Cuando colocamos el belén en casa, rara vez nos planteamos la profundidad simbólica de esta escena. Se cree que el primer belén se remonta al siglo XIII, cuando san Francisco de Asís ideó un pesebre viviente en Greccio, Italia. Su intención era transmitir la fe a un público iletrado, transformando su mensaje en una escena comprensible. Con el tiempo, esta representación se asentó como una tradición navideña, a menudo desvinculada de su propósito original para convertirse en una excusa para pasar tiempo en familia.
Pero cuando estés ante un belén, observa el que tal vez sea su elemento más fascinante. No son los Reyes Magos o figuras más peculiares, como el caganer, sino el protagonista de todo: el Niño Jesús. Su imagen, la de un bebé de piel blanca y cabello claro, poco o nada tiene que ver con la apariencia que tendría un niño judío nacido en Palestina en pleno siglo I. Entonces, ¿por qué la imagen universal de Jesucristo nos lo representa como si fuera europeo?
El niño Jesús europeo es hijo del Renacimiento
El cristianismo surgió en Oriente Próximo, de donde Jesús era originario, pero Europa fue clave en su expansión. En la Edad Media, la profunda religiosidad de los católicos europeos les llevó a hacer suyas las bases de esta religión. Las primeras representaciones medievales del Niño Jesús lo muestran en las escenas bíblicas de su infancia o acompañando a la Virgen, sobre su regazo. Tuvo que pasar un tiempo hasta que empezó a funcionar como un tema por sí mismo, que bien podía aparecer tumbado, como el bebé de nuestros pesebres o tomando otras actitudes curiosas, como la del Salvator Mundi.
La imagen que conocemos de Jesús se afianzó en el Renacimiento. En este periodo se puso el foco en el desarrollo de las artes, la armonía y la proporción. Atrás quedaban las imágenes del Niño Jesús vinculadas a la idea del homúnculo, que lo representaban más parecido a un anciano minúsculo que a un recién nacido. La belleza también pasó a ser una cualidad irrenunciable. Es probable que la ausencia de descripciones e imágenes primitivas llevara a los artistas a seguir su canon de belleza ideal: un niño de piel blanca, cabello claro e incluso, en algunos casos, ojos azules. Los rasgos de una persona de Europa occidental.
La expansión colonial europea llevó la imagen del Jesús blanco a otras partes del mundo. Con el fin de expandir la fe entre los nuevos conversos, se crearon escuelas artísticas que principalmente reprodujeron los modelos de arte religioso que ellos conocían y practicaban. Pero no fue algo inocente. La popularización de esta imagen también supuso una herramienta para afianzar la idea de la superioridad racial y cultural del Viejo Continente, que ellos mismos tenían asentada.
Por entonces los europeos se situaban en el centro del mundo y sentían su cultura como la correcta, la que debía ser expandida y aceptada por aquellos pueblos que se sometían a su “misión civilizadora”. Una hazaña que, además, decían realizar en nombre de Dios. Esto fue claro con la llegada a América, donde la representación del Jesús europeo ayudó a crear distancia con respecto a los nativos. En el sistema de castas, los europeos cristianos de tez blanca ocupaban un nivel superior, mientras que aquellos sometidos con piel más oscura por la mezcla con poblaciones nativas ocupaban posiciones más bajas.
Así, en los siglos posteriores a la conquista de América la imagen del Jesús blanco fue fundamental para legitimar la opresión y el sometimiento de los pueblos nativos y afrodescendientes. Es más, la idea enraizó hasta el punto de que los propios americanos empezaron a tomar este modelo como el único. Un proceso lento que culminó en pleno siglo XX, con la construcción de una de las imágenes más universalmente reproducidas en la representación del Mesías: la Cabeza de Cristo de Warner Sallman.
Mestizo, asiático e indígena
Aunque la imagen universal de Jesús, tanto infantil como adulta, sigue la representación modélica europea, también ha sido representado siguiendo los modelos culturales y raciales de otros lugares donde el cristianismo echó raíces. El objetivo de las imágenes en esta religión, al menos en origen, era contribuir a su labor evangelizadora, por lo que encontrarse con un igual probablemente favorecía la empatía de las personas que las contemplaban.
Un ejemplo es el Niño Dios mexicano. Aparte de mostrar rasgos mestizos, protagoniza tradiciones en las que a menudo aparece vestido con atributos locales. Una de las figuras más antiguas de México es el Niñopa, muestra de ese sincretismo. Pero no es un caso aislado: en Cuzco, Perú, hay ejemplos similares. Allí, la expansión del culto al Niño Jesús desde el siglo XVI, de la mano de los jesuitas, puso de moda las imágenes del pequeño salvador. Las representaciones más comunes lo muestran con túnica y manto, bendiciendo con una mano y sosteniendo el mundo con la otra, e incluso una lo muestra como un rey inca.
En Asia también hay casos de sincretismo. Sin ir más lejos, entre el amplio número de figuras del Niño Jesús que se conservan en las colecciones de Patrimonio Nacional español, guardamos algunas venidas de talleres filipinos que lo representan con rasgos orientales. Por su parte, en Japón está el ejemplo del arte namban que, pese a su breve trayectoria, combinaba la iconografía cristiana occidental (siguiendo los rasgos europeos) con las técnicas y formatos típicos del arte japonés.
¿Cómo era el ‘verdadero’ Jesús?
Con todo, sabemos poco de la auténtica apariencia del Jesús histórico. Ni siquiera la Biblia nos permite hacernos una idea completa. Los evangelistas, pese a recoger los principales aspectos de su vida, se centraron en sus valores e inquietudes, probablemente más relevantes en la época que su físico. Incluso algunas de las pocas referencias en el libro sagrado son contradictorias: mientras que el profeta Isaías (53:3) describe al Mesías señalando que “no tiene aspecto hermoso ni majestad para que le miremos”, el salmo 45:3 lo señala como “el más hermoso de los hijos de los hombres”.
Tampoco podemos echar mano de las representaciones de los primeros años del cristianismo para despejar nuestras dudas. Los cristianos primitivos vivieron su fe en la clandestinidad, usando a menudo símbolos sencillos y sólo identificables por la propia comunidad. Cuando aparecieron las primeras representaciones humanas, estas reutilizaban los temas artísticos comunes en la cultura romana, haciendo propias imágenes como la del moscóforo, que los cristianos transforman en el simbólico “buen pastor”.
Esta falta de información sobre el aspecto de Jesús permitió a los artistas explorar su forma y desarrollarla siguiendo sus intereses y cánones estéticos. Pero también aporta información valiosa. Diversos expertos han señalado que es probable que la ausencia de documentación centrada en la apariencia física de Jesús nos indica que, muy probablemente, ésta no destacase respecto a la de sus contemporáneos. Así, Jesucristo simplemente tendría los rasgos típicos de un judio habitante de Galilea en pleno siglo I: ojos marrones, pelo negro y un color de piel bastante más oscuro que el de las tradicionales representaciones, de canon europeo.
En los últimos años, los avances sociales han llevado a poner el foco en temas que antes pasaban desapercibidos, como las problemáticas raciales. El Niño Jesús no ha sido ajeno a ello. Cada vez más se pone de manifiesto la importancia de revisar la tradicional iconografía cristiana, cuestionando cómo ha perpetuado ideales eurocéntricos de belleza y poder. Reconocer estas narrativas no implica rechazar las representaciones del pasado, sino comprenderlas en su contexto. Sólo al hacerlo, podremos abrir espacio para nuevas lecturas que celebren la diversidad y que permitan que todo tipo de personas se sientan identificadas con ellas.