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“La esperanza está de vuelta”. Más que apoyar a Kamala Harris, Barack y Michelle Obama la señalaron como heredera política en la pasada Convención Nacional Demócrata. La frase resultó bien escogida: en pocas semanas, Harris ha conseguido hacerle frente a Donald Trump en las encuestas para llegar a la presidencia de Estados Unidos. Después de la caída de la popularidad de Joe Biden, su desastroso primer debate contra Trump y la tensión por su insistencia en seguir en la carrera, la llegada Harris ha devuelto el optimismo a las filas demócratas.
Este optimismo y el perfil de la candidata, moderada y de ascendencia india y jamaicana, ha recordado a la ilusionante campaña de Obama en 2008. De hecho, en su equipo hay estrategas del expresidente. Sin embargo, pese a la buena sintonía, Kamala Harris no es la nueva Obama. Carece de su carisma, ya viene marcada por una vicepresidencia impopular y el contexto es muy distinto al de 2008. El rival tampoco es el mismo: el Partido Republicano de John McCain está a años luz de la radicalidad de la fórmula Trump-Vance. Por muy positivo que sea el apoyo de los Obama, Harris no encontrará su éxito en ellos.
Una campaña difícil de igualar
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