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Como si de un homenaje a medio camino entre El Día de la Marmota y El gatopardo se tratara, el régimen argelino ha vuelto a recurrir a una operación cosmética de apariencia democrática para perpetuarse en el poder. Ante el boicot popular de las elecciones, celebradas el pasado doce de diciembre, solo faltaba conocer el nombre de la figura afín al sistema que iba a ser elegida en las urnas. Los cinco candidatos eran viejos conocidos de la era Buteflika, que fue presidente desde 1999 hasta que fuera obligado a dejar el poder en 2019. Finalmente, Abdelmadjid Tebún, fugaz primer ministro en 2017, ha sido proclamado vencedor con un 58% de los votos.
Los resultados electorales han sido puestos en entredicho por dos razones. En primer lugar, por la abultada ventaja obtenida por el ganador: a pesar de que era considerado como el candidato ideal del Ejército, no partía como favorito. También genera dudas la participación, oficialmente de un 41,14%; a pesar de que la abstención ha sido de récord, la participación ha sido mayor de lo que los detractores del régimen esperaban. Las sospechas, además, se sustentaban por la ausencia de observadores internacionales. El llamado pouvoir (el ‘poder’), la opaca élite militar, política y económica que ostenta el poder en Argelia, consigue con este trámite electoral la apariencia democrática que llevaba buscando desde que el anciano expresidente Buteflika, gravemente enfermo, renunciara a un quinto mandato consecutivo en marzo de 2019 ante las protestas masivas de la población.
Para ampliar: “El quinto mandato de Buteflika”, Pablo Moral en El Orden Mundial, 2018
Desde entonces, estas movilizaciones populares no han cesado y, de hecho, habían provocado el aplazamiento hasta en dos ocasiones de la convocatoria electoral. En estos meses la cúpula militar argelina, personificada en el hombre fuerte del país, el general jefe del Estado mayor Gaid Salah, ha tratado de aplacar el descontento social alternando represión y...
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