura del presidente.

Trump es el presidente estadounidense que menos leyes ha aprobado en su primer año de mandato —en el gráfico, hasta el 21 de diciembre de 2017—. Fuente: GovTrack.us

El pensador que ha explorado esta paradoja —formas autoritarias más dejadez en la gestión— con más inteligencia es Corey Robin. La aportación de Robin es valiosa porque también es el autor de La mente reaccionaria, una genealogía del conservadurismo que enlaza el pensamiento de referentes de la derecha liberal —Friedrich Hayek, Michael Oakeshott— con el de reaccionarios como Edmund Burke o ultraderechistas como Carl Schmitt. Tras las elecciones de 2016, el libro se convirtió en una lectura fundamental para entender las similitudes entre el supuesto outsider Trump y la derecha republicana tradicional.

Robin destaca detalles de la actual Administración que desmontan la teoría de Trump como dictador en potencia. Tras sus cien primeros días en el cargo y por una cuestión de pura ineptitud, Trump ni siquiera había reemplazado al 85% del personal que se releva tras cada cambio de presidente, por lo que gran parte del Ejecutivo seguía gestionado por cargos nombrados por Obama. Según Robin, “es un tipo de autoritarismo extraño el que fracasa, en primer lugar, en tomar control del aparato del Estado”. Tampoco el uso supuestamente magistral de su cuenta de Twitter ha impedido que Trump se convierta en un presidente extraordinariamente impopular.

La presidencia imperial

Robin no pretende defender a Trump, sino explicar que presentarle como una anomalía es peligroso. Al denunciar a Trump como un cataclismo sin precedentes, la oposición ha eximido de responsabilidad al Partido Republicano, que además de nominarle como candidato construyó durante décadas el clima social en que su campaña pudo medrar. Hasta la retórica de Trump durante las elecciones presidenciales, tantas veces condenada, se parece a la que empleó en 1980 Ronald Reagan, hoy consagrado como un icono del conservadurismo estadounidense.

Esta estrategia también ha afectado a la propia centroizquierda. En una encuesta reciente de Yougov, una mayoría de demócratas declaraba tener una opinión favorable de George W. Bush. Bush, que presidió dos guerras desastrosas, un régimen de tortura y espionaje y el desplome financiero de 2008, hizo más daño a su país y al mundo que Trump en el poco tiempo que acumula en el cargo. Igual que a Boot, que no se arrepiente de apoyar la invasión de Irak, y Frum, autor del famoso “eje del mal”, a Bush le ha salido barato redimirse ante gran parte del Estados Unidos progresista. Ha bastado con admitir que Trump no es un buen presidente.

La cuestión ni siquiera es que Trump se parezca a otros republicanos que ocuparon la Casa Blanca, sino la naturaleza de la propia institución. Espoleado por dos guerras mundiales y la Guerra Fría, el Ejecutivo estadounidense creció a lo largo del siglo XX hasta convertirse en lo que el historiador Arthur Schlesinger llamó presidencia imperial: una burocracia opaca con un poder descomunal en el terreno de la política exterior y de seguridad. Este poder ha recibido el abuso de un sinfín de presidentes, muchos de ellos demócratas: John F. Kennedy y Lyndon Johnson mintieron para iniciar y ampliar la guerra de Vietnam, y Jimmy Carter, de la mano de su asesor de seguridad, armó secretamente a los muyahidines afganos con los que se formó Osama bin Laden.

Barack Obama, aún popular en círculos progresistas estadounidenses, no es ajeno a esta tradición. Su Administración lanzó una campaña inmisericorde contra filtradores de datos confidenciales; llegó a abrir más casos judiciales en este frente que el resto de los presidentes estadounidenses juntos, como documenta James Risen, quien anteriormente se enfrentó a la Casa Blanca de Bush con sus reportajes sobre programas de espionaje masivos. Y, si Obama empleó los poderes de la presidencia como cualquiera de sus predecesores, tampoco tuvo reparos en expandirlos a la hora de librar guerras semisecretas con drones y fuerzas especiales.

Trump simplemente ha heredado una institución autocrática con un poder inmenso y la ha puesto al servicio de su narcisismo. ¿Le convierte eso en un dictador? No necesariamente. Pero, si tuviese la disciplina e inclinación para serlo, el poder que tiene a su disposición se lo permitiría y ni su partido ni la oposición se lo impedirían con eficacia. Ese es el verdadero problema de fondo, y no se vislumbran soluciones a corto o medio plazo. El 20 de enero de 2021 Trump probablemente no esté en la Casa Blanca, pero la presidencia imperial seguirá ahí.

1 comentario

  1. Para los que dudan sobre si es un dictador, aqui tienen una recopilación de todas sus declaraciones desde 2016 al 2018, estos son los datos, suyas son las conclusiones,, https://www.forocom.com/respuestas/41/es-donald-trump-un-dictador-en-potencia