Cultura Asia-Pacífico

La revolución del k-pop en Corea del Sur

La revolución del k-pop en Corea del Sur
Actuación del grupo MBLAQ en la apertura del festival Korea in Motion. Fuente: Ministerio de Cultura de Corea del Sur

La evolución del k-pop está estrechamente ligada a la evolución política de Corea del Sur. Ahora se ha convertido en una de sus fuentes más rebosantes de prestigio internacional y uno de los instrumentos de proyección de poder más efectivos.

Si nos ponemos a pensar en el poder blando de Corea del Sur, algunas de las primeras cosas que quizá vendrán a la mente serán grupos musicales como BTS o EXO o famosas series de televisión o películas disponibles en la gran mayoría de las plataformas digitales. La ‘ola coreana’ o hallyu, la exitosa industria artístico-cultural surcoreana —televisión, cine y música—, es el producto de la propia evolución de la Corea del Sur nacida después de la guerra. La liberalización política en 1987 trajo consigo la liberalización de las ideas, aunque no fue hasta 1992, año también de las primeras elecciones, cuando se iniciaría el movimiento que sería capaz de hacer temblar tanto Oriente como Occidente.

La crisis de 1997 revelaría el poder de la hallyu como nueva industria exportable, pero no ha conseguido ampliar la influencia de Seúl tanto como se esperaba. Parece ser que, a pesar de lo reglado del proceso —tan fabricado, tan artificial—, la guía de “cómo crear la canción perfecta” no ha conseguido influir tanto en Occidente.

Corea antes del k-pop

Como sucede en los sistemas autocráticos, el contenido que se produce y se retransmite está controlado por una autoridad estatal central que, mediante la censura, anima a los consumidores a apoyar al régimen. En los momentos previos a la aparición de la Constitución democrática de 1987, en Corea del Sur pasaba lo mismo.

Las dictaduras y los Gobiernos militares anteriores a la democracia limitaron la expresión artística censurando todo aquello que el Gobierno considerara ofensivo o perjudicial. En el campo cinematográfico, esta censura —entendida como la revisión y evaluación a posteriori de una pieza— se combinaba con fuertes restricciones de producción para garantizar que, de ser un guion dañino para el régimen, no se grabara ni un solo fotograma.

En la música, el control del Gobierno se extendía al control de las telecomunicaciones y la elección de qué emitir por radio y televisión. Por añadidura, el Gobierno participaba activamente en la creación de contenido musical encargando canciones a las compañías discográficas. Por ello, la gran mayoría tenían una letra patriótica que llamaba a la grandeza de la nación coreana. Muchas, como el hit de 1984 “¡Oh, República de Corea!”, se volvían populares al mezclar las tendencias musicales del momento, como la música disco.

En esta situación, parecía difícil imaginarse que la hallyu llegaría tan lejos.

El germen del k-pop

En 1992 debutaba en televisión el grupo musical masculino Seo Taiji & Boys. Ese mismo año se celebraban las primeras elecciones democráticas en el país tras la aprobación de la Constitución en 1987. Debido a su estética hip hop y su clara influencia extranjera, el jurado del programa no quedó contento. Fuera del plató, no obstante, se convertiría en el primer grupo masculino exitoso de pop coreano o k-pop, increíblemente popular para unas nuevas generaciones deseosas de conectar con el mundo exterior.

Junto al revolucionario sonido de Seo Taiji & Boys estaban las coreografías. En la cultura japonesa tradicional, bailar se consideraba algo deshonroso, demasiado individualista y en contra de los ideales de corrección y templanza. De hecho, hasta 2015 la ley lo prohibía estrictamente y solo unos pocos locales con licencia especial tenían permitido legalmente que sus consumidores bailaran. Corea, que había estado ocupada hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial por los nipones, bebía de esa tradición. Los pantalones anchos, las camisetas largas, la música rítmica y los bailes coreografiados iban en contra de la propia esencia del país, perfilada con cuidado durante años de gobierno autocrático y siglos de tradición.

Para ampliar: “El país que no podía bailar”, Lorena Muñoz en El Orden Mundial, 2018

Pero la Corea del Sur actual aún no ha conseguido sacudirse la censura de los hombros. La Ley de Seguridad Nacional (LSN) de 1948 está detrás de las limitaciones que hacen del país un lugar “parcialmente libre” en prensa e internet. A pesar de que la elección de Moon Jae-in en mayo de 2017 ha supuesto una notable mejora de libertades según Reporteros sin Fronteras, aún se recuerdan escándalos anteriores. El último sucedió en 2014: esa primavera el ferry Sewol, que conectaba la ciudad de Incheon con Jeju, se hundió con cientos de personas dentro, muchas de ellas estudiantes de instituto. El Gobierno fue abiertamente criticado por su actuación —entre otras cosas, porque la presidenta no hizo ninguna declaración hasta siete horas más tarde—. Ante esto, invocando la LSN, la entonces presidenta Park Geun-hye anunció que estos mensajes críticos con su Gobierno serían investigados, incluidos los mensajes enviados por KakaoTalk, el WhatsApp coreano.

Libertad de prensa en el mundo. Corea del Sur se encontraba en el puesto 43 en 2018, detrás de países como Sudáfrica o Surinam. Fuente: Statista

Además de la celeridad con la que el Gobierno parece responder a las críticas recurriendo a la LSN, existen agencias concretas para limitar la expresión artística. Hasta 2008 el Comité de Ética de Radiodifusión controlaba la información que llegaba al público e incluso obligó a ciertos artistas a cambiar sus letras. Actualmente la Comisión de Estándares de la Comunicación, metamorfosis del órgano anterior, se encarga de la censura y de penalizar los comentarios en la red.

A pesar de todo ello, el éxito de Seo Taiji & Boys no le pasó desapercibido a la Casa Azul, la sede del Ejecutivo surcoreano. En 1997 una gran crisis financiera sacudía Asia y afectaba gravemente a los llamados tigres asiáticos, de los cuales Seúl forma parte. Observando la capacidad de impregnación social de la industria musical y viendo cómo las pegadizas melodías se viralizaban, el Gobierno empezó a invertir en la música y las series de televisión como bienes exportables. Además de una repercusión económica positiva, el Gobierno esperaba que, mediante el fomento de la empresa cultural, Corea se autodefiniera y evitara el encajonamiento entre las culturas china y japonesa, países con los que mantiene fuertes vínculos comerciales y económicos.

La mayoría de las importaciones de Corea del Sur vienen de Asia, en concreto China y Japón. Fuente: OEC

La fórmula secreta

En los años posteriores a la crisis, el Ministerio de Cultura surcoreano invirtió enormemente en su industria cultural. La Ley Básica para la Promoción de las Industrias Culturales de 1999 prometía que en adelante el Gobierno gastaría al menos el 1% de su PIB en promover esta empresa. Fue entonces cuando se crearon las tres grandes compañías que aún se reparten el mercado del k-pop: YG, JYP y SM Entertainment. El Gobierno también se movilizó en el ámbito exterior y en 1999 los grupos S.E.S. y H.O.T. actuaban junto a Michael Jackson en Seúl.

Al contrario que en la industria musical europea, las compañías discográficas surcoreanas se encargan de la elaboración del producto final en todas sus fases. Para ello, se hacen audiciones en las que el talento y el aspecto físico del participante son determinantes. Después, a los candidatos, los futuros ídolos (idols), se les forma en canto, danza e interpretación y se les encuentra un hueco en el futuro grupo, en el que cada componente puede ser, a la vez, un personaje con una función y el ingrediente perfecto de la receta. Los ídolos tienen que ser tal y como su nombre indica: personajes inocentes, tiernos y amables dispuestos a todo por su público. El control de la discográfica, en ese sentido, es total. Ello ha llevado a que muchos sufran problemas psicológicos, llegando incluso al suicidio.

Para ampliar: “El culto a lo kawaii en Japón”, Esther Mirando en El Orden Mundial, 2017

Pensar en el k-pop como un producto para la exportación hace que las compañías elijan nombres fáciles de traducir, como acrónimos o palabras en inglés, y que a menudo haya ídolos multilingües, como en el grupo EXO, que se divide en dos bandas dependiendo del mercado al que se dirija: EXO-M para el mandarín y EXO-K para el coreano. Además, a pesar de que las canciones estén mayoritariamente cantadas en coreano, siempre aparecen palabras en inglés de manera aleatoria. En cuanto a la melodía, es una aleación de las tendencias musicales del momento: en una misma canción de k-pop se puede llegar a escuchar cerca de una decena de estilos musicales, desde el hip hop a la electrónica, lo cual las hace pegadizas y fáciles de gustar.

Carátulas de los EP de Mama (2012), del grupo EXO. A la izquierda, la versión en coreano (EXO-K); a la derecha, en mandarín (EXO-M). Además de parecerse físicamente los ídolos de ambas versiones de la banda, los videoclips y las canciones son iguales, pero en diferente lengua, una maniobra común en el mundo del k-pop para llegar a un público más amplio. Fuente: The Urban Pop

De Seúl al mundo

El proceso de creación del pop coreano es increíblemente artificial, desde la elección de los componentes de la banda hasta las letras y la melodía. El objetivo final de toda esta manufactura es generar adicción en el consumidor. En torno a la industria del k-pop se mueven millones de dólares anuales en cirugía estética —otra de las industrias punteras surcoreanas— y merchandising.

La onda expansiva de la hallyu tendría un antes y un después en 2011, año en el que las grandes compañías discográficas surcoreanas decidieron organizar un tour europeo con sus bandas más populares. Hay que entender el papel de internet en la expansión de la hallyu a nivel mundial: plataformas como YouTube y, más tarde, Spotify —que en la actualidad casi dobla en suscriptores la población de Corea del Sur— han sido claves para el contagio internacional de la fiebre del k-pop. De hecho, ese mismo año que YG, JYP y SM Entertainment decidían llevar sus ídolos a Europa se lanzaba Spotify al mercado estadounidense.

Las entradas para estos conciertos se vendieron en minutos. Las salas se llenaron de manera inesperada y los miles de fanes que se habían quedado sin entradas organizaron flashmobs —movilizaciones espontáneas— en los lugares más turísticos de algunos países para pedir más fechas. Cientos se congregaron en la plaza de Trafalgar, en Londres, y otros tantos frente al Museo del Louvre, en París. Además, en noviembre de ese año el grupo coreano BigBang ganaba el premio europeo de la MTV al mejor artista mundial —que se votaba online—, superando descomunalmente a Britney Spears.

Un año después, otro fenómeno llenaba las estaciones de radio: la canción “Gangnam Style”, de PSY, con la pegadiza danza del caballo, que se bailó hasta en el sede de Naciones Unidas. Esta canción, que parodia las coreografías milimetradas y los looks imposibles de los ídolos, se convertiría en el primer vídeo en conseguir los mil millones de visitas en YouTube, desbancando a artistas como Justin Bieber, Adele o Taylor Swift.

El ex secretario general de Naciones Unidas, Ban Ki-moon, recibe al artista coreano PSY en Nueva York. Fuente: ONU

Pero, si todos estos síntomas no parecían ser suficientes, cuando el grupo de k-pop BTS entró en el plató de los premios estadounidenses de la MTV de 2017, la sala se llenó de confusión —pocos sabían quiénes eran— y aplausos a la vez. Era la confirmación de que la fiebre de la ola coreana había arrasado en Occidente y que EE. UU. también se rendiría a sus pies.

La política exterior coreana suena a pop

El arte no es inocente. Mucho menos cuando existen intereses detrás de su triunfo y una institución pública lleva la batuta del proceso artístico. La Casa Azul ha sido mecenas de la hallyu desde 1997 para monetizar una industria naciente y generar un movimiento identitario hacia dentro —generar una identidad colectiva y exclusiva común en Corea— y hacia fuera —exportar una visión benigna de una cultura desconocida para el mundo—. El fenómeno del k-pop fue el responsable de una de cada trece visitas al país en 2017.

Para ampliar: “K-pop”, Ezra Klein y Joe Posner en En pocas palabras (Netflix), 2018

En 2018, año en el que BTS consiguió el disco de oro en EE. UU., el índice de la Federación Internacional de la Industria Fonográfica colocaba a Corea del Sur como el sexto país con la industria musical más fuerte del mundo —en 2007 era el 23.º de la lista— y el Instituto Elcano le otorgaba la undécima posición en su clasificación mundial de países según su poder blando —diez posiciones por encima que en los años 90—.

Los beneficios de la industria musical surcoreana son un componente importante para el PIB del país. No obstante, más que un beneficio material, el k-pop ayuda a transformar la visión del país.

Con todo ello, podría parecer que Seúl ha encontrado oro en la hallyula industria cinematográfica también genera una adicción similar—. Sin embargo, relacionar directamente la popularidad de este fenómeno con el poder de persuasión política surcoreano puede suponer caer en un reduccionismo exagerado. Para poder analizar bien este fenómeno, hay que tener en cuenta que la onda expansiva del k-pop afecta a dos niveles. A nivel regional, su presencia es más notable y son mayores sus beneficios, pero en el resto del mundo, donde la semilla ya está sembrada, parece no tener tanto efecto.

El fenómeno del k-pop ha sabido integrarse bien en la cultura musical asiática. Sin sustituir el rol del pop japonés (j-pop), tan popular en Asia, Corea le ha dado una vuelta de tuerca al mercado musical combinando la estética idealizada de los componentes del j-pop con la chulería y la confianza de los artistas occidentales. Muestra de su éxito regional son la conquista de Japón —el segundo mercado musical más grande del mundo—, su penetración en el mercado chino y su rol en el conflicto con Corea del Norte.

Para ampliar: “La diplomacia del sushi: el poder blando japonés”, Teresa Romero en El Orden Mundial, 2019

Las relaciones entre Seúl y Pekín son tensas por varios motivos, pero cabe destacar la proximidad estratégica de la Casa Azul a Washington, para vituperio chino. El gigante asiático, con miles de millones de habitantes, ha utilizado la baza del pop coreano para tratar de influir en las decisiones de Seúl. En 2017, cuando EE. UU. colocaba en territorio surcoreano sistemas antimisiles de alerta temprana cerca de la frontera con Corea del Norte, Pekín reaccionaba prohibiendo el k-pop dentro de sus fronteras.

Un año después, la actuación en Pionyang de la banda Red Velvet para altos cargos del Gobierno norcoreano demostraba el optimismo de las relaciones intercoreanas. Apenas dos meses antes, ambos países habían desfilado bajo una misma bandera en los Juegos Olímpicos de Invierno, y semanas más tarde tendría lugar la III Cumbre Intercoreana, la primera vez en una década en la que se reunían los líderes de las dos Coreas. Pero no era la primera vez que el k-pop sonaba en Corea del Norte. Como parte de su campaña propagandística contra Pionyang, el Gobierno surcoreano tiene dispuestos a lo largo de los 155 kilómetros de la frontera con el norte cientos de altavoces por los suenan las pegadizas melodías que muestran la “feliz vida de los surcoreanos”. Tan molesto es para el régimen de Pionyang —el contrabando de pendrives con k-pop es cada vez más común— que en 2015 Kim Jong-un amenazó con atacar Corea del Sur si no mandaba apagar los altavoces.

No tan efectivo en Occidente

A pesar de ser una herramienta para conquistar a la opinión pública y Gobiernos extranjeros y mejorar así su reputación internacional, al oeste de los montes Urales parece que el efecto político del pop coreano es traslúcido.

Los escándalos de corrupción que echaron de la Casa Azul a la presidenta Park en 2017 hicieron bajar cuatro puestos a Seúl respecto a 2010 en el índice reputacional del Reputation Institute, que mide la fuerza de las instituciones, el bienestar de los ciudadanos y la calidad de vida según diversas variables. Esos siete años vieron el nacimiento de Corea del Sur como una máquina exportadora de cultura diseñada para el consumo. Y, a pesar de que las visitas en plataformas como YouTube seguían subiendo y los grupos de ídolos se volvían más cotizados, ello no frenó la caída.

La imagen de Corea del Sur entre los estadounidenses es muy positiva y se ha incrementado, según Gallup, de un 64% en 2014 a un 77% en 2018. No obstante, los factores influyentes han sido su papel en las Olimpiadas y su definición como hermano bueno frente a Corea del Norte, sobre todo tras el repunte de las tensiones en la península.

Los grandes desafíos de Corea del Sur, como la corrupción, la censura o el trato abusivo hacia los ídolos, no pueden taparse con melodías pegadizas. Aunque la música de grupos como BTS haya barrido todo el planeta, los medios siguen trayendo noticias no siempre positivas que se hacen hueco en el imaginario de sociedades y Gobiernos. Ha funcionado, no obstante, en la capacidad que tiene Corea de reconocerse a sí misma en su entorno, donde sí ha tenido más repercusión.

El k-pop es para Seúl como un triángulo en una orquesta sinfónica: existe, pero por sí solo no destaca. El verdadero poder de influencia reside en la armonía.

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