Cuando colocamos el belén en casa, rara vez nos planteamos la profundidad simbólica de esta escena. Se cree que el primer belén se remonta al siglo XIII, cuando san Francisco de Asís ideó un pesebre viviente en Greccio, Italia. Su intención era transmitir la fe a un público iletrado, transformando su mensaje en una escena comprensible. Con el tiempo, esta representación se asentó como una tradición navideña, a menudo desvinculada de su propósito original para convertirse en una excusa para pasar tiempo en familia.
Pero cuando estés ante un belén, observa el que tal vez sea su elemento más fascinante. No son los Reyes Magos o figuras más peculiares, como el caganer, sino el protagonista de todo: el Niño Jesús. Su imagen, la de un bebé de piel blanca y cabello claro, poco o nada tiene que ver con la apariencia que tendría un niño judío nacido en Palestina en pleno siglo I. Entonces, ¿por qué la imagen universal de Jesucristo nos lo representa como si fuera europeo?
El niño Jesús europeo es hijo del Renacimiento
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